“Yo quisiera abrazarte pero ignoro quién eres”.
R. Castellanos
Viniste de madrugada, a visitarme,
con el temor a decir demasiado, como tantas veces.
Yo dormía. Tenía sueños sobre una poza desolada,
negra arena que ocultaba tu rostro
entre rayos de siempretardes.
Imaginé que llevándonos hasta el fondo
podría conocerte los labios,
saber de tu miedo más liviano a la muerte,
reencontrarme con tu histeria cara a cara,
y te ofrecí una extensión de mí:
—No sé lo que me depare el dedo de dios,
cuántas bendiciones sea capaz de otorgarme,
cuántos moretones en los glúteos, si es lo que merezco.
No lo sé. Sólo sé del zumbido en mi estómago,
ese que me dice que lo has logrado,
que cuando la gente se acuerda de la gente
es porque ésta ya comenzó a formar parte del ayer.
Entonces abrí los ojos, te habías hecho polvo, de nuevo.
Vete, dije acariciándome el orgullo, vete,
que yo no me atreveré a salir, jamás en la vida,
de tanta profundidad.
“Porque si tú existieras
tendría que existir yo también. Y eso es mentira”.
R. Castellanos.
Nunca pensé que fuéramos bruma,
tan envueltos en la invisibilidad
que era imposible extendernos la mano.
Yo quería abrir cortinas,
poner en la radio canciones de amor,
saltar sobre la cama, tener sexo duro a toda boca,
pero tú me pediste que me mordiera la lengua,
que me mantuviera bien lejos de tu pecho
para evitar así volverme trascendente.
Yo te necesitaba. Tú me pasabas la mano por la cabeza
como premio de consolación.
Un día me di cuenta de que ya mis pezones
no se ponían erectos, todo estaba oscuro,
tu voz siempre con interferencia,
con la prisa del que se esconde,
yo con la mía tan quebrada, tan inútil y llorosa.
Un día dejaste de sonar en mi cabeza.
Me volví loca tirando muebles, quemando libros,
desconectando aparatos eléctricos...
Ese mismo día, ante el alboroto,
entró a mi casa un batallón de gente, la jauría.
Miraron muchos a través de mí, como si yo no existiera,
y rieron junto aquel que dijo: Yo no creo en fantasmas.
“Si se pudrió la fruta que ya no nos persiga su fragancia”.
R. Castellanos.
Es una carta sin sobre lo que tengo para darte.
No sabría a dónde enviarte mis memorias
(un recipiente de perfume y la marca creída
que hace el labial sobre el pliego cuando se riega)
si mañana Dios me confrontase, en plena juventud,
y me ordenara humectarle los pies con leche y cereal.
(Dios está cansado de hacer girar al globo,
por eso se torna cada vez más brusco.
Dios está que se lo lleva el diablo,
otro pendejo acaba de poner en duda su efectividad
para salvarnos de él mismo. Yo le creo... a veces.)
He separado para ti mi mejor peineta,
la que me apresa el pelo en los meses de calor,
y he pasado todos los objetos por mi cuerpo,
sin pena alguna, por allí también.
No sé qué busco, qué busqué, no me interesa.
Me parece que estoy harta de que te llames cobardía,
porque ese nombre no suena bonito a la hora de cogerse.
¡Fóllame, Cobardía, fóllame! ¿Ves?
Me siento tan helada, justo aquí, toca.
¿Por qué será que en tus manos me vuelvo transparente?
Qué torpe soy, dicen que cuando se muere
una es la última en darse cuenta.
“Déjame hablar, mordaza,
una palabra, para decir adiós a lo que amo”.
R. Castellanos
Tuve amores prohibidos con un hombre prohibido,
de esos que tienen sumiso el anular.
Infelices sesiones de sexo
en las que era voz, ni siquiera espíritu,
en las que era imagen, ni siquiera carne,
en las que estaba enamorada.
Yo iba, como casi siempre, con mi careta de dura,
de no importarme si ronca y babea la almohada,
de no importarme a qué sabe su sudor cuando se agita,
de no importarme ser llamada espejismo.
