III
Si has olvidado el lenguaje de la hiedra
que crecerá segura en tu costado;
recuerda el derrumbe y las fronteras
donde fuiste fundando el principio de tu escombro.
No olvides las señales, las bengalas de la muerte
con las cuales escogiste los silencios del pasado,
los gritos que fueron dando forma
o existencia a los delirios de la sangre,
cuando acongojados aprendimos a amar en la otredad,
como si el perdón pudiese borrar
los hechos que revela el laberinto,
donde la muerte es una ausencia de verde y de sonidos,
donde el amor es la materia
que nos une a la uniformidad exacta de lo oscuro.
De Delirios de la sangre (Panamá, 2003).
V
Por las tardes prefiero
gastarme entre las hojas
de un romero taciturno,
macerarme hasta lo tierno,
batirme a dentelladas
con los perros tinaqueros,
y perderme simplemente
como un ladrido en el suburbio.
De Delirios de la sangre (Panamá, 2003).
VI
Tu sangre emana como un cosmos
de gritos ateridos,
concebidos en la silente eternidad
de un clímax de estaciones.
Temo a la piel que se deshoja
en un establo de burlas y de olvido;
temo a la sangre que se pierde
en una oscuridad,
en unos ojos malditos,
en un deseo confuso
que te llena de pavores humillantes
como a una diosa mancillada
en una góndola de cuerdas.
Temo a la sangre que se marcha
y no regresa,
que canta en su silencio un tango de necedades,
como un latido
que se fuga en un encierro
de calaveras infantiles.
Temo, sí:
porque no comprendo
la filosofía de mis huesos
ni la doctrina de tu vientre.
No comprendo este estrépito de venas
que me nace desde el torso
como una lánguida azagaya
que se mece en tu destino.
Y como un perro umbrío de miseria
me revuelco en el cieno de tu orgasmo;
como un arcángel ebrio de tristezas
espero sin asombros los delirios
de la sangre y sus tibiezas.
De Delirios de la sangre (Panamá, 2003).
El fruto
Porque siempre colgará tu sombra
como un fruto oscuro,
que tal vez quisiera transformarse en ave
y no caer
como un latido de hojarasca hacia la nada:
Entonces será inútil derribar el árbol,
plantar otras semillas que no tiemblen,
clausurar la puerta para siempre
y ocultarnos de la cuerda
que no pudo contener tu ausencia;
de tu lengua donde crecen astros invernales
y de aquellos dioses
que vivieron sus tristezas en nosotros.
Por eso treparé a tu árbol cuando llueva,
y llevaré un paraguas,
y te daré un capote,
y en los mediodías un vaso con agua calmará tu miedo,
y aflojaré tu cuerda un poco para que me hables,
para que me cuentes de la hormiga
que confunde su guarida con tu pecho,
del perro de vigilia que aún te busca en caminatas nocturnas,
en territorios baldíos
donde todo