1. El dogmatismo
El ser humano, una vez que vive en sociedad, no puede ser libre, en cuanto a que está sujeto a leyes y a éstas las protege un Estado o un poder organizativo que, socialmente, siempre existirá. Por eso piénsese: esa supeditación permanecerá porque a toda organización social le es inherente un orden activo que, sin tregua, es ejercido de unos sobre otros y, por representar el poder, de esos primeros sobre ellos mismos —aunque con más libertad, ya que ellos deciden las leyes que salvaguardan sus privilegios.
Desde luego, el poder tal como es se engendra así como dogma: en pro de beneficiar “siempre” a los que se encuentran vinculados a las instituciones y, al resto, en la medida en que se pueda. A unos “siempre sí” de una forma incontestable; en cambio, a aquél, a ése, en algo, en la medida que él se deje ver o pueda presionar o pueda escandalizar públicamente a esos que “siempre sí”. El dogma es lo que se resiste a presentar cambio o progreso ante la razón; y, en cuanto se trata de algo referente a la costumbre o a la fe más se resiste, más se retuerce obsesivamente hacia un único fin.
Con esas premisas, la sociedad se vaticinará —mientras exista— en suma para ser sociedad con leyes; sin embargo, han de modelarse y evolucionar de una manera tan proporcional como la sociedad en sí misma cambia. Si no, heredará o arrastrará sus injusticias; pero, ahora, frente a un portento más evolucionado de la razón, por lo que ésta puede acostumbrarse a justificarlas, a vivir con ellas, a consentirlas, a dogmatizarse o ser seudo-razón. Sí, ya sabemos que un científico en este tiempo descubre racionalmente algo —utilizando por fuerza la razón que otros le han facilitado—; no obstante, sólo es razón escindida si prescinde de una coherencia. La razón que adquiriría un adolescente con el aprendizaje de todas las nuevas técnicas de la manipulación genética entregado en su “torre de marfil” para unos beneficios “inculcados” o dogmatizados porque, del mismo modo que no se comportaban plenamente racionales los médicos que trabajaban para los nazis o para otras causas erróneas —aunque lograsen descubrimientos científicos—, en la actualidad intelectuales hay que se hallan alineados para sobreproteger, para sobrealimentar, para justificar ciertas conveniencias racionales o un adoctrinamiento.
Incluso durante la Restauración francesa (1814-1830) por intenciones de Royer-Collard y partidarios (Guizot, Rémusat, etc.) se adoctrinó el liberalismo contra el absolutismo, cuyos resultados convenían en verdad directamente sólo a una parte del pueblo o a la burguesía; pero, sin duda, demuestra eso que es una constancia, que el dogma es y será utilizado con todos sus variantes: para una religión en donde unos se enriquecen desmedidamente con él y para un movimiento social —como el marxismo— en donde se acaba al final disolviendo la posición crítica o la razón.1
Hoy en día lo que ocurre es que la mayoría de los intelectuales —la mayoría que no quiere decir todos— se saturan de información y no la eligen, o no saben elegirla en tanto que el corporativismo o la omnipresente “grupalidad” ya les delibera o les especula todo lo que tiene que ver con “una” línea en concreto, así que sugestionados por tal “linealidad” en su amplia extensión superflua no atienden sólo a la razón —con una exigida independencia— venga de donde venga. Eso es, no asumen un código ético de... reconocer lo que es racional, advirtiéndolo y valorándolo en su justa medida.
No es extraño el darse cuenta de que un intelectual o un científico ahora suele decir antes “trabajo en ese proyecto” o “empresa” —lo cual le dará prestigio— que “trabajo para la ciencia” o “por una coherencia”.
Por ello, en todo caso, lo que se debe evitar —y bien— es cualquier dirigismo en contra de la razón o de la censura. El intelectual —porque sea coherente— tiene el imperativo moral de denunciar los abusos de poder que benefician o engrandecen a unos pocos, las medidas de autoridad inservibles u opresoras, la “unipersonalidad nacional” o un exceso de patriotismo que aúna los odios para el aislamiento social o para la guerra. En claro, el odio de una persona no llega a ninguna parte —no es tan relevante—, empero, un odio social sí escudándose o ayudándose de muchos para desestabilizar un país a favor de la crispación, de la violencia.
Aquí, en el mundo, las leyes ejercidas deben ser leyes prácticas, no leyes divinas o sublimadas por el capricho de cuatro iluminados para la alineación o para la manipulación irracional; luego lo supremo será el derecho facilitado o permitido —distribuido—, la dignidad humana —para cualquier poder en el contexto ejecutivo— conforme a que lo íntimo no se impone, como se sobreentiende con el arte o con el ideal político. He ahí la base: el antidogmatismo, la concepción responsable de que existen seres humanos iguales en derechos con la necesidad, sobre todo, de recursos prácticos, no de dogmas.