Yo era una mentirosa.
Tuve la inspiración para escribirle un libro entero,
con todas sus páginas y defectos,
y los falsos cojones de no nombrarlo.
La cruda intención de parirlo en amnesia, también la tuve,
pero aún no hago mía una forma de darle ruda muerte.
Es un Satán que se ha llevado de mi árbol todas las manzanas,
que ha puesto a Mordaza a velarme los silencios.
“Hombre, donde tú estás,
donde tú vives, permanecemos todos”.
R. Castellanos
Se me van agotando las palabras.
Rosario se está quedando dormidita.
Me pide que arrugue tu nombre,
que me lo coma, si es que aspiro a sanar,
que levante los pies ante tu paso escurridizo,
que cierre bien las piernas ante tu verbo ágil,
que me seque el maquillaje, que se corre,
y salga a atrapar alguna presa pequeña...
Ella me dice y me sigue diciendo
que tienda la cama con sábanas nuevas,
que lave las ventanas
y aparte de ellas todos los nidos deshabitados.
No parece entender por qué permanezco tan callada.
Voy flotando por la habitación, casi ensordecida,
no atino ya a escuchar sus consejos.
Intento una palabra, dos, tres...
los signos de exclamación se han hinchado,
tanto o más que mi mano derecha:
—¡Me ha mordido, Rosario, me ha mordido!
“Y deletreas el nombre del Caos.
Y no puedes dormir si no destapas el frasco de pastillas
y si no tragas una en la que se condensa,
químicamente pura, la ordenación de mundo”.
R. Castellanos
No hay redes suficientes
para asirte de manera natural a mis ojos,
para que los preñes de lagañas mientras duermo.
Son mil los rostros que le hacen el amor a mi cabeza,
ninguno me parece conocido.
Son mil las voces que debo aislar
si no quiero conocer más de cerca la locura.
Me pongo a dar vueltas en lo que vienes,
a prestarle atención a las sombras que hay en mi vestuario.
Una idea recurrente me alborota:
Mi padre puede morir en cualquier momento,
cuando él quiera, y yo no sabría cómo sobreponerme
a su ausencia física,
la espiritual ya va una década que fue superada.
(H-u-m-b-e-r-t-o y yo tuvimos años buenos
cuando me empujaba por horas en el columpio sin cansarse
y me preparaba el desayuno los fines de semana:
papas con cáscara como le enseñaron en la milicia.
Era un hombre enfermo del corazón, casi por herencia.
Nunca supo cómo se ama sin levantar la mano.)
“Me enseñaron las cosas equivocadamente
los que enseñan las cosas...”.
R. Castellanos
Las niñas no escupimos
aunque tengamos un resfriado del demonio.
Es preferible tragarse toda secreción:
mocos, esperma, lágrimas...
a dejar evidencia de nuestras debilidades,
glotonerías y dolamas en cualquier esquina.
Que nunca se sabe quién vendrá a sacarnos en cara
lo poco mujercitas que somos,
con lo duro que es el camino que nos queda por andar,
para nada alfombrado, para nada sobrevolado por pajaritos.
Esos sagrados micrófonos de dios que jamás se callan.
“Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria”.
R. Castellanos
Me he levantado, en este domingo de padres ausentes,
con un llanto incontenible.
Me sé sola y sin pañuelos que abatir al pie de la estación.
Menos de veintidós minutos duró la visita que le hice,
es mi Caos ese hombre, tal como dice Rosario.
Lo primero que sentí al verle fue el vivo temor a un golpe,
así como en mis años pequeños.
No comprendí que ya es un anciano bordeando el final,
de ancha espalda y una sordera que me intranquiliza.
Me senté en el sofá, puse detrás de mí algunos de sus cojines,
en los que había molinos dibujados sin rastro alguno de Dulcinea.
Después de ciento setenta noches yo no tenía nada que decirle,
un éxito del cual sentirme orgullosa, una buena noticia.
Discutimos por algo, que ya no recuerdo,
y me despidió sin que le temblara la voz para darme la orden:
”Cierra el portón con candado cuando salgas”.
