Flaca Kitsch
Tu imagen tiene un dejo a aromas de mostaza, un sabor a yogurt caducado y sin embargo se mueve con la agilidad de una pluma entre margaritas silvestres, como espuma por mi piel en la tina. Estás ahora en pie acá a mi lado con esa figura de muñeca china y cabellos largos, con tu timidez escondida en tus habilidades lingüísticas. Me miras con esas uvas huecas que tienes por pupilas, mientras tus palabras alaban vanamente el decorado en la cortina.
Mi lengua no acompaña a mis dedos en su pulsar de teclas, vuela furiosa en cómicos aleteos con su punta dibujando corazones, la miras con burla y con esa indiferencia que da tu aire pretencioso. Mis ojos se pierden en el blanco de la pantalla y de reojo van acomodando el pliegue de tu pantalón en tu muslo izquierdo.
Estoy cansado de escucharte, de tu forma de aparentar que sos radiante, que sos deliciosa, que sos una bitch envuelta en seda, por eso mi lengua hace su propio camino, aprovecha tu bombardeo egocéntrico y ágilmente dibuja dos versos en tu oído, luego baja por tu cuello, toma aire en tu hombro afilado y en picada rompe el botón de tu blusa negra.
Yo escribo mientras, arrogante, esperas la respuesta a tu pregunta técnica, escribo y acaricio con palabras tu ombligo de algodón tibio, succiono con rimas tus muslos de papel salado y mi lengua, independiente, arrogante y perversa repta por tu vagina de sudor miel.
Esa tu arrogancia, esa forma de lanzar migajas de reojo, la verdad no me importa, me tiene sin cuidado, prepara el camino para desgarrar impaciente cada gota de tu piel. Luego de que me muestres cada adorno persa de tu casa, cada tela hindú que te protege, te miraré con flojera, escuchando tu charla de enciclopedia asiática y prepare el porro que adormezca tu arrogancia y amordace tu aire fashion.
La escena ocurrirá más o menos así, tomarás algún rato un respiro, irás a la cocina a traer tu sacacorchos italiano, yo miraré la foto tuya en el mueble de tu sala y estudiaré a trasluz la forma uva de tus pezones rosa, el sabor de tu pubis lluvia, revisaré cada camino de tu piel y, luego de un bostezo, esperaré tu caminar sereno al pasillo.
Tomaré el vino de tus manos, daré un trago largo, mi mano izquierda seducirá a tu ombligo, y bajará reptando a tu humedad blanca, mientras la derecha sujetará la yerba en tu boca mientras te fumas hasta la última semilla. En ese punto, no importará la hora, habrás descolgado el teléfono, apagado el celular de tu novio y desenchufado tu lámpara de Diosa Khali.
Veré entonces tus ojos rosa, tu mirada de uva reventada gritando delirante, y sentiré cómo tus dientes de marfil en filo beben el sabor de mi paladar de lija. Mi lengua volará inquieta, perforando cada vértebra tuya, reposando en el rosa ácido de tu vientre. A este punto tus gritos serán mudos, tus lágrimas pintarán la mugre de tu alfombra y mis manos serenas romperán tus muñecas de algodón. Luego mi pecho aplastará tu arrogancia, escuchando cómo tus costillas suplican en rítmicos acordes de clemencia y mi embestida firme rompe el eco de tu sangre.
Al final del acto miraré de reojo tus pupilas revueltas, mientras mis manos buscan un cigarro en tu mesa de noche y mi lengua camina por el techo persiguiendo una araña. Caeré cansado, luego de vomitar mi hiel en tu caverna y tú dormirás, con esa sonrisa boba de pueblerina desvirgada, soñando en algún viaje a Israel a mi lado, mientras tus ojos se van perdiendo en ese elefante palestino, tan kitsch, que adorna la esquina.
Me levantaré antes de las seis de un golpe, llevando pellejos secos de tu vientre en la huida, contaré hasta diez, empezarás a hablar nuevamente, lanzarás alguna frase melosa de reclamo, abriré la ducha, hablaras más fuerte, me miraré en el espejo, repetiré tu nombre, mearé en tu lavabo chino y de un portazo te sacaré de mi vida.
