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Dos relatos

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La vendetta

Hace meses que nadie ríe en casa de Giovanni. Su mujer, Sandra, apenas alza la voz cuando encarga algún recado a Ciccio, el hijo de ambos, ni siquiera cuando ha de reñirle. Giovanni, además de no reír, tampoco habla. Cada día se levanta de madrugada y camina, sonámbulo, por las pocas estancias de la casa, las atraviesa para salir al patio de atrás, aparejar la mula y salir, taciturno, camino de la hacienda de don Lolló. Jadeante, con la cabeza vuelta hacia la figura compuesta por jamelgo y jinete recortada contra la luz de la aurora, trota Zezo, un lebrel de olfato agudo e instinto privilegiado para la caza. Es el preferido de don Lolló y desde hace algún tiempo acompaña a Giovanni a casa cada día. Éste mira al perro de reojo y entorna los párpados, pensativo: ya queda menos, camarada, ya falta poco. Y siguen su camino, figuras tristes, dibujando senderos por el monte entre el oscuro rocío, que se deshace bajo los primeros rayos del alba.

En la hacienda ya todo el mundo anda atareado. Los peones preparan los aperos de labranza, las mujeres se dirigen al río con cestos cargados de ropa sucia, los animales se revuelven en los corrales aguardando la salida a los campos para pastar. Giovanni se dirige al cobertizo de los perros. Lebreles, podencos, alanos, teckells y cruzados, se agitan al olerlo, y se amontonan, ladrando, junto a la puerta, anhelando correr por los campos, oliscar, identificar olores familiares y alguno nuevo, la flora (jaras, brezos y chaparros) catalogada por ellos siguiendo criterios sensoriales precisos, criterios basados en la utilidad, según aporten más o menos pistas que les ayuden a cazar; también buscan sonidos, de pájaros, de vientos, del interior de la tierra, indicios de tiempo propicio o no para la caza, percepciones imposibles para los humanos y que ellos descifran con precisión. Son los perros de don Lolló, sus soldados para la batalla, siempre desigual, de la cacería y han de estar bien entrenados.

Giovanni se ocupa de esa tarea desde que era un crío, como ayudante de su padre entonces, que a su vez lo fue del suyo, así como Ciccio lo será algún día de Giovanni. En Sicilia, la costumbre se vuelve ley con facilidad, una ley no escrita pero por todos acatada, inviolable, pero no justa, no igualitaria. Siempre hubo gente de pueblo y de campo que sirve y malvive, y obedece, siempre obedece; y siempre hay un amo al que todos temen y que manda, que dispone a su antojo de personas y cosas, cuando le viene en gana, sin respeto, dentro y fuera de su hacienda y sin dar a nadie explicaciones. Como no se las dio don Lolló a Giovanni, aquella tarde de hacía tres meses, cuando le pidió que llevase a Sandra y a Ciccio al día siguiente a la hacienda; para merendar, dijo.

Giovanni lleva los perros al monte, a la vaguada donde suele entrenarlos. Los somete a pruebas de obediencia, de rapidez, de acometividad. En el momento más delicado de la caza, cuando han de obligar a la presa (jabalí, corza o gamo) a dirigirse a un sitio propicio para recibir los balas de don Lolló, deben ser precisos y coordinar sus movimientos cuidando de no cometer error alguno, para que el animal perseguido, aturdido y exhausto, se ponga al alcance de la escopeta del amo.

Giovanni se vale de diversos recursos para adiestrarlos: silbidos, gestos y gritos precisos; trapos impregnados con el olor de la sangre de un animal muerto y escondidos en el bosque. Luego suelta los perros y los azuza, los guía con su repertorio de claves que sólo ellos comprenden, los alienta y les regaña hasta que encuentran los trapos escondidos, que para ellos son como presas muertas, con olor similar pero sin cuerpo. Consigue que distingan por el olor la sangre de una presa joven y de otra vieja, de un macho y de una hembra. Zezo, además, la que existe entre la sangre de un animal y la de una persona.