En derredor nuestro, el dogma se nutre de la sinrazón, del “porque sí” irracional, de la justificación injustificable, de la sensiblería útil a la censura y no al sentido crítico, de la hipocresía, de la inculcación del miedo o del amor ficticio —el de moda que responde a unos cánones que incentivan la marginación—, de la mentira. Al dogma, a ultranza, le agrada el quietismo, la optimación manipuladora, el “todo va bien”, el “Dios lo ha querido así”, la resignación.
En lo más íntimo —cuando se impone— provoca la ignorancia puesto que, por definición, significa restringir la razón, acotarla (mientras que el conocimiento —o la razón— descubre, el dogma se paraliza, fija y, así, encubre o tergiversa lo demás). Aposta, el dogmático, después de demostrado un error —o una sinrazón— sigue con él y, encima, sigue con el truco de “tengo la conciencia tranquila” (ningún sinvergüenza poderoso renunció a recurrir a este truco), por lo que infunde mentiras, confunde, porque sin dogma, sin él, pierde imagen o pierde el prestigio adquirido con... seudosantismo.
Y es que la razón cuesta mucho el defenderla en detrimento de simpatías o de máscaras (¿cómo responder con conveniencias y no con lo que se debe decir guste o no guste?), pues, al instante que se usa ya choca contra el quietismo de uno, contra el chovinismo de otro, contra el involucionismo religioso de un asceta o contra el ideal de “superhombre” de tal o cual inoportuno sabiondo. En eso, si uno demuestra algo con bastantes pruebas, para el corporativismo de turno aferrado al error no importa nada: servirse de lo más miserable dialécticamente —o con la censura— es su fuerte. Claro, con la imagen y con el prestigio miserable celebran sus fiestas de sinrazón demasiados intelectuales y... ¡a callar! Quienes se esfuerzan sólo y únicamente con la demostración, ¡a callar!
Sin tapujos, la coherencia con censuras es nada, así de sencillo; por razón de que sólo le es válida la razón, no la confusión, no el amiguismo, no la sugestión, no la influencia mediática, no la presión del “¿qué dirán?”, no el chantaje económico, no el seguir un proyecto doctrinario, no lavándoles caras y caras a maestros al margen de una plena disposición racional.
Porque, sí, hablan demasiados ya de ecología, pero se gastará hasta la última reserva de petróleo, hasta la última gota: se gastará; hablan y hablan, sí, demasiados, pero se venderá hasta el último coche que se fabrique, o se buscará hasta el último cliente que pueda encontrarse aún por fabricar un coche más: por fabricarlo.
2. Manipulación en concreto de la religión
Antes de la aparición de la escritura el ser humano se expresaba —al igual que cualquier otro animal, pues expresaba vida, su nivel de conciencia de vida— gesticularmente con su cuerpo,2 con unos mínimos símbolos verbales y, además, con unas comunes —o menos comunes frente a los demás— actitudes socializadoras; pero cuando se sirve de la escritura en el milenio IV a.C., entonces, guarda sus expresiones, las exhibe y las recupera mnemotécnicamente de un día para otro. Es decir, cultiva —con un método o a partir de un método, con un sistema— su expresión verbal; es decir, desarrolla su expresión social;3 es decir, se motiva —surge la intención social— al comprobar que trasciende lo que conoce —que ya no es para sí— o que es valorizado más allá de él mismo.
La escritura, por eso, supuso el decisivo estímulo intelectivo en su inherente orden social —no individual— porque la evolución aquí comportara una amplitud de conocimientos sobre el medio; conocimientos que “ahora” se complementaban, que se aunaban favoreciendo, sí, una inesquivable capacidad de comunicar expresiones más conscientes: por constituir el conocer en su desarrollo una responsabilidad, pues sólo a través del conocer más sobre algo se adquiere más responsabilidad, más dependencia cognoscitiva sobre ese algo.
Sin embargo, si el dolor se encuentra apegado —por consecuencia— a lo más elemental que vive —puesto que sólo en cuanto se destruye le afecta—, el ser humano no puede evitarlo en su ya nueva determinación consciente y, por ello, se duele, siente la soledad y la necesidad de contrarrestarla con la búsqueda del principio demiurgo de su existencia; claro: vinculado a un sentido antrópico de ése.
