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Ilustración: Robert DaleMás de 30
y orgullosamente soltera

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En 1996 me encontraba en mis tempranos veintes. Créanme, ese “Yo también tuve veinte años” desencadenó toda una crisis existencial al 100%. Ha pasado algo más de una década desde que Lisa Loeb cantaba la canción emblema de la banda sonora de La dura realidad (Reality Bites), catalogada como una de las películas de culto de la cuestionada franja y brecha generacional X.

Pertenezco a la generación “clueless” (Ni idea). El término describe fielmente cómo me sentía luego de llegar al segundo piso. Había dejado atrás los años “teen” y no tenía claro aún hacia dónde me dirigía. Igual que los niños en su primera infancia, todavía conservaba miedos nocturnos y parálisis ante el mero pensamiento de la ocurrencia de ciertos fenómenos que no me atrevía a afrontar. No imaginaba que una de las primeras películas en las que actuó Alicia Silverstone, The Crush (Peligrosa obsesión, creo que la llamaron en español), sería promocionada en el 2006 en la programación de televisión por cable como un “nuevo clásico”.

Antes, al escuchar el estribillo de una canción de moda por los entonces noventas: “Treinta años vida no me han hecho nada, me gusta ser como soy...”, suspiraba anhelando la llegada del día en el que tanta confusión en mi cabeza, y a mi alrededor, cesara. La música “grunge” no ayudaba mucho, tampoco la proliferación de productos importados y adminículos raros que pululaban por doquier en la Nueva Era de la Apertura Económica. Todavía el eco de “Bienvenidos al Futuro”, me hacía pensar que el mío estaba a un millón de años luz de casa.

El cumpleaños número veinte fue celebrado, o más bien, borrado del disco duro en Pipeline de la 82. En el 2004, la fecha fue esperada con tanta o más ilusión que una quinceañera. ¡Treinta, por fín!

Un compañero de estudios me acusó jovialmente de estar en una edad dorada y de habérmela gozado. Sí, declaro tener más de treinta, estar apenas empezando el camino profesional y ser soltera.

Conforme con la Ley de la Inversa Proporcionalidad en la que en cierto punto, en la medida en que se descumplen años, una se va volviendo cada vez más la sombra de lo que era, me atrevo a no ocultar ni mi edad ni mi estado civil.

Tengo treinta y uno y, con ellos, vinieron muchas cosas que no sé exactamente por qué me suceden ahora y no a los veinte. En ese entonces, me veía como una mujer de treinta y seis (treinta y seis B, en talla de brassiere). Hoy, encantada de ser treinta y cuatro B, soy come-años, lo cual a veces es un halago... otras un estorbo.

Me sorprendo gratamente cuando en la calle me llaman “señora”, por aquello de la edad, dignidad y gobierno. Algún día el “niña” tenía que terminar.

No oculto la edad que tengo cuando me la preguntan. Un conocido de veintiuno dice que la mujer que la revela sin titubear está dispuesta a todo. Ya era hora de que los miedos salieran volando por la ventana...

Otros puntos álgidos son los del status sentimental y el estado civil.

Digo que soy soltera con orgullo. Para mí, ser soltera es sinónimo de libertad, no significa que no ame, sino que soy libre, dueña y responsable de mí misma.

En el 96 no había tenido el primer novio formal, sólo unos cuantos devaneos con final agridulce. Cuando, aburrida, me declaré no disponible, TOOMM (Totally out of the meat market), apareció alguien especial. Felizmente correspondida y sin afanes de mi parte por realizar un paseo al altar, el despacho del juez, del notario, empacar mis cosas para armar rancho aparte ni tener niños (solían llamarme el Rey Herodes, cuatro ahijados me curaron de ese síndrome), quiero develar sin pudor el secreto de mi eterna juventud y estado de serena felicidad, no producto de la ingesta de Prozac, la melatonina ni del Botox.

En septiembre cumpliré treinta y dos, pero, técnicamente, si se me saca la cuenta, mi verdadera edad debería ser veintiséis años.

Al solicitar transferencia de una universidad a otra, nivelé materias durante un año académico adicional, hasta empalmar con el período lectivo que me correspondía cursar. Empecé la travesía en el 92 y la terminé en el 2000. Cronológica y académicamente, llevo un retraso de cuatro años en mi vida, como plazo de gracia para ponerme al día en lo dejado de vivir, obviar lo no tan bueno y repetir lo que merece la pena volver a experimentar.

