Letras
Un día de pesca

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Mi consuegro Pepe estaba dispuesto a hacerme pescador aficionado de cercanías, de playas vecinas, peatón de orillas de mar.

Para conseguirlo me decía que sólo hacía falta una caña de pescar y ganas. Él ponía el material y las lecciones prácticas. Así que un día tempranero de verano casi me tomó de la mano, me metió en su coche como si fuera yo otra de sus cañas y me llevó a una playa de El Portil, a una pequeña cala, donde me decía que se podía pescar bien, tomar el sol tibio de las primeras horas de la mañana y pasar el rato en paz con uno mismo y la naturaleza.

Mi consuegro Pepe era muy vehemente y tenaz en sus cosas y cuando se proponía algo no cejaba en su empeño. Así que nada más llegar empezó con sus lecciones. Yo no había cogido una caña de pescar en mi vida. Que si así se coge la caña, que si así se monta el sedal, que si así se pone el cebo —lombrices— en el anzuelo, que si así se lanza la caña desde la orilla, que no tan fuerte no vaya a ser que se rompa el hilo, que si..., que si...

A las dos horas cualquiera que hubiese pasado cerca de nosotros y me hubiera visto allí en la orilla con “mi” caña, tan seriecito y tan compuesto, habría pensado naturalmente que era un pescador de peces de toda la vida o incluso un pescador de sueños.

Más de una vez me dijo: ¡Joder, no lances la caña tan fuertemente!, después de haber roto varias veces el sedal en diferentes lanzamientos. Voluntad por enseñarme y paciencia tenía evidentemente.

Sabía que mi consuegro Pepe era buen pescador por sus hijos y porque él me lo dijo en distintas ocasiones, pero la demostración práctica no la iba a tener yo hasta aquel día. Contra todo pronóstico, quien capturó la primera pieza fui yo: una pequeña baila. Pasaron dos horas y ninguno de los dos pescó más. A nuestro lado, en el suelo, los canastos que utilizan los pescadores para guardar las capturas, vacíos, claro.

A la vista del día que se avecinaba al parecer, mi consuegro Pepe empezó a distanciarse disimuladamente de mí hacia terrenos más propicios. Pero nada... Habíamos escogido un mal día... He oído decir esto a veces a los pescadores expertos.

Después de un buen rato noté cierta tensión en el sedal de mi caña y empecé a tirar de ella y a recoger el hilo. Mi consuegro Pepe acudió solicito a mi lado a ayudarme y a explicarme lo que hay que hacer en estos casos. Algo había cogido... Lo que había pescado lo había oído antes en un chiste y leído otras veces en los tebeos, pero no lo había presenciado como protagonista: una vieja bota de cuero, encogida y oxidada, correspondiente a un pie derecho. ¡Buen trofeo! Tras mirarnos ambos seriamente, afortunadamente nos dio por reír...

Mientras tanto, mi consuegro Pepe continuaba sin estrenarse. Transcurrió otro buen rato, repusimos varias veces el cebo de nuestras cañas —o sea, que peces había— pero los cestos seguían vacíos. Él volvió a ocupar posiciones lejanas a la mía, como dando a entender que era yo el causante de la sequía. Me miraba y yo le miraba y ambos callábamos.

Después de otro buen rato me puse a gritar: ¡Pepe!, ¡Pepe!, al advertir una fuerte tensión, bastante fuerte, en el sedal de la caña. Mi consuegro se precipitó hacia mi posición, me arrebató la caña y empezó a tirar hacia fuera, hacia la orilla del mar, tratando de sacar la captura, pero “aquello” se resistía fuertemente. Al no conseguirlo, se desplazó varios metros hacia la derecha por la orilla, explicándome que por allí debía de haber pequeñas rocas bajo el agua donde seguramente el anzuelo había quedado atrapado. Más de media hora estuvimos tratando de liberar el anzuelo y finalmente lo conseguimos. El anzuelo traía algo prendido. Con ansiedad recogimos el sedal y comprobamos con sorpresa que era un pulpo.

Un principiante, aprendiz de pescador, había pescado un pulpo con caña. ¡Bien! Es una forma al parecer original de pescar pulpos.

La jornada llegó a su fin y regresamos. Nuestras capturas: una pequeña baila, una bota vieja y oxidada y un pulpo por mi parte y nada por parte de mi consuegro Pepe. Así es la vida...

Ha sido la única vez que he salido a pescar en mi vida.

A pesar de ello, mi consuegro Pepe era un buen pescador y muy buena persona y seguro que está por alguna orilla de alguna escondida cala de alguna playa celestial pescando bailas con las mismas cañas de aquel día.