Yo le seguí hasta la puerta como si todavía tuviera siete años.
“Seguid muertos girando dichosos y tranquilos.
La espiga está segada, el círculo cerrado”.
R. Castellanos
Yo quería ir por ellos, pero subió la marea y me dijo:
“De esta isla no te mueves
sin antes darme algo en garantía,
me urge saber que volverás.
Córtate los muslos,
y deja que penetre en ellos,
para que algo de mí se vaya contigo,
sólo después me abriré para ti
y tenderé hermosos puentes,
si no saben tus pies evadir la parálisis
y el silencio que guardo en el fondo,
para que puedas comprobar por ti misma, si te da tiempo,
que en tu carta de nacimiento nunca estuvo claro
el privilegio de ser feliz.
Dios lo entenderá si me abro y me cierro
antes de que logres echarte al hombro el primer cadáver...”.
Entonces le murmuré tranquilamente,
como quien ha perdido el talento para varar sus opciones:
Tráemelos, para poderles cerrar los ojos
a la luz de un cigarrillo,
escuchando la inentendible “Un été sur la côté”.
Que la morgue está lista para recibir a mis muertos,
soy yo quien no está lista para entregarlos.
“Porque yo los amaba fui con ellos”.
R. Castellanos
Cuando la arena comience a crecerme en la garganta,
a fomentar el nacimiento de pus y otros tumores,
e ínfimas manos me violenten desde adentro,
para cederle al espectador más matemático
una vista de tercera calidad de mis melocircos,
temeré ser la pieza fundamental de una grave industria,
cuya meta primaria sea envasar la pereza de mis óvulos
para el beneficio ruin de los estériles.
“Tu presencia es júbilo”.
R. Castellanos
Con la paz del que obra en beneficio del prójimo,
sin esperar nada a cambio,
arrancas de mi parcela pobre la malahierba de julio.
Tienes cara de ángel
cuando me invitas a compartir contigo la mesa
y la llenas de pan de todos países y tamaños,
aunque no te permita ya jugar al artista
con las migas que se despeñan por mi vestido.
“Porque desde el principio me estabas destinado.
Antes de las edades del trigo y de la alondra
y aun antes de los peces”.
R. Castellanos
Yo estoy allí,
en todo acento extranjero que te pregunta por la hora,
en la viudez infelicísima de los bosques,
en el maíz que vas ahorrando para las sisellas.
Estoy en tus instantes de pío y maligno,
cuando cuentas hasta diez para no nombrarme.
Yo estoy, porque la mente es poderosa,
y soy una idea con nombre propio que tiene continente.
Estoy. Minimizar la verdad es multiplicar la mentira.
“Es septiembre. Ha llovido”.
R. Castellanos
Me vi las manos un momento,
después de pasarlas por el borde de la ventana.
—No soy la misma —pensé—, ya lo sucio no me asusta.
Con la costra me hice una línea vertical debajo
del ojo, para simular una lágrima.
—No soy la misma, ya no lloro por todo ni por todos.
Ya no les temo a los perros, ahora me excitan.
Debería regalarme uno de lengua larga y negra,
para esas noches de sexo húmedo que no sé cómo secar.
Me vi los pies de morado esmalte un momento,
después de pisar algún insecto misántropo.
Y pensé que hace un tiempo una experiencia como esa
me pudo llevar mínimo a saltar por el balcón.
Pero todo fue tan sencillo como sumergirlos en agua limpia,
y recoger más tarde sus pedazos.
Sentí pena por él,
es una mancha blancuzca en la alfombra.
Me vi los senos un momento,
tan pequeños y prendidos,
después de frotarlos por casualidad contra la pared.
Entonces me dije: —Has superado la superficialidad
de las niñitas limpias y lloronas,
que no soportan el polvo,
no el tipo de polvo que hay en las ventanas,
las que mienten cuando dicen que la lengua siempre dispuesta
de un perro no les llama la atención,
las que se cortarían el pie después de pisar a una cucaracha,
las que no saben estar a solas con ellas mismas.
Es septiembre. Ha llovido y ya no soy tan cobarde.