Hace unos días, durante la sesión inaugural de los tradicionales Cursos de Verano de El Escorial, que organiza con periodicidad anual, desde hace casi dos décadas, la Universidad Complutense de Madrid, el escritor español José Manuel Caballero Bonald se refirió a un tema recurrente en las discusiones que escritores, críticos y lectores vienen sosteniendo desde hace mucho: los géneros literarios son fronteras, trampas para ineptos.
Libre como ha de ser el acto creativo, la clasificación de la literatura en géneros literarios es un tópico que sólo interesa a los estudiosos, quienes por la naturaleza sistemática de su disciplina necesitan establecer puntos de referencia en el objeto de estudio, lo cual se traduce en la división en géneros literarios. La investigación en literatura comporta procedimientos que forzosamente necesitan apoyarse en un sistema clasificatorio, de la misma forma como, digamos, la ciencia médica: ¿cuántos médicos realmente competentes habría si todos tuvieran que ser especialistas en la totalidad del cuerpo humano?
Así como en líneas generales cada ser humano desarrolla habilidades en un área específica, un estudiante de medicina puede tener la tendencia a interesarse más en el comportamiento del cerebro que en el del estómago. Por esta razón existen las especialidades, ya que la parcelación del conocimiento favorece la posibilidad de su estudio profundo. De la misma manera, la división de la literatura en géneros y subgéneros tiene la sola utilidad de establecer un sistema clasificatorio que haga más llevadera la labor de desarrollar su análisis en profundidad.
Con frecuencia la división de la literatura en géneros se comporta como un elemento distractor para la creación: antes de enfocarse en plasmar su particular visión del mundo, el escritor procede distraído a afinar su obra de acuerdo a parámetros de uno u otro género. En algunos casos esto puede conllevar a ciertos niveles de paranoia en que el escritor se debate afanosamente entre decenas de definiciones: ¿en qué “género” está encuadrado esto que escribo? ¿Será un cuento, un relato, un episodio, una alegoría?
Por esto mismo, los géneros literarios no tendrían sentido si el mundo estuviera poblado sólo por escritores. La parcelación del conocimiento funciona de manera conveniente para su estudio, pero se convierte en un escollo para el hecho creativo. Dicho de otra manera, un escritor no necesita del sistema clasificatorio para desarrollar su obra. La absoluta libertad creativa implica la posibilidad de escribir sin atender a los cánones establecidos por los estudiosos.