Carlos Monsiváis fue electo, el miércoles 21 de junio, ganador del Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde, un galardón que, según el escritor, conmemora “la vitalidad portentosa de la poesía”, sin tomar en cuenta los pocos lectores que siguen este género literario y la desaparición dentro del discurso público.
Durante la ceremonia, realizada en el Museo Manuel Felguérez de Zacatecas, el autor de Amor perdido indicó que “la poesía es la relación de un lector y un texto en cualquier hora y sin intermediarios”.
Monsiváis apuntó que si la lectura sistemática de este género literario es potestad de pocos, el goce de ella es de todos, ya que la poesía, en el marco internacional, se ha visto favorecida por el modernismo latinoamericano.
El cronista expresó que ante la inminente y opresiva realidad cotidiana, “la poesía no sirve para nada, y una vez consignado esto sirve para demasiado, porque nos entrega las llaves de la comunicación y reitera las funciones estéticas de la palabra”.
Como corolario de la entrega del premio, Monsiváis y el poeta Hugo Gutiérrez Vega leyeron y comentaron poemas de Ramón López Velarde en una sesión llevada a cabo la tarde-noche del 21 en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.
Frecuentadores entusiastas y meticulosos de López Velarde, ambos compartieron las razones de su admiración por el poeta zacatecano, refutaron etiquetas y falsedades en torno a su obra y propusieron formas distintas de aproximación e interpretación.
Entre el público que casi llenó la Sala Manuel M. Ponce estuvieron amigos del cronista, como Jesusa Rodríguez, Marta Lamas, José María Pérez Gay y Elena Poniatowska, a quien estuvo dedicada la lectura.
Al principio Monsiváis manifestó la alegría que le produjeron los tres premios recibidos: “primero, el otorgado generosamente por el jurado; segundo, la posibilidad de releer de una manera arrebatada la poesía de López Velarde, y el tercero es que ninguno de mis amigos dijo: ‘qué atroz injusticia’. Estos premios los atesoro”.
Antes de dar paso a la lectura, Gutiérrez Vega destacó: “A López Velarde se le ha convertido en una especie de poeta nacional, de cantor de la provincia. A estos lugares comunes se ha enfrentado Carlos Monsiváis mediante sus ensayos y nos ha demostrado que López Velarde es uno de nuestros poetas más universales, a fuer de ser fiel a su propia idiosincrasia, y que es un poeta erótico, y yo diría erótico, sexual, en todos los sentidos”.
Gutiérrez Vega leyó “El perro de San Roque”, inspirado —acotó Monsiváis—, como mucha de la poesía de López Velarde, “en los clásicos cristianos, que eran fábulas, mitos, parábolas bíblicas. El perro de San Roque alimentaba a ese eremita y esa manutención canina fue una de las leyendas medievales más celebradas”.
De ese poema —bromeó el ensayista— “extraje, a los 16, 17 años, lo que considero el lema estricto de mi vida: Yo sólo soy un hombre débil, un espontáneo / que nunca tomó en serio los sesos de su cráneo”.
Otros poemas leídos fueron “Treinta y tres”, “Mi villa”, “Ser una casta pequeñez”, “Mi prima Agueda”, “Y pensar que pudimos” y “La suave patria”.
Cuando “uno oye leer a Gutiérrez Vega con su habitual claridad”, dijo Carlos Monsiváis, “uno entiende que todavía hay lectores y no simples destructores de frases, y entiende que una de las cosas más bienaventuradas que nos han sucedido es la extinción de los declamadores”.
Hacia la década de los 20 —recordó el autor de Días de guardar— hubo “una epidemia de declamadores” de los que la mejor versión fue Manuel Bernal, “porque es simplemente pomposa y no amenaza con lanzar los versos al abismo”. Sin embargo, Bernal “no se atrevió con López Velarde”.
Los primeros que “le dieron ya el rango de lectura de poesía fueron necesariamente los poetas. Salvador Novo, desde luego. Eran lecturas muy límpidas donde el dramatismo se le concedía al verso y la voz acentuaba los aspectos, pero no se dramatizaba a sí misma, que es el problema de los declamadores”.
Después, la sesión derivó hacia la discusión en torno al presunto provincianismo de la poesía de López Velarde: “Cuando uno lo lee encuentra que hay una liberación de la provincia mediante su estatización, y en ese sentido vale mucho la pena releerlo sin toda esa casi obligación de sentirnos provincianos o de mantener una distancia cultural”.
Si leemos los poemas del zacatecano “con la lucidez posible, encontramos que no hay tal distancia, lo que sucede es que se trata de una poesía compleja y en su momento se le etiquetó de modo bastante impío. Adjudicarle lo provinciano a esta poesía es negarla”.
Al respecto —remarcó Monsiváis—, “La suave patria” no tiene que ver con la identidad nacional ni con las interpretaciones que la quieren convertir en expresión de la represión conservadora: “La suave patria es un canto a lo vivido, una transformación de la experiencia en conocimiento estético, es una idea de que la patria funciona si la poesía la expresa”. En resumen, “La suave patria no es el poema nacional, es un poema prodigioso con un tema nacional”.
El premio López Velarde, en su octava edición, estuvo dotado de 150 mil pesos, una medalla de plata, un diploma y la publicación de un libro del galardonado. El reconocimiento fue entregado por la gobernadora de Zacatecas, Amalia García Medina, y el director del Instituto Zacatecano de Cultura, David Eduardo Rivera Salinas.
Fuentes: Mundo de Hoy • La Jornada