Cuando en La comedia de los errores Adriana le pregunta a su hermana Luciana por qué la libertad de los hombres es mayor que la de las mujeres, y ésta le contesta que es “porque sus negocios están todavía de puertas para afuera”, nos sorprendemos de que en pleno Renacimiento hombres como Shakespeare ya supieran que eso es un chiste muy apto para una comedia teatral —en donde el público que más se reiría sería el de las mujeres, por supuesto. Y es un chiste porque la libertad no depende de trabajar fuera como un esclavo, sino de poder trabajar donde sea, incluso en tu casa, como tu propio dueño. Por eso para una mujer de la era del Renacimiento, como para una mujer de la era de la Globalización, el tiempo no ha cambiado el núcleo de la controversia sobre la libertad, núcleo que podría resumirse para todos así: la libertad consiste en poder hacer lo que uno quiera sin violentar la correspondiente libertad de los demás. Ahora bien, puede haber dudas sobre si supone una libertad mayor el que los hombres se manchen, moral y físicamente, en antros donde se vende sexo, alcohol y juego por dinero, pero no puede haber discusión alguna sobre si existe una libertad mayor que aquella que uno disfruta en su propio hogar, en donde el sofá es el trono, nuestro mando a distancia el cetro y la cerveza nuestro sustento real —y regio—; en este sentido, el refrán “cada uno en su casa y Dios en la de todos” elimina cualquier comentario adicional, salvo en el supuesto de que haya casas que más que hogares sean hogueras, pues en ese caso la libertad estaría siempre en la huida, como suele ser el caso tocado por Lorca en su trágica (casi del género de horror y terror, diría yo, ahora que lo pienso) La casa de Bernarda Alba, en donde la única libertad que se respira llega con la muerte y la triple orden final de doña Alba que aún me sobrecoge y de la que me dan ganas de hacer amplio uso cuando estoy en el cine en el momento en que alguien molesta, pero que por pudor siempre refreno: “¡Silencio, silencio, silencio!”.
Ahora bien, podríamos contemplar la libertad de forma idealizada no ya en la calle sino, en un segundo caso, en el campo. Este es el caso contemplado por nuestro caballero don Quijote cuando, saliendo por los campos de Montiel a aquella temprana hora de la mañana, cantaba las alabanzas del rubicundo Apolo a lomos de su cuarteado Rocinante. A poco que se piense en esta idealización del campo como lugar de esparcimiento y libertad, veremos que si Shakespeare se ríe con la incomprensión de las mujeres cuando idealizan la calle y al monstruo que la transita que no es otro que el hombre, lo mismo efectúa Cervantes con nuestro don Quijote cuando lo hace salir al campo para derretirle los sesos. Podemos pensar en otros casos en donde se suele poner a la libertad como dominante, como es el caso del mar y el aire; en el primer caso tenemos el ejemplo de que el mar es romántico y libre como lo recordaba Espronceda o Alberti, pero cualquier persona que haya viajado físicamente en barco en invierno sabrá que el mar no tiene nada de romántico, pues como dice Gonzalo en La tempestad, en pleno naufragio: “Diera yo ahora mil estadios del mar por un acre de tierra baldía, o páramo extenso, o erial espinoso. ¡Dios, me habría gustado morir de muerte seca!”. En el caso del cielo ha sido diferente, se ha tardado más, pues el Hombre ha luchado durante toda su Historia (los darwinistas están invitados amablemente a sustituir esta palabra por “Evolución”) por volar. Sí, volar ha sido propio de ángeles, del cielo venían los dioses griegos, romanos, nórdicos y del cielo caían los rayos de Thor y los truenos de Júpiter y los mensajes traídos por Hermes corrían desde el cielo mejor que como lo hacen en cada uno de nuestros vecindarios nuestros alados motoristas de Correos (libres de toda culpa). Del cielo y de ninguna otra parte salvo del cielo azul venía la idea de que la libertad se respira en lo alto, como en los picos de las montañas que tocan las nubes, como así idealizó y poetizó el mismísimo Nietzsche con su Zaratustra, que no pudo refrenar la tentación humana de idealizar lo natural y besar el cielo. Pero la tecnología moderna ya ha vulgarizado el cielo y ahora le toca el turno al espacio inexplorado e incomprensible e inconmensurable, o “al menos eso si no más, pensado con los ojos”, como poetizó James Joyce.
En suma, la conclusión podría ponerse resumida de esta forma metafísica: no hace falta haber leído muchos libros de diferentes épocas, desde
La Odisea del broncíneo Homero hasta la
2001, una odisea espacial de Austin C. Clarke, para saber que la libertad artística del ser humano es utópica y por ello no está en ningún lugar y en todos; la libertad está en su cabeza, en su interior, más bien diría yo en su instinto, bombeando en su corazón, pues es una idealización natural que no negaría ni siquiera un darwinista agnóstico. Me refiero a que el instinto de supervivencia del Hombre le enseña que la libertad consiste en vivir y continuar viviendo sin hacer morir a los demás; su otro instinto, llamémosle su “instinto de transvivencia”, le enseña que la libertad se ubica allí donde morir significa vivir —vivir en otro lugar más remoto.