Letras
Cuento de la eternidad

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“Vini, vidi, vinci”.
Cayo Julio César

Cuando supe que me quedaba apenas un mes de vida, el mundo entero pareció cerrarse como las tapas de un enorme libro aplastándome entre sus páginas, cubriéndose de polvo en la quietud de alguna vieja biblioteca olvidada. Jamás me había sentido tan pequeña en mi vida, tan desconcertada, ni siquiera aquella primera vez frente a la pizarra de la escuela. Aún puedo verme contemplando la blanca lluvia de avioncitos de papel con los ojos empapados en impotencia y hasta me parece oír los ecos de sus voces infantiles escapando de mi memoria para inundar la habitación. Fue, paradójicamente, un espantoso comienzo para la etapa más bella de mi vida.

Dios me había negado la posibilidad de engendrar un hijo propio, y la vida la de acunar entre mis brazos a un niño sin amor, por lo que el cariño de mis pequeños alumnos fue un invaluable presente que aún conservo en la eternidad de mi alma. Sin embargo, resultan casi incontables las veces en que la soledad me golpeó con su filosa indiferencia y me llevó a estremecerme ante la sola idea de una existencia efímera, incapaz de dejar el más mínimo vestigio de mi paso por este mundo, y fue esa misma idea la que me asaltó violentamente a plena luz del día mientras salía de aquella vieja clínica.

Armándome de valor (o, quizá, temiendo enfrentarme tan pronto al silencio de una casa vacía) tomé la decisión de continuar con mis actividades en la escuela, saboreando cada lunes y cada viernes con el ensueño propio de quien ha comprendido finalmente el auténtico significado de las palabras “único” e “irrepetible”. Incluso el café de cada mañana, la brisa helada del camino y las veredas cubiertas de hojas secas orquestaban escenas de inusitada belleza capaces de alejar de mi mente aquella noticia, al punto que casi me tomó por sorpresa la intempestiva llegada de la ambulancia en la tarde del día 27.

Nunca volví a abrir los ojos pero recuerdo cada pliegue de esa cama de hospital. Médicos y enfermeras desfilaban por la pequeña habitación hora tras hora, conscientes de que ya no había droga que pudiese oficiar de milagro. Y allí también me visitó la angustia de una muerte ineludible, inaplazable, intrascendente; burlándose de mi resignación hasta que, casi como una aparición divina, once pequeñas personitas se agruparon en la puerta observándome silenciosamente desde la ventana de la habitación. Dos de mis colegas y amigas se abrieron paso lentamente entre ellas y colocaron sobre una pequeña mesita decenas de muestras de afecto expresadas entre lápices, crayones y papeles de colores.

“Todos te extrañamos mucho en la escuela”, dijo una de ellas. “Jamás te vamos a olvidar”.

Fue entonces cuando comprendí que no había razón para temer, que el amor sembrado continuaría creciendo más allá de las distancias y las despedidas, que sólo muere quien sucumbe ante el olvido y que había logrado, casi sin darme cuenta, marcar mi paso por este mundo. “Alcancé mi propósito”, me dije. Y dejé en libertad mi alma.