El ser humano, que es el que “se duele”, elige primero el remedio para sí, no precisamente para el Universo debido a que, él, necesita una devoción hacia algo que no sea humano —y sí permanente—, hacia algo que sí importa, hacia algo que identifica... humanamente.
El hecho es que la religión es connatural a la conciencia y los “dioses” habitan en la misma naturaleza que conoce el ser humano y, por ende, ya desde el principio simbolizaban el cielo, el Sol, el mar, el bosque, etc. No obstante, ocurrió algo que transformó la religión; alrededor del año 1000 a. C. nace en la ciudad persa de Backtriana el profeta Zarathustra, quien crea el mazdeísmo introduciendo un Poder Bueno atribuido a Ahura Mazda y un Poder Malo atribuido a Angra Mainyu; asimismo introduce los conceptos religiosos de Creación, de Primera Pareja Humana, de Santísima Trinidad, de Diluvio Universal, de Cielo e Infierno y de Libre Albedrío posteriormente utilizados por las religiones monoteístas: por el judaísmo, por el cristianismo y por el islamismo.
Para Zarathustra la maldad es un error ante la creación de un ser humano perfecto, puro; un error que debe subsanarse por medio de la “luz” que concede Mithra o su culto (Mithra ya es mencionado anteriormente en la India por los vedas).
Pero la religión se dirigía desde donde se controlaba el poder: en las primeras ciudades sumerias el templo era el gran centro productor de riquezas, las cuales administraban unos sacerdotes supeditados a un líder religioso o “Señor”. Así que, en el origen, religión y explotación fueron sinónimos, desde luego, correspondiendo al más poderoso la condición más divina —a la que había de obedecer— o que por “ley” ante el cual los demás tendrían que ser sumisos.
Y los sacerdotes siempre pertenecieron al más alto rango, a la aristocracia o nobleza, “ninguneando” el dolor de los esclavos en pro de una manipulación precisa para que unos vivieran mejor.
Al igual en la religión egipcia, el faraón y sus sacerdotes poseían la bendición segura ante el tribunal de Osiris empero, al resto, se les obligaba a obedecer de una forma u otra: con las abnegaciones o con los sufrimientos necesarios —aunque no reconociendo explícitamente que fueran sufrimientos, porque era... malo, en función de que había que estar contento “hacia fuera” en agradecimiento a los dioses y a los que comían un día sí y otro también por medio de ellos.
La religión ideó, especuló y garantizó el sistema de privilegios que aún persiste; y, de hecho, tuvo que imponer un “miedo” o represalia tras la muerte para que todos lo consintieran. El que ofrecía el sacrificio a los dioses de seguida, pues, se veneraba. En los vedas lo preparaba el jefe, el padre de familia con la colaboración de un bramin; éste, un sacerdote especializado en la ceremonia del sacrificio, conocía “especialmente” la concepción panteísta del dios Brahma y, así, poseía los secretos de tal ritual al mismo tiempo que concebía perfecto un sistema de castas.
En fin, en el budismo se debía por regla ofrecer también sacrificios a los dioses y obsequios a los sacerdotes, aunque desde la pasividad, desde la no-acción para “no sentir” deseos, desde un estado inmunizado o extrapolado a ciertos sentimientos negativos —o a casi todos— para sentir un supersentimiento positivo y grandioso de paz con una forzada sonrisa eterna ante el nirvana.
El budismo, después, mediante la reforma del rey Asoka, permitió el “ilusionismo” dirigiendo al ser humano al ascetismo en el cual, tras ese aislamiento que restringe los deseos mundanos, se alcanza la paz: como una misantropía —y de hecho lo es— psicológica vistiendo o inventando la compasión con sueños o con ilusiones de meditación; es decir, negando —por el bien de todos— el que uno sienta su dolor porque se considerará un error el que lo sienta, ya sea de injusticia o de no tener su divina gracia meditabunda (¡ah!, y la que sienta el dolor de un hijo al parirlo está muy equivocada). Como quiera que se defienda lo indefendible, el reformador Thong-Kaba en el siglo XIV le remitió —influido por cristianismo— al budismo una jerarquía semejante al monasticismo cristiano; con esto, esa religión redentora —como todas— ya cuenta con la adoración imprescindible a un jefe, a un hilo directo con la eternidad, a un Dalai-Lama y, a su vez, a todos sus rituales de meditación propios de él.