Al acabar aquella jornada, tres meses atrás, Giovanni regresa a la hacienda y, tras encerrar a los perros, espera junto a la verja la salida de su mujer y de su hijo. Tras un buen rato aparecen caminando por el sendero, Sandra con la cara entre las manos, sollozando. Llegan a la altura de Giovanni y, aunque ella trata de volver la cabeza, él le sujeta la barbilla y le obliga a mirarle. Ve sus lágrimas y ella baja los ojos. El niño juega con un tirachinas que le habrán regalado; para mantenerlo entretenido. Les deja marchar y los mira mientras se alejan, los ojos de pedernal, los dientes apretados. Vuelve despacio hacia las perreras. Cabalga luego hacia su casa, seguido por Zezo, que parece estar contento con la novedad.

Desde ese día somete al perro a una férrea rutina de entrenamiento. En primer lugar, Giovanni quema una varilla de incienso y, con el humo perfumado que desprende al arder, impregna un saco vacío con el que envuelve la cabeza del animal, que queda así ciego y con el olfato bloqueado por el fuerte olor. Luego viene la parte más difícil para Giovanni: tras atarlo, apalea con saña al perro durante un buen rato. El animal aúlla de dolor y de rabia, se revuelve en la oscuridad que lo cubre y trata de adivinar la posición exacta de su agresor. Pero sólo percibe ese olor extraño que lo envuelve como si fuese niebla y le impide cualquier orientación posible, cualquier reacción certera al ataque. Cuando termina la sesión, Giovanni se lava y se cambia de ropa, después se frota con azahar y regresa, liberado del olor a incienso, para desatar a Zezo y consolarlo con caricias. Por fin, entra en la casa, donde Sandra y Ciccio le esperan en silencio para cenar.

Después de tres meses, Zezo está preparado. Ese día termina su adiestramiento en casa de Giovanni. Hay un muñeco de paja en el centro del patio, vestido como una persona, con pantalón y chaqueta viejos, pañuelo al cuello y sombrero. Después de la paliza de rigor, Giovanni retira de un tirón el saco de la cabeza del perro, que se abalanza enfurecido sobre el muñeco. Giovanni silba y Zezo se detiene de golpe, conteniendo a duras penas su furia. Espera impaciente otra orden. Entonces Giovanni emite un nuevo silbido, apenas perceptible, muy bajo y cadencioso, como si entonase una melodía, y el perro salta y muerde la garganta del muñeco, que desgarra con facilidad, junto con el pañuelo que la envuelve, y que Giovanni ha sostenido minutos antes sobre el humo del incienso. Ha empleado las últimas semanas en perfeccionar el ataque y ahora sabe con certeza que Zezo no fallará. Ahora odia el olor del incienso y matará cuando lo olfatee.

El día amanece frío y nublado. Salen a cazar temprano. Don Lolló, Andrea, su guardaespaldas, un mozo fornido y silencioso, con un puñal en el fajín y la escopeta siempre cargada y a punto, Giovanni y los perros. Recorren los montes cercanos a la hacienda, pero ese día viene mal dado para la caza. Al mediodía no han conseguido avistar una presa. Don Lolló está cansado y furioso. Se detienen al pie de una encina para tomar un refrigerio que saca Giovanni del zurrón. Después, don Lolló se apoya en el árbol para descabezar una breve siesta antes de continuar. Entonces, Giovanni saca algo del zurrón. Es un pañuelo.

“Don Lolló”, dice, “no vaya usted a coger frío, que el día va a peor. Tenga, Sandra me ha pedido que se lo diese, es un pañuelo que ha bordado para usted”.

Don Lolló lo toma y lo mira con agrado. Se lo lleva a la nariz y lo olisquea. “Es suave”, dice, “y huele como a iglesia”, “ah, Sandra, qué mujer, Giovanni, qué mujer, y tener que estar contigo, qué desperdicio”. Se anuda al cuello el pañuelo, se cala el sombrero hasta la nariz y cierra los ojos.

