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Jorge IcazaJorge Icaza, el profeta de Evo

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“Todo un sistema, carajo... Un sistema como de cárcel... Sostenido por todos los malditos... Juro que romperé esa estructura rapaz... ¿Cómo? ¿Con qué, pes?... El arma capaz...”.

En manos de Jorge Icaza el teatro y la palabra fueron armas afiladas, ariete y clarín de batalla. Un 10 de julio de hace cien años nacía en Quito la pluma mayor de Ecuador, lo cual es apenas decir algo que nos haga dirigir la atención a un actor, dramaturgo y novelista en cuya obra uno encuentra el mejor significado a eso del arte como herramienta del cambio social y político.

No creo que sea un reduccionismo simple afirmar que lo que se dirá de Ecuador puede postularse también para Perú y Bolivia. Esas fronteras vinieron después, lo primero fue el Tahuantinsuyu. El Ecuador donde nació Icaza se fragmentaba —igual que hoy— en esas tres castas fruto del crisol y la conquista: blancos, cholos e indios. Que empiezan siendo conceptos etnográficos, pero apenas uno agita la bruma nota enseguida categorías sociales y económicas. Unos lo tienen todo. Otros, tienen nada. Y los del medio quieren parecerse a los que tienen y dejar de parecerse a los que nada poseen más allá de su desnudez y su fatiga al servicio del “amo, su mercé, patrón grande”.

Icaza saltó a la fama cuando en 1934 publicó su primera novela, Huasipungo. Desde el mismo título hay un posicionamiento estético que es un pronunciamiento político: porque Icaza escribía en el idioma del indio —el runa— y del cholo mestizo. Un glosario acompaña en forma inexorable a cada uno de sus libros. La traducción es una forma de santidad: la obra del ecuatoriano, a pesar de todo, ha sido traducida a cuarenta lenguas. De inmediato amerita una indagación en el significado del título. En el latifundio del “amo, su mercé, patrón grande”, como resabio del modo de producción feudal, la mano de obra a precio vil la provee ese enorme ejército de reserva que es el indio, el runa vago. Fuente inagotable y descartable, que tala el monte, levanta la cosecha, ofrenda su espalda al látigo, atiende el servicio en la casa y sacia los instintos viriles del amo. A cambio recibe un pequeño pedazo de tierra donde instala su choza y cultiva una huerta en los ratos libres: ese miserable lugar en el mundo es su huasipungo, y es “suyo” mientras trabaje para el amo y dure la sujeción del endeudamiento perpetuo y mañoso por cargos de herramientas perdidas y sucurritus del patrón. Ese pedazo de tierra es para el indio ñucanchic huasipungo, nuestro huasipungo, aunque mucho menos ñucanchic de lo que fue para él la propiedad colectiva bajo el señorío inca. Porque es suyo mientras al “amo, su mercé, patrón grande” se le antoje, mientras no precise esa parcela para otra cosa. Para algo las tierras y los runas son suyos, carajo.

Nadie es profeta en su tierra. Ni siquiera Icaza. El quiteño, hijo de familia de clase media empobrecida, al calor de las vivencias infantiles de largas estadías en la hacienda serrana de su tío, fue un joven bohemio inquieto, apuesto, trasnochador. Quizás un chulla, o sea, un cholo bien educado y soltero, de apellidos españoles, la piel clareada, con más apariencias que fortuna. Un paso fugaz por la Facultad de Medicina, la orfandad de madre y padrastro, un empleo público para ganarse el mínimo sustento. Por esos tiempos algún cofrade ha de haberle deslizado en el bolsillo un libro de Marx. Permitámonos suponer que también ha leído a Freud. Tiene veinte años. Casi por casualidad emprende estudios de actuación. Supongamos que lo hizo para estar más cerca de alguna muchacha, o que eso vino después de subirse a las tablas; el hecho es que terminó casándose con una actriz. Hacia 1928 se anima a escribir una comedia y la compañía la representa. Luego, con el drama ¿Cuál es? (1931), se da cuenta de que el teatro no sólo es un medio de vida modesto pero acomodado a sus correrías de chulla mujeriego, sino que puede ser también “El arma capaz... El arma, coño... La del teatro en mis manos... ¡Gritar desde la escena!... Muchos lograron al expresar la tragedia de los suyos... También será mi arma... Permitida, coño... Propia, carajo...” (Atrapados. I: El Juramento, Buenos Aires, Losada, 1972).