Siguiendo con las diversas religiones: del mismo modo, en Centroamérica, los aztecas —aunque lejanos— también ofrecían sacrificios —humanos— a los dioses en beneficio de una particular condición guerrera de su imperio; y, en Sudamérica, los incas se guiaron por el poder teocrático de los intereses de su inviolable y supremo Inca. En la religión semítica el culto a Moloch en Asiria requería el sacrificio constante de niños y automutilaciones. En Grecia, el sacerdocio era exclusivo de la nobleza lo mismo que en Roma, en donde empezó siendo un privilegio de los patricios. En los celtas, los druidas impartían la justicia, la enseñanza y la curación desde la adivinación y también desde los sacrificios humanos. En China, el confucionismo deificó al Emperador como “Hijo del Cielo”, y el taoísmo inducía a todos para beneficio imperial a la pasividad —al monasticismo—, a la no-acción, ya que la acción debería corresponder a los duendes y a los “genios” de la naturaleza.
Así que las clases sociales siempre se originaron por los tejemanejes de la religión,4 pero ésta manipuló el dolor y la insatisfacción —negándola— de los que la aguantaban y les aguantaban las injusticias: recurriendo a unos eficaces estados de positividad que siempre celebraba la resignación o el no hacer nada frente al poder.
La manipulación psicológica de los sentimientos, sin duda, ha constituido la verdadera base o apoyo de los que se pasaban la vida aconsejando mientras que ellos se reservaban muy bien sus privilegios u honores sociales; y consistía, bien, en inculcar que los otros sufrían por sus propios errores —ellos no tenían errores—, o sea, que ya en adelante no fueran tontos y se adentraran en la buena conducta que ellos les predeterminaban exterminando sentimientos o reconocimiento de hechos.
Lo importante, según los ascetas —y según algunos oportunistas psicólogos modernos— es que sigan unos consejos, que vayan para acá o para allá y, claro, con positividad —que significa sentir lo que ellos quieren censurando a quienes les digan lo contrario al margen de ese positivismo de nosequé.
Bueno, otras veces se habla de un equilibrio con la prohibición de sentimientos a unos sí y a otros no, según convenga o según la moda; otras veces de un equilibrio exacto al de la naturaleza —que no puede existir, no, en cuanto que el ser humano conlleva intencionalidad ya sea con una religión o con otra, ya sea con una psicología o con otra, o con una cabeza o con otra—. Pero, ¡ah!, el ser humano es diferencia y reconocerlo como tal, individualmente, es reconocer al momento que depara su diferencia y la imprescindible autodirección de sus propios sentimientos, de su vida.
En definitiva, la religión ha manipulado con el conformismo el inconformismo que implicaba —en responsabilidad— sus errores, ha jugado con los sentimientos humanos para conseguir, tras tantas guerras que ha provocado, que aún no sean —de hecho— “todos” considerados como personas con los mismos derechos. Mientras se han muerto de hambre en algún lugar del planeta se les ha llevado imprescindiblemente religión, pero nunca se les ha llevado “por una vez por todas justicia” —eso no les produce tanto negocio o relevancia de poder. Cuando con constancia se multiplican las injusticias dan y darán publicidad a sus actos de bondad —sin embargo, de millones que se hicieron a través de la historia nadie los negoció así— y, al final, el fondo, el objetivo fondo es el mismo, pero descubierto ya un buen protocolo de “lavado de conciencia” que se sabe y se sabrá muy bien vender.
3. La credulidad forzada por los medios de comunicación
La mayor parte de la gente no piensa, sino cree a pie juntillas lo que se le dice, insiste en creer y, para ello, sólo elige para informarse sus ámbitos de creencia conformados o establecidos éstos desmesuradamente a través de su vinculación y confianza a una patria —ética, cultural o política.
Por eso los problemas no se magnifican o se dignifican en su orden humano, no, en cuanto que sí primero se idealizan en un orden corporativo, de “sois de los nuestros”, de compañeros de viaje —para tapar sus errores o sus defectos también—, de identificación y a plena confianza en una consideración grupal (no global) de los problemas.
Así, con restricción, no se exponen tan imparcial o independientemente los problemas como humanos conforme a que los medios de comunicación ya sobrevaloran los que en proselitismo se han segregado, se han elegido para —de antemano— favorecer siempre a una parcialidad que, en contraprestación, luego se beneficia de un apoyo incondicional o seguro de una precisa “congregación”.
En tal juego se mueven, cuando ladra un perro arrastra de inmediato a toda la jauría a ladrar igualmente en una sinfonía de automatismo pertinaz donde no entra ni cabe ni se respeta ni se tolera sólo la argumentación, el pensar, el librepensamiento, el discernimiento, la sensatez, la
imparcialidad crítica, la priorización del problema humano, la desintoxicación de prejuicios, el “estatut” de la decencia, etc.