Giovanni toma del brazo a Andrea y le susurra que lleva en el zurrón un pellejo de vino que le ha traído de Panezza un pariente. Se alejan unos metros y rodean unos arbustos, no sea que el patrón les sorprenda. Mientras Andrea bebe, Giovanni se retira un par de metros y ve a Zezo cerca de don Lolló, con el lomo arqueado y enseñando los dientes: espera la señal.

Giovanni contempla con asco la figura del amo durmiendo.

Quedamente, casi con desgana, emite el silbido.

 

El fantasma y el torero

Despertó empapado en sudor y respirando con dificultad, debido al calor que hacía en la habitación, que le estaba abrasando la garganta. Se levantó de la cama y abrió, de par en par, la puerta que daba al balcón. Sintió en la cara un golpe de brisa de mar y miró las luces del paseo y, más allá, el mar, iluminado apenas por una luna menguante. Le costó recuperar la memoria, apartar su mente del recuerdo del sueño, pero poco a poco fue teniendo conciencia de la realidad. Estaba en Lima, en plena campaña americana, y aquella tarde había toreado. Recordó con nitidez la corrida, la tarde soleada, un poco ventosa, lo justo para no abrasarse con aquellas temperaturas, pero sin dificultar las maniobras con el capote o la muleta. Los dos primeros toros habían sido un trámite, sin sobresaltos o percances, por su toreo cauteloso, sin lucimiento, pero eso no le importaba, no lo buscaba en aquellas plazas, o no al menos cuando el ganado era serio y optaba entonces por prevenirse, por estar en guardia y a la defensiva, sin arriesgar buscando la brillantez estética o técnica. Esa simultaneidad —el riesgo y la torería— la reservaba para las plazas de renombre, donde valiese la pena jugársela. En las demás se limitaba a capear el temporal y cumplir con lo justo. Y a veces, lo reconocía, ni eso. A no ser que estuviese su padre en la barrera. Él no le consentía menos que una entrega absoluta en cada toro, y Néstor había de correr riesgos que después no eran recompensados, las más de las veces, por ser plazas de poca afición.

En el tercer toro volvió a verlo. Allí estaba otra vez, y de nuevo todo se volvió irreal por unos momentos, como las veces anteriores. Nunca sabía de antemano cuándo aparecería, sólo que siempre lo hacía si el toro que le tocaba lidiar tenía peligro, y de eso sólo se daba cuenta más tarde, ya en plena faena y toreando sólo con un ojo, el otro puesto en aquella silueta recortada contra la barrera, en los tendidos de sol, y que no le apartaba la mirada, siempre fija sobre él, siempre franca y clara. Firme y quieto, mantenía fija su postura sobre la arena de la plaza, y era, por lo que sabía, invisible para todos menos para él. Las primeras veces perdía por completo la concentración, asustado y más pendiente a esa imagen que a la testuz del morlaco que, a menos de dos metros, reclamaba en exclusiva su atención, pero no tardó en darse cuenta de que había un propósito en aquella aparición, una intención clara de avisar, de ayudar.