El joven no se detendrá más. Continúa su labor de dramaturgo, actor y director, con grandes dificultades por la censura que sufren sus obras. Se vuelca a la literatura. En 1933 publica un libro de relatos, Barro de la sierra, que anticipa la temática indigenista de Huasipungo. El rigor narrativo habrá de ser pulido en lo sucesivo, para ello habrá tiempo. Padece muchos bretes en la conservadora sociedad quiteña para poner en escena una obra donde el protagonista principal es el ruido del látigo tras bastidores, cual música de fondo. No consigue estrenarla y considera que ha tocado su fin su experiencia teatral. Recién en 1940 Flagelos logrará ser estrenada lejos, en el Teatro del Pueblo de Buenos Aires, dirigida por Leónidas Barletta. Desde el Río de la Plata le llegan los ecos del aplauso por el estreno de una obra a la que ni él ni su pueblo pueden asistir. También en esta ciudad, en el año treinta y cinco, la editorial Avance le ha publicado Huasipungo; Eudeba, décadas después, da a la prensa la edición definitiva de sus relatos y Losada, también en Buenos Aires, su tríptico autobiográfico, Atrapados. Nadie es profeta en su tierra, decía antes.

“Huasipungo”, de Jorge IcazaPero aún estamos en 1934, el año de Huasipungo y del primer triunfo de Velasco Ibarra. La política ecuatoriana, desde Eloy Alfaro, es un péndulo entre el liberalismo costeño y el conservadurismo serrano. Se consolida un modelo en el cual el modo de producción feudal (a cuyos resabios en América Latina se le llama tradicional) es del todo desalojado por el imperio de los mercados, es decir, de la libertad. El cholaje ha emergido como clase dominante, ha impuesto la hegemonía de sus valores, los mayordomos de antaño son ahora estancieros, sus hijos son doctores y han conquistado la burocracia estatal y a la oficialidad militar joven. Icaza ve en esto, como Mariano Moreno, que el destino es mudar de tiranos sin destruir la tiranía (admirable reflejo de ello es su relato El nuevo San Jorge). Se lanza con una obstinación sin parangón según la vemos en este presente de apatía, con bríos renovados, a desmenuzar hasta el hueso las estructuras de un sistema económico y político que se presenta como natural. Tan natural como el paisaje bello y hostil de sus ficciones, y como las naturales malas inclinaciones de esos runas vagos que no quieren trabajar, que migran a la ciudad, que se consumen en los vahos etílicos del guarapo, desmayados en la inmundicia de su propio vómito.

En 1935 publica En las calles, novela que escoge como forma de lucha política —de lucha de clases— el empleo de la literatura con fines didácticos: educar al soberano. Es El capital novelado. Una ficción sencilla, narrada con el habitual argot serrano, que repasa la historia del Ecuador en la transición de los siglos XIX y XX y, a la vez, muestra en profundidad el pasaje desde formas precapitalistas a las actuales, la formación de un proletariado urbano industrial a expensas del campesinado, el fin de la esclavitud indígena (para conseguir el “logro” de ser míseramente asalariados), y es también la novela que introduce uno de los grandes temas icacianos: el cholo que reniega de sus raíces indias.

La revolución burguesa triunfante de Alfaro ha emplazado a una nueva clase social en el poder. Cholos, precisamente, es también el título de la novela que publica en 1937. Es el drama de un latifundista arruinado a quien un cholo prestamista termina despojando de toda su fortuna. El cholo se capitaliza. La hermandad de las razas como esperanza, es la aurora que asoma sus rayos en el desenlace de una trama narrativa hábil y sencilla. Pero a Icaza lo desvelaban esas veleidades de “amo, su mercé, patrón grande” que arrastraba el cholaje. La imitación que el cholo ejercita del blanco y del gringo, y cómo para estos el cholo sigue siendo un guambra (que es como decir un pajuerano). Media vida deslumbrados (1942) aborda esta temática y muestra que el rótulo de indigenista es marco estrecho a la literatura icaciana, porque la trasciende sin nunca perder anclaje en ella. El poder de la clase trabajadora se vislumbra al final: las arbitrariedades del latifundista producen tal éxodo en sus dominios que cuando llega el gringo con la maquinaria forestal, no hay mano de obra que explotar porque todos se han ido.

