Voz nuda —¿Palabra muda?— enarbola desde su título un deseo de jugar con los códigos lingüísticos. Pero además está presente una voluntad de marcar los espacios de un proceso de desnudamiento. Mas al tratar de descifrar su melodía no he podido dejar de pensar en la máxima Zen: “Si encuentras a Buda, mátalo. Si encuentras un guardián de la ley, mátalo”. Y eso tal vez porque Yasunari Kawabata nos dejó dicho que en esas dos expresiones se resumía el destino inevitable del arte. La desnudez de Anouk Guiné, hecha de palabras y de sonoridades extrañas, tiene además la cualidad de hacernos pensar en quienes desde siempre se han enfrentado con la aventura del poema: los unos avanzando por el filo de un precipicio en nombre de la luminosidad y de la transparencia; otros hundiéndose en el anhelo de ganar la piedra oscura del corazón amado; los más iluminados soñando con convertir el poema en un metal ardiente —un pequeño sol, dijo Odiseas Elytis—, luz para orientarse en la oscuridad. Por momentos aquí convergen todas esas propuestas y su confrontación con la palabra traduce una manera de patentar en un tiempo y una circunstancia determinada el estado mental del personaje lanzado a esta aventura.
Durante la lectura de Voix Nue me puse a imaginar a su protagonista en la posición de una flor de loto a bordo de una embarcación que cruza los mares de la existencia, deshaciéndose de sus estorbos, soltando descargas de luces multicolores y vibraciones de sonidos oscuros en medio de la tormenta. El anhelo del poema como acto de purificación queda así planteado y avanza dando manotadas en la oscuridad, creando propias y ajenas sorpresas ante los giros, los espejeos de la luz, las sonoridades familiares o extrañas que van adquiriendo las composiciones ya que esos pasos, esas voces, los aciertos o su contrario, a veces, penetran en espacios más allá de lo imaginado. Se trata de una aventura desconcertante por la voluntad de secreto que se transparenta no sólo el título en español, enigmático, misterioso, indescifrable, si no viniera en nuestra ayuda su versión francesa: una navegación hacia la desnudez de la voz que es el reflejo del alma, si no el alma misma. Así, de entrada, se abre esta navegación instalándonos en la inmensidad del elemento: “Mar a mar / ritual...” que no supimos por qué extraña razón al llegar al francés se había convertido en “Mer amour / immuable...”. Se comprende el verso español como una propuesta de viaje ritual de un mar a otro. En cambio la propuesta en francés nos hace pensar en el amor por un mar eterno, impasible, sin mudanza. Convengamos pues que estamos ante propuestas semánticas diferentes, unidas, tal vez, por una sonoridad cercana: “Mar a mar”, “Mer amour”. Como si confesar el amor resultara más fácil y cristalino en la lengua materna. Como si el amor tuviera necesidad de enmascararse en la inmensidad del mar. De todas maneras, a partir de esos dos puntos disímiles despegamos y nos hundimos en los mares turbulentos de la pasión. Aviso, pues, a los navegantes: en el Cabo de Hornos arden las velas, en el Estrecho de Magallanes se han roto los mástiles por “los deslices de un amor subversivo que no supo callar”.
Si bien es cierto que todos los modos de cognición intervienen en el desafío del poema, pues todos son y están dentro del lenguaje, con un poco de fortuna, mucha intuición —soplo, gracia, dicen los creyentes— y manejo peculiar de los elementos, hay quienes producen la maravilla de transportarnos a un espacio y a una circunstancia en que nadie había estado antes, o tal vez sí, pero de otra manera, con otra melodía, en otro tiempo, rodeado de otros guerreros, en barcas que surcaban otros mares. Eso me parece que le ha ocurrido a Anouk Guiné en este acto de desnudamiento en dos idiomas. En esos espacios lingüísticos a través de los mares de la existencia ella ha trazado sus lindes. “Derrumbar mares en ahogo / hasta abrir en tu seno / la fuga más alta...” y su correspondiente “versión” en francés, son vibraciones musicales. No estamos pues ante poesía traducida sino ante la expresión de un mismo sentimiento vertido en dos lenguas vecinas, es cierto, pero como si en la conflagración del mundo, en la expansión del ruido y la furia de Babel, al sentimiento del poeta ya no le bastara una partitura exclusiva y única para convertirse en música; porque poesía es sobre todo la escritura de una partitura a partir de la cual otros intérpretes, con otros instrumentos, con otras herramientas lingüísticas, si cabe y si llega esa fortuna, se atreven a formular sus propuestas tratando de ser lo más fiel posible a la matriz de base. Quede claro, pues, el español y el francés son el coto privado de esta autora.
La escritura, el poema entendido como un acelerador de la conciencia y de la imaginación me ha transportado a una travesía de extramares, al canto de las sirenas y a una imagen de Géricaux: Le radeau de la méduse. ¿Y quién o quiénes están detrás de ese “tú” acusado repetidas veces a lo largo de esta navegación? Embarcados en ese viaje sea pues el descubrimiento de esos compañeros de naufragio una de las posibles lecturas de esta odisea. Y ya que hemos dicho que estamos ante una voz que se desnuda por amor o desamor, ése “tú” es pues el anónimo pronombre detrás del que se hallan los dueños de los afectos trenzados durante la deriva. La poesía está enamorada del instante, como decía O. Paz, y quiere revivirlo en un poema. Lo aparta de la secesión y lo convierte en un presente fijo en pos de las razones del amor extraviado en las tormentas, en la imposibilidad de asirlo: “Tiempos / de olvido / de intento / de ti / que no supiste”. En Palermo es una silueta que la ata a los latidos de una prosa venal. En A Coruña ella despierta con el alma surcada del ausente. En Atacama trata de prolongar ese cuerpo en una ternura de sal. En Río de Janeiro canta sangre de lágrima “sólo a un paso de ser”. Y “en la vena herida / de una tierra de amapolas” sangra por la ausencia del amor o del amado. Y la vemos también en Londres entre las lágrimas de la ausencia de un amor desamparado. La odisea continúa en esta travesía de extramares como si cantar verdades en esa deriva sirviera para continuar la aventura humana. Escribir para sobrevivir a los estragos de la propia existencia. Escribir en un espacio terriblemente arruinado por los estragos del desamor. Instintiva más que concientemente, presumo, hay en la última parte de esta música dolida un anhelo de llegar a puerto para llenar las formas sobrevivientes de esa aventura con sus propios contenidos. Una nueva aventura del Ulises contemporáneo. De ahí tal vez el tinte oscuro de su voz. Y claro, quien haya experimentado alguna vez el acierto que producen las palabras para acelerar la imaginación del lector, reincidirá, más que seguro, hasta convertirse en un adicto, pues sólo con la adicción a la palabra se consiguen esos efectos.