Remató como pudo el tercero y se volvió, ya menos tenso, hacia la figura que le observaba. En ninguna ocasión anterior, que recordase, tampoco en ésta, se había movido durante la faena del sitio en que se hacía presente, en que se aparecía —le costaba usar esas expresiones, pero no conocía otras más apropiadas— siempre alejado del que él mismo escogía para su faena y que tampoco él variaba, guardando las distancias. Pero cada vez había intervenido —si se podía emplear este verbo— en un momento delicado, o, con más exactitud, justo antes de un momento delicado, de un peligro claro para el diestro, y había evitado con su intervención que esa peligrosidad derivase en percance o cogida, tal vez grave, tal vez mortal. Ese día no había sido diferente, y al cambiar de mano la muleta para citar por la izquierda, oyó con claridad un mugido hondo y prolongado que provenía del lado opuesto de la plaza, giró brevemente la cabeza y vio al otro toro con la cabeza levantada y con una herida sangrante a la altura de la cruz, en el hoyo de las agujas. Parecía mugirle al cielo. Ese era el aviso. Siempre era la misma visión, la del toro fantasmal transformado por el dolor de una estocada fantasma, que mugía, moribundo; luego, por unos instantes, la imagen desaparecía, se hacía invisible, como dándole tiempo al torero para que sortease el trance comprometido que le aguardaba. Esa tarde intuía cuál sería; habiendo ya notado que el astado con el que se las veía derrotaba por su pitón izquierdo, optó el torero, en el momento de la acometida del toro, por separarse unos milímetros más de lo que en él era ordinario y notó cómo ese pitón le rozaba la tela del traje, por la parte exterior del muslo. De no haber rectifica do su pose, el toro le habría enganchado por la pierna. Una vez más el aviso había llegado en el momento oportuno, evitándole una peligrosa cogida. Ahora lo miraba de frente, al otro toro, muerto ya el lidiado, y también como otras veces quiso de algún modo agradecerle el aviso, hacerle saber que notaba su presencia y lo que por él hacía, darle las gracias, a ese toro fantasma, zahíno, bragado y astiagudo, con el número trece grabado a fuego en el costillar derecho, y que desde hacía unos meses se le aparecía algunas tardes de lidia para salvarle la vida. Pero, como las otras tardes, también hoy salió tras las mulillas de arrastre, que tiraban del cuerpo inerte del toro recién muerto. Y desapareció tras ellas, hasta otra tarde, o así lo esperaba el torero, por su propio bien y a pesar del temor —cada vez menor— que el toro fantasma le causaba.

Cenó luego con su padre, que también era su apoderado, y con el resto de la cuadrilla, en un restaurante del centro de Lima. Los comentarios sobre la corrida de aquella tarde ocupaban mayoritariamente las conversaciones. Ahora ya con la tranquilidad que daba el deber cumplido, con la calma que sucede al peligro.

—Anduvo cerca el tercero, en el primer natural. Menos mal que cambiaste pronto de mano. El bicho tenía malaje por el izquierdo.

Hoy su padre tampoco había podido estar tras la barrera, que es donde deben estar los padres y, sobre todo, los apoderados. Anoche se le fue la mano con los martinis, primero, con el vino, más tarde y con la ginebra, para rematar la faena. Así que se había perdido otra corrida de su hijo, de su torero (padre y apoderado, doblemente borracho). De modo que alguien de la cuadrilla le habría contado, nunca faltaba el solícito que no decía que no a un billete de doscientos euros. Que, por cierto, había ganado él, Néstor, su hijo, como todo lo demás, de lo que su padre disponía tan alegremente. Desde que decidió seguir los pasos de éste y convertirse en torero, Néstor no recordaba una tarde en la que el padre estuviese sereno en su sitio, si es que estaba en su sitio, en vez de en la cantina de la plaza. No supo negarse el día que su padre decidió apoderarlo, sin él pedírselo, jamás se lo hubiera pedido, no entraba en sus planes, pero su padre no decidía, más bien decretaba, en lo suyo y en lo ajeno, sin consultar, sabiendo que sería obedecido. Así lo hizo cuando tomó la determinación de abandonar el toreo aún joven, pillando por sorpresa a todo el mundo. Y no dio marcha atrás, ni se lo planteó siquiera, por más que su apoderado le presionara, la prensa también, incluso la madre de Néstor, entonces todavía viva, que sabía que el toro era su vida, que se amargaría si renunciaba a él. Y así fue. Se convirtió en un amargado que pasaba casi todo el tiempo en las tabernas, contando a quien quisiese oírlo sus tardes de fama en Las Ventas. Y cada vez iban quedando menos dispuestos a escuchar. Más tarde, cuando el hijo comenzó a despuntar maneras, decidió, de nuevo sin preguntar, trocar su condición de ex torer o alcohólico por la de empresario alcohólico, convirtiéndose en su apoderado. Ahora vivía de manera espléndida con un dinero que no se ganaba, que no se podía ganar, más bien al revés, porque siempre lo estafaban en las cenas los empresarios y los ganaderos, se aprovechaban de su etilismo y le endosaban lotes y carteles que no eran convenientes para Néstor, que compartía así cartel con segundones más de lo conveniente y se enfrentaba a demasiados morlacos resabiados.