Café doble y lluvia
Qué ganas de soltar todo y mandarse al carajo, de agarrar un avión y largarme a su lado. El mundo es chiquito, me dijo, algo así como el pañuelo en el que vas dibujando lágrimas y besos, repliqué, con esos aires de Nerudita de Villa Balazos, y encontré por respuesta el eco largo de sus pupilas uva.
This is the real world, baby... donde la cerveza tibia sabe mal, donde coger y comer en la misma cama por días no se puede, porque las sábanas almidonadas apestan, al fin de cuentas porque los solos de violín no pagan el alquiler y la poesía no llena la panza.
Esto es real, boludo, me miraste con esos ojos que devoran cada sueño para hablarme de que la vida cuesta y no tuve otra que hacerme oruga, insecto y reptar por la mesa mientras sentía la dulzura de tus palabras, caminé por tu brazo, bebiendo en el oasis de cada uno de tus lunares, viendo cómo tu piel de gallina despertaba y tus lágrimas caían.
La poesía es peor que el diazepam, me dijiste, por lo menos lo primero te emboba y te deja en un sueño negro, con eso de los versos aparte de idiota te pones soñador y andas pisando huevos, luego, lo peor de todo es que querés más y no se compra en la farmacia.
Ahí me encontré, después de algún tiempo de caminar esta ciudad por el barro comiendo mierda, me encontré a su lado, en ese lugar tan light, con una corbata en las ideas y con la fuerza de su mirada en mis labios. Me vi de tiempo reflejando mis pupilas secas en su imagen, sintiendo cómo mi espalda se encorvaba con la suave brisa de sus palabras. No pude evitar intuirla, esconderme en el aroma limpio de su cabello al viento, pero algún rato había que mirar el reloj, dejar las pajas para el escritorcillo de poca monta y pagar la cuenta.
Era inevitable, el costo de esta perversa broma me tenía replicando el guión de una pinche película francesa con un café amargo a su lado, sabiendo que la tenía ahí, real con ese “charme” en la postura, esa forma perversa de agarrarse el cabello y tomar la ensalada por asalto.
Mientras detrás de mi corbata sentía que intuía el espejo de mis palabras y yo volaba al recuerdo de viejas noches de vino, pensaba dónde le quedaría mejor el puñal, dónde dormirían mejor mis besos. Pero esto de ser insecto no dura mucho, adormece la espalda, por eso opté por dejar de arrastrarme, no sin antes caminar por su cuerpo y sentir el efecto de mis palabras en el latir de sus venas, en esa su mano izquierda que me tiene embobado.
Me senté de nuevo frente a frente, con las manos en mis labios, con los ojos firmes en su historia y de golpe la miré, tomé por asalto la línea delgada de sus labios y robando alguna frase de Girondo, le dije: me importa un pito que las mujeres tengan los senos y bla, bla, bla... ¿ella? sólo miró con ese aire de deja de hablar pavadas, soy una mujer de blanco o negro, de jugármelas, de hacer maletas antes de que mi piel se desangre en sentires y tú me vienes con eso del Oliverio.
Tenias razón, de pragmatic life, pero para mí es así, flaca, qué puedo hacer, eres eso y más y sé que la palabra es un analgésico de mierda que prefiero evitar, eso sí, no me preguntes por qué, no tengo ni puta idea, pero a tu lado me dan ganas de una sobredosis de versos, de vomitar cuanta basura guardé en mi libreta, de adornar de mil flores la mesa donde apoyas tus manos, pero no, por ahora me quedaré solo en la pulseta del te veo y en el aroma de tu pulsera que será mi amuleto.
Luego de dos horas, el de corbata aplastó al insecto, la billetera anuló al poeta y pagué la cuenta, no sin antes decirte este lugar es muy hueco, la lluvia entra por la ventana y me moja el café y tú con esa imagen escondiendo tantos sentires, y yo con esas ganas de rodar por la alfombra a tu lado. No, de momento prefiero dormir en palabras, reteniendo ese tu único abrazo y pagar la cuenta.
Al fin y al cabo, esto de ponerle realidad a la poesía jode y no sé mirar si no es con palabras. Eso sí, antes de irme tenía que lanzarte la pregunta de rigor, ¿ché flaca, te lanzarías de aquel cerro conmigo?