Otra ventaja es la variedad de gente con la que te relacionas a lo largo del recorrido, dignas de un concienzudo estudio sociológico.

Mis compañeros del colegio y de la primera universidad a la que asistí, en su gran mayoría se casaron, algunos se separaron y volvieron a casar, teniendo o no hijos, así como grandes y graves responsabilidades.

Unas cuantas de ellas se han hecho la lipo, puesto y quitado tetas post-parto.

Ellos, como suele sucederle a los casados bon-vivants, atendidos a cuerpo de rey en sus respectivos hogares, desarrollaron barriga y están casi o completamente calvos. Con ellos y ellas me dedico a ponerme al día y a aburrirme cuando me dicen: ¿cuándo te vas a casar?, ¡ponte las pilas! Sinceramente, no envidio sus rutinas.

El otro grupo, el de las Bridget Jones versus las Desperate Housewives, se encuentra labrándose un nombre en el competitivo mundo laboral. Aunque cuenten con relaciones sentimentales más o menos estables, su premisa es: “Hay que hacer plata primero”. En este se incluyen las y los veletas, que se niegan a sentar cabeza, pero no los juzgamos por eso.

Con mis nuevas y sui-géneris amistades, cultivadas a lo largo de tan peculiar recorrido por el otro lado del espejo, en un rango entre los dieciséis a los veintiún años, puedo hablar a mis anchas de Reik (estoy perdidamente tragada del cantante. Nunca me gustaron del todo los Menudos) e identificarme con la letra de Welcome to my life de Simple Plan: ¿quién alguna vez no se ha sentido como si lo dejaran tirado afuera en la oscuridad? La energía que tienen es contagiosa, refrescante. Lo malo es que quieran etiquetarte como Cuchi-Barbie con la que pretendan recrear el tema tan de moda de la telenovela “Juegos prohibidos”. ¡Que ni crean!

Es allí donde se saca a relucir lo de: “Cuando tú ibas, yo ya venía y me había tomado un tinto”. A manera de llamado al orden, frescos, podemos ser amigos.

A veces me lamento al ver cuánto ha adelantado la raza este milenio... ¡Hay que ver los papacitos! En mis épocas, tocaba disputarse unos escasos babillos. Entonces, ¿qué hace una con mirar y no tocar? Recrearse la vista no más, hay que hacerle caso al dicho del que se acuesta con pelaos por el bien propio y la tranquilidad de los progenitores de la presunta “víctima inocente” del ataque de las veteranas de la guerra más brava, la librada en el mercado del usado.

Por ahora, paseándome entre unos y otros, me dedico a disfrutar, saliendo sola o en grupo, sin tener bebés que cuidar ni maridito al que dejarle lista la comida. Recuerdo viejos tiempos y me río de lo que antes parecía tragedia griega con coro de plañideras de fondo.

Tengo intenciones de continuar así, por lo menos tres años más.

Un argumento de peso es que cuando nací mi mamá tenía treinta y cinco cumplidos, era económicamente independiente, no se había casado (y nunca se casó). Siempre ha sido una mamá moderna con la que tengo una relación que envidiarían las Gilmore Girls si nos conocieran. Me ha formado igual que el Sensei al Pequeño Saltamontes, dejado abiertas todas las opciones de vida. Los cuarenta son los nuevos treinta: ¿dónde me apunto?

Me visualizo convertida finalmente en esposa y mamá, sintiéndome y luciendo de treinta y tres, la edad de Jesucristo. En una consulta dermatológica, al preguntarle al especialista si debía empezar a tomar Imedeen para minimizar las líneas de expresión, prescribió: “No te cases”. Agrego: “Todavía”.

Una mujer de treinta, y hasta más, no esconde un sambenito que espante al más acérrimo célibe. No tiene por qué andar llorando por los rincones porque “no la han escogido”.

Me mantengo fiel a la promesa que hice con mis amigas durante la universidad: “A los ochenta, estaré todavía con la pita adornándome el cuello, los labios pintados con gloss y bailando trance”.

La divina Bernhardt interpretaba mejor a damiselas encorsetadas en el glorioso ocaso de su vida. A eso aspiro.

Mientras tanto, soltera y feliz, me siento con fortaleza suficiente para afrontar lo que venga, sola o acompañada, ambas posibilidades son bienvenidas; muy a gusto en mi propia piel. Eso es lo que importa.