—No fue nada. Lo vi venir.

—Te veo un, no sé, un sexto sentido de un tiempo acá. Has salido de milagro de unas cuantas, últimamente, parecía como si adivinases. O es que estás teniendo la suerte de los triunfadores.

—Será eso.

—Entonces sal a hombros, para variar.

Tras la cena tomaron un par de copas en el bar del hotel. Su padre algunas más del par. Luego se dirigieron a sus habitaciones, ya que al día siguiente habría también faena. En el ascensor, su padre le pasó un brazo por los hombros a Néstor y éste notó que apenas aguantaba de pie, así que lo asió por la cintura. Lo fue llevando casi a rastras, por el pasillo, hacia la habitación.

—Buenas noches, Néstor —se despidió un peón, Andrés, el más viejo de la cuadrilla, que había sido banderillero con su padre.

—Hasta mañana, Andrés. Voy a dejar a mi padre en su habitación.

Tras dejarlo caer sobre el colchón, como un fardo, Néstor se apoyó un momento sobre la mesa que había junto a la cama, para recuperar la respiración. Su padre estaba cada día más gordo y él lo notaba, pronto no podría con su cuerpo inerte de borracho. Entonces se fijó en el álbum de fotos y de recortes de prensa que su padre siempre llevaba consigo. Estaba abierto, encima de la mesa. Había un recorte de una noticia, medio arrugado. Néstor lo desarrugó y lo leyó. Era la historia aquella del enfrentamiento que tuvo su padre con un conocido ganadero, que derivó en rencilla. Cada vez que se emborrachaba —cada día, pues— su padre leía, o más bien, fijaba la mirada en ese recorte, durante horas. Néstor nunca supo bien lo que pasó y tampoco lo supo la prensa, por lo que se deducía del artículo. Había preguntado a algún conocido que estuvo presente, pero nadie le dio datos concretos, sino evasivas. Sabía que tuvo que ser un asunto muy especial, algo para no ser contado, al menos en el ambiente taurino, tan supersticioso, tan exclusivo y particular. El caso es que su padre nunca más volvió a ser invitado por aquel ganadero a una tienta, menos a torear un toro de su hierro. Y poco tiempo después, se cortó la coleta. Cuando abría la puerta para salir de la habitación oyó a su padre hablando en sueños.

—Granaíno —decía, con voz angustiada—, Granaíno.

Otra vez aquella letanía, aquel nombre. Un día de estos se decidiría a sentarse frente al padre y hablaría, de hombre a hombre, sobre unas cuantas cosas que deseaba aclarar. El problema estaba en que su padre no lo consideraba aún un hombre, aunque había rebasado los veinte hacía un par de años. Tal vez nunca obtendría, a sus ojos, esa condición, la de hombre. Ahora se revolvía en la cama, inquieto y agitado, luego su respiración se fue haciendo regular y comenzó a roncar.

El día siguiente hizo el mismo calor sofocante. Después de almorzar, Néstor descansó unos minutos antes de enfundarse el traje de luces. Esa mañana había pedido a Andrés que acudiese a chiqueros —su padre no podía— para asistir al sorteo de los toros. Le extrañaba no haberlo visto aún. Ahora iba, con la cuadrilla, camino de la furgoneta que había de llevarlos hasta la plaza. Su padre ya iría cuando pudiese, si iba. En la puerta del hotel estaba Andrés esperando, ya vestido con el traje. Leyó el miedo en sus ojos.

—Camino de la plaza te cuento —le dijo Andrés.

