Lo oí una sola vez, o dos veces. No habrá pasado mucho tiempo, pero de todas formas mi memoria ya perdió los mejores pasajes del poema.
Teníamos en ese momento nuestros talleres privados de lectura y escritura, en los que existía la implícita promesa de que nunca divulgaríamos nuestros textos. Hoy, sin embargo, ese poema es tan irrecuperable como quien lo escribió y yo, con culpa y sin originalidad, quisiera narrarlo.
Se titulaba, según creo, Fragmentos del último escrito de Platón. Los detalles que olvidé puedo fingir recordarlos. Hoy, los imagino así:
Las primeras líneas sitúan la acción en una casa ateniense; intuitivamente, puede adivinarse que se trata del siglo V o IV antes de Cristo. Uno a uno, se van dibujando los objetos, los muros difusos, los sillones de madera, las tenues antorchas, las figuras de unos veinte hombres silenciosos a los que la noche halla, desoladora, sentados en círculo en la sala.
No se hablan, la comida permanece en su lugar, sólo algunos beben vino. Los rostros permanecen en penumbras; las miradas —cargadas de ira, de tristeza, de perplejidad— no se cruzan. Alguien se lamenta en los pasillos. Afuera tal vez llueve.
Alguno de los hombres comienza a hablar, los demás están llenos de preocupación. Cada uno, a su manera, recuerda al maestro, al amigo que esta tarde ha perdido.
El viejo andrajoso y soberbio de Sócrates, encarcelado en las prisiones atenienses; Sócrates, sucio y humillado, acusado de ateo y de corruptor de los jóvenes. Aquel sabio que les había mostrado una manera nueva de ver el mundo, atrapado por los jueces entre dos terribles opciones: la cicuta o el exilio.
Habla alguien —quizás Aristófanes— y otro de los presentes, muy borracho, le replica de mala manera. Comienzan a discutir a los gritos hasta que los demás se levantan para separarlos, lanzando exclamaciones ellos también y apartándose los unos a los otros; pronto todo es un caos de siluetas que no se distinguen, de brazos, de rostros, de ojos. Los esclavos se asoman desde los pasillos sin saber qué hacer, la comida cae al suelo, una vasija se rompe en un estallido. Un viento húmedo y helado llega de afuera apagando las antorchas. Algunos tratan de poner orden, pero ya la confusión es absoluta y no hay quien esté dispuesto a entrar en razones.
Sócrates, el viejo infame, había destruido en su elección todo lo que les había enseñado. Entre el veneno y el destierro él había escogido, cobardemente, el destierro. Todas sus enseñanzas se habían convertido en nada, y ellos mismos, sus discípulos, en imbéciles engañados por sus mentiras.
Los hombres siguen discutiendo. Peligra el futuro de la sabiduría occidental, pues sus bases parecen esfumarse. Sócrates, el predicador más importante de la historia europea hasta entonces, el padre de la filosofía, enemigo del poder y de los hipócritas, líder de los jóvenes, sabio revolucionario; Sócrates, que parecía prefigurar en la suya mil historias futuras, lo ha arruinado todo por simple cobardía. Entre las dos opciones, tomó justamente la que los jueces esperaban que eligiera, la más egoísta, prefiriendo recorrer desde ahora las inhóspitas ciudades de la Hélade.
Esta noche nadie es capaz de comprenderlo. Sócrates acaba de rechazar la leyenda posible. Se ha declarado culpable ante los jueces o se ha declarado inocente, eso ya no importa. Ahora sólo queda la humillación, y la discusión que continúa hasta que los hombres se cansan y vuelven a sentarse, en silencio o murmurando, o hablando en voz muy baja, incapaces de aceptar la inconcebible traición, sabiendo que ya no hay soluciones ni vuelta atrás posible.
Súbitamente, uno de los más jóvenes —quizás el mismo Platón—, se incorpora y propone una solución tan desesperada como imposible. Parece tranquilo; tal vez le haya sido dado entrever todo lo que hay en juego esta noche.
Los demás lo oyen y, resignados, borrachos, enloquecidos, comienzan a aceptar lo que propone. Desde esta noche ya no mencionarán a Sócrates. Ya no, por lo menos, al Sócrates que conocieron en el ágora y que los embelesó con sus palabras. Desde ahora, sólo se referirán a una figura mítica, a una figura posible. Los hechos podrán imaginarlos.
El Sócrates verdadero sólo vivirá algunos años y finalmente morirá, ignoto. El que esta noche han preferido y han creado ya está muerto. Esta tarde ha bebido —pese a los ruegos de sus discípulos— el imposible veneno con dignidad y con valentía.
Los hombres pactan. Se ponen de acuerdo sobre las cosas que dirán y sobre las que no, alguno sugiere quemar los escritos que Sócrates ha dejado, y todos están de acuerdo, porque un ser legendario no puede quedar atrapado por las estáticas letras. Fingirán que esos tomos jamás existieron.
Otro hombre, y ahora sí sabemos que es Platón —porque se refiere, en tercera persona, a sí mismo— se propone como traductor de las enseñanzas del maestro. Dice que ya tiene escritas algunas ficciones en forma de diálogo y que podrá hacer muchas más, inclusive, tal vez, una sorprendente apología de Sócrates ante sus jueces, o una triste despedida de sus amigos...
Los demás lo aceptan. Más por egoísmo que por conciencia de lo importante que es lo que hicieron, acaban de urdir la figura del filósofo.
Sócrates ha sido creado. Comienza una larga historia. Platón escribirá, poco antes de morir, una extensa confesión, imaginada, veinticuatro siglos más tarde, por el poema que yo escuché.
De esos Fragmentos, mi recuerdo sólo retiene la última parte, que decía:
Con el paso del tiempo, espero, ruego,
que todo lo que hoy es veraz se haga olvido...
como estas páginas, que no has leído,
pues ya mi mano las condena al fuego.