Llegamos así a 1948 y una novela indigenista y también psicologista: Huairapamuschcas. Con piedad alguna edición acota un subtítulo: Hijos del viento. Es el que vino y no se sabe de dónde, porque es como que lo trajo el viento. Aquí el latifundista es débil y algo humano, el mayordomo cholo, en su afán de imitar y capitalizar, es feroz con el runa y roba al patrón, y el indio explotado es cruel con sus mellizos, porque son hijos de la violación del amo a su longa carishina (que viene a llamarse así a la mujer de “sí fácil”). Esos hijos que no tienen padre, que son hijos del viento. En ninguna otra novela de Icaza flota la dualidad de la condición humana y la tragedia de los suyos como en Huairapamushcas. Creo que es ella por donde hay que abordar al autor, para luego seguir con sus relatos y Huasipungo.

La esperanza aflora en sus últimas obras. Un sesgo autobiográfico se advierte en El Chulla Romero y Flores (1958): el cholo admite sus raíces y, al hallar en ellas solidaridad, se convierte en intérprete y vanguardia de su clase. En 1972 publica Atrapados, un tríptico donde es ya difícil separar la ficción del testimonio biográfico. Icaza ha vivido una existencia de lucha, también de persecución; ha sido más reconocido en el exterior que en su propia patria, porque en su tierra el monopolio del reconocimiento lo tienen los poderosos que lastima con su pluma. Desdeñando toda ostentación pública ha entendido mejor servir a los suyos desde las letras y el oficio de librero. Un tiempo dirige la Biblioteca Nacional. A veces ha aceptado cargos diplomáticos: es agregado cultural en Buenos Aires y, hacia el final de su vida, embajador ante la URSS, Polonia y Alemania Oriental. Muere en 1978.

Icaza nos sigue dando muchas lecciones a quienes creemos que tenemos en el arte una herramienta poderosa para combatir la hegemonía de los valores burgueses. Ha explicado al pueblo resortes intrincados del devenir social; le ha enrostrado sus defectos; le ha mostrado que el camino se hace andando; ha pasado a la realidad ecuatoriana bajo la lente del materialismo histórico y lo ha hecho en novelas de lectura llana y en lenguaje popular. Su mensaje, empero, es universal. Ha comenzado a revolucionar su tierra y proyectado un mensaje que cualquier pueblo del mundo puede hacer propio. Podré ser prematuro pero no creo exagerar: Icaza es un clásico universal.

Un botón de muestra: observemos las similitudes entre el cholaje de las ficciones icacianas y la clase media argentina. Con su bagaje de eurocentrismo, esa fatua vanidad por las raíces europeas; con su imitación mímica del consumismo superfluo; con su moral de medio pelo, su autoritarismo perenne, su cultura del menor esfuerzo. Con su xenofobia, que es más acentuada —vaya paradoja— en los hijos de inmigrantes de las más próximas oleadas europeas. Con su recelo y explícito rechazo a quienes “no quieren trabajar” y “no dejan trabajar”: un conformismo cauteloso que oponen a la protesta social justa.

Un novelista social, que no fue profeta en su tierra, es quien aró los surcos donde a cien años de su primer grito de vida germinaría una esperanza indoamericana. Y quién sabe cuántas más. Es la tierra misma que desde sus raíces clama que no es huasipungo de ningún imperio. Es nuestro huasipungo, ñucanchic huasipungo. Y su camino es, como en el final de Cholos, la hermandad impostergable. El personaje mestizo —el Guagcho— decide irse con su medio hermano indio a buscar al medio hermano blanco por toda América: “El Guagcho se levantó el ala del sombrero en señal de lucha, y el poncho del indio flameó como bandera sobre el fondo sangrante del amanecer”.

Icaza, el profeta de Evo. Y quién sabe de cuántos más.