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Mario salió a las cinco menos cuarto de su oficina y se dirigió a los grandes almacenes que habían abierto hacía sólo unas semanas. Él trabajaba para una conocida marca de helados y quería echar un vistazo a las neveras del supermercado.

El cielo se dejaba sólo ver a medias entre los árboles pelados, que le arañaban la ausencia de Marta. Desde hacía tanto.

Mario tenía treinta y cinco años, pelo negro y unos zapatos de piel de cocodrilo. Se podía conocer a una persona por sus zapatos. Y, si lograbas conseguir algo de intimidad, y además de los zapatos podías ver cómo se cepilla los dientes, podías hacerte una idea aun más precisa. Al menos, eso pensaba Mario.

Llevaba media hora caminando y gotas de sudor perlaban su frente. Pasó un autobús y lo cogió. Solía olvidar a menudo sus propios planes y la visita a los grandes almacenes quedó sumergida a la clandestinidad de su memoria. Más tarde quizá la recuperaría, pero ya sería demasiado tarde, al menos por hoy.

Tenía la impresión de que estaba fuera de lugar en ese autobús. A su lado, una mujer gruesa con un cesto de mimbre lo miraba atentamente. Él miraba la línea continua de la calzada como si le sirviese de guía. Para no perderse.

Llegó a su casa. Vivía en el extrarradio en una casita de una planta que él mismo se había encargado de pintar de blanco. Un pequeño jardín en la parte trasera, sin césped, sin flores. Sólo un pequeño columpio que jamás nadie había utilizado.

Se sirvió una cerveza y se sentó en el sofá del salón con la espalda muy recta. No encendió la televisión. Ni siquiera encendió la luz. Pasaron rápidas las horas y la oscuridad se encargó de hacer desaparecer todo lo que había a su alrededor. Entonces abrió los ojos. Inspiró profundamente. Sí, sólo estaba él. Cuando Marta se fue, Mario sintió que sólo estaba él.

Ya no era un niño y sin embargo dejar atrás su infancia le resultaba insoportable. Pero, ¿cómo evitar perder sus recuerdos? La vida es un juego, solía escuchar. Pero a él, no se lo parecía. El misterio había desaparecido. Y las sorpresas se habían congelado en las neveras de su almacén. Y sentía un vacío tan profundo que los párpados no podían aguantarlo. Y no sabe si soñó o si sufrió alucinaciones.

“No sé qué busco”, dijo Mario.

“Yo puedo ayudarle. Descríbamelo exactamente”.

Él lo describió lo mejor que supo y la dependienta de los grandes almacenes le señaló una estantería con un muñeco que le resultaba extrañamente familiar.

Él lo cogió dubitativo y lo miró, como sólo se mira a un hipopótamo que abre y cierra la boca a quince centímetros de tu nariz.

Lo dejó caer y la cabeza del muñeco rodó separada del cuerpo, dejando un chorrito de sangre por las baldosas blancas y negras de los grandes almacenes.

Llévenselo, dijo la dependienta a dos guardias, que lo cogieron por las axilas y lo expulsaron de allí.

Por un momento, la luz le cegó. El campo era inmenso. Y en el campo no había nada. Y esa nada era el germen de su anhelo de ser.

¿Era yo?, sollozó.

Y ni siquiera de eso estaba seguro.

Quisiera ser como tú, Marta. Se cubrió con una mantita gris y se acurrucó en el sofá. Tampoco esa noche dormiría en su cama.

Al día siguiente fue a la oficina y al salir se dirigió de nuevo a los grandes almacenes. Evitó mirar las espinas de los árboles y bajó la vista. Sólo sus pies enfundados en los zapatos de piel de cocodrilo le recordaron que quizá no debía conformarse. Olía a frito y sintió hambre. Cogió el autobús y se fue a casa. Miró por la ventanilla y vio con asombro que todo se iba hacia atrás. Lentamente. Y él no avanzaba, estaba quieto en el autobús viendo el mundo desaparecer a sus espaldas.

Llegó a su casa. Se sentó en el sofá con la columna bien recta mientras sorbía una lata de cerveza. Cuando se ha visto más de lo que se debería, uno se queda ciego, le dijo Marta una vez. Y no creo que aguante mucho más. Él la abrazó mientras ella se ponía la mano sobre el ojo derecho y miraba con atención la botella que había sobre el mostrador. Y cuando ella se fue, un manto opaco lo cubrió todo de noche.

Miró por detrás de las persianas a medio bajar mientras la oscuridad mordía el azul de cielo en silencio, tiñéndolo todo de rojo. Con su ojo izquierdo veía una mujer hablando sola sobre un fondo azul. Con su ojo derecho, un geranio sobre fondo verde.

Y pensó que la mujer le debía decir al geranio que las nubes del cielo se han vuelto verdes. Cogió la mantita gris y se acurrucó en el sofá.

A la mañana siguiente fue a trabajar.

Mario consultaba a su ángel. ¿Cuándo? Y siempre le contestaba lo mismo. Si no es ahora, ¿cuándo, Mario?

Pasó el tiempo y no sucedió nada.

Bueno, eso no es del todo cierto. Los grandes almacenes cerraron por quiebra.