Escuchó Néstor la historia en silencio. El día aquel del incidente con el ganadero, Andrés estaba allí. Era una tienta ordinaria, donde algunos toreros invitados por el ganadero anfitrión, toreaban vaquillas en el tentadero, especie de plaza minúscula concebida para ese propósito. Las que demostraban bravura y trapío suficiente eran reservadas para cría y poder así continuar y mejorar el encaste del hierro. Las que no, iban al matadero, como desecho de tienta. En ocasiones especiales se tentaba algún novillo, pero no era prudente, porque el bicho podía aprender y salir luego resabiado a la lidia, buscando al torero en vez de al trapo. Aquel día el padre de Néstor le había echado el ojo a un utrero y se había empeñado en darle unos pases contra el deseo del ganadero, que era escrupuloso en su oficio. Al final, los ruegos de su padre y algún fino de más habían vencido la resistencia del ganadero, que consintió la tienta. Su padre, al parecer, se empleó con el novillo, que resultó bravo como pocos. Al quinto pase, y ya avisado por el ganadero para que fuese acabando, su padre quiso lucirse con una chicuelina y el utrero le volteó. Se levantó, fuera de sí, acudió a tablas y tomó una espada de matar. El ganadero y los demás quisieron impedirlo, pero ya su padre estaba frente al novillo, cuadrándolo. Se arrancó sin pensarlo dos veces y clavó la espada hasta el fondo, en lo alto de la cruz, justo en el hoyo de las agujas. El novillo bramó, herido de muerte, y cayó, ensangrentado, a sus pies. El ganadero, con el semblante fúnebre y agrio a un tiempo, acudió junto al animal. Hubiera sido un toro para el indulto, en la plaza, y un magnífico semental después, el mejor que nunca habría tenido. Más tarde, todos acordaron ca llar lo sucedido. En el mundo del toro hay cosas que es mejor ocultar. Pero no perdonaron.

—Escúchame bien, Néstor. Esta mañana, en el sorteo, he visto de cerca tu lote. Uno de ellos, el tercero, era igualito al que tu padre mató aquel día. Hasta el número, Néstor, el trece, en su costado. Esto no puede ser casualidad. Néstor, por mis hijos, te juro que ese toro me ha mirado y me ha reconocido. Sé mucho de toros, Néstor, y sé que éste es aquél. Es el mismo, aunque te parezca locura. Irá a por ti, Néstor, a matarte, lo presiento. Di que estás enfermo, o lo que sea, pero no torees esta tarde, por lo que más quieras.

—No seas maricón, Andrés. Te has hartado de vino, que te huelo. Busca tú la excusa y vete al hotel.

—He tomado un coñá, Néstor, por los nervios, pero estoy sereno y te juro por lo más sagrado que no miento.

—Calla de una vez. Y, en la plaza, atento, que te vigilaré.

Ahora estaba en la arena, dispuesto para recibir al tercero, que sería el último de la tarde. Las luces de la plaza estaban encendidas porque el sol se iba ocultando. Su padre estaba en la barrera. Había tratado de hablar con él, pero Néstor no había consentido. Hoy le iba a demostrar quién era el maestro, quién mandaba, en la plaza y fuera, hoy se iba a enterar. Había cortado dos orejas, una a cada uno de los toros que ya había faenado. Con el tercero remataría. Hoy saldría a hombros. Abriría la puerta grande. Esta iba a ser su tarde. Salió por fin el toro a la plaza y se quedó parado a unos treinta metros del torero, observándolo fijamente. Néstor le sostuvo la mirada, pero sintió flaquear las piernas. Aquel toro era idéntico a su toro fantasma. A su espalda escuchó un grito.

—¡Granaíno, no!, ¡hijo, sal de ahí!

Néstor giró la cabeza hacia su padre y supo. Ya no era necesaria la conversación pendiente, de hombre a hombre. Encaró de nuevo al toro, zahíno, bragado y astiagudo, el trece en el costado, grabado a fuego. Hoy no venía para ayudarle. Hoy no mugiría, avisando. Leyó en sus ojos las intenciones, aunque no hacía falta. Néstor las conocía de sobra. Y también sabía, con seguridad, que esa tarde tampoco saldría a hombros, por la puerta grande. Lo citó, valiente, por su verdadero nombre.

—¡He, Granaíno, he!