Digamos que los problemas, desde ahí, no son los que dice “Amnistía Internacional” por ejemplo, sino la enfermedad mental u obsesión editorialista de los medios comunicativos; de tal modo que como auténticas ratas de la noticia montan, sobredimensionan o dan por hechas conclusiones “catastrofistas” a las que únicamente han llegado a partir de la reacción vengativa frente a un gesto molesto, una tontería, algo que no simpatiza con una patria o bien, simplemente, que no se amolda a una manipulada congregación de corte patriótico.
Con esa constante capciosidad —juego sucio— por desgastar al otro, por supuesto que no existe el pensar o el razonar, pues consiste todo en que lo más mínimo sea capaz —con manipulación, claro— de poner nerviosos a unos prosélitos y además sea capaz de infravalorar ante eso lo demás; por lo cual, ¡vean!, se logra que giren las atenciones en torno a algo que no es de primera necesidad el resolver y que a veces es fruto de la pura fantasía —como el presentar el miedo a un problema que aún no existe para crear un rechazo a progresar por cualquier lado.
Sin embargo, tal resultado, cuyo procedimiento se halla sacralizado por los intereses mediáticos, condiciona con eficacia el reconocimiento y la aclaración de lo que es estrictamente un razonamiento fundado, coherente, un decir racional y libre limitado sólo por lo que es o impone la realidad, no por susodicha creencia ciega o autómata en la representatividad corporativa, gremial o grupal.
Así, los negocios que se mueven alrededor de “sobrealimentar” una estética apoyándose en todo lo que conlleva una moda, justifican miserablemente que ellos no tienen la culpa; cuando nunca, nunca una chica —por ejemplo— que naciera y viviera en un lugar aislado de la sociedad —sólo con su familia—, nunca padecería anorexia; luego es algo indudablemente inculcado, luego es algo que una chica padece ya en cuanto es “bombardeada” por unos intereses mediáticos de la moda, en cuanto ya ve a amigas suyas triunfar con un modelo estético.
En otro aspecto, muchas cosas ve el niño como ilusión, sí, pero pasan a ser realidad en cuanto él las imita, las sigue, o sea, las intenta o las hace realidad en su propia vida —porque primero les influye y luego les condiciona.
Así los negocios que se mueven alrededor del crearles —y venderles a toda costa— juegos electrónicos a los niños justifican miserablemente que ellos no tienen la culpa; cuando sencillamente un niño, para que estén reservados todos sus derechos de niño, debe estar “controlado” —porque al ser niño se le trata con una educación especial— o defendido de las duras reglas del mercado; luego esos juegos inculcados —muchos de violencia— no deben ser elegidos a capricho por el niño lo mismo que otras muchas cosas. Ellos, mientras, dicen que no tienen la culpa, ¡qué van a decir cuando el negocio les va bonito!
Es así, pero el prestigio (una virtud que concede la creencia) amansa y manipula por doquier, ora con el truco de conllevar una “imagen” protectora de un grupo por lo que “publicita” su superioridad y un halago unidireccional-sistemático, ora con el truco de conllevar la “provocación placebo” (aprendido en el pandillismo juvenil y que trasciende como síntoma de inmadurez) para así utilizarse como “defensa propia” —ofensivamente— por mantenerse a toda costa esos reinos de taifas, esos “lindos” decires que, sí, convienen en un aspecto de dislocar, destacar y sobre todo de proteger privilegios por medio de una confianza ciega, más que con la aptitud y la actitud de un ceñirse a la virtuosidad racional, de poner cada cosa en un orden de prioridades: según esté en el contexto ético-responsable, según esté en el contexto de salud pública y de preservación humana, según esté en una disertación científica de causas y efectos, según esté en la libertad de opinión o del gusto o del ideal, según esté en la presión democrática que conciertan o indican los deseos de una mayoría, según esté en la mera aplicación de leyes, etc.
Notas
- En China, la doctrina “Cheng-ming” rectificó los nombres o las palabras para unos objetivos político-religiosos. Para Confucio suponía la base de una reforma social: controlar lo que decían sus conciudadanos.
En la Europa del siglo XVII, el jansenismo, exagerando las doctrinas de San Agustín, limitó el libre albedrío a los predestinados por leyes divinas.
- De forma especial con las manos; ya que las usaba sobremanera y, con ellas, los instrumentos desarrollaban “per se”, para él, todo un lenguaje simbólico de poder o de seguridad.
- El lenguaje es compartido o ayuda a que se supere la inteligencia por “simbiosis” o entre todos los que la comparten.
- Los fariseos vivían separados de los impuros o se permitió en la India que unos seres humanos, los parias, prescindieran de una consideración humana, como se hizo con cualquier esclavo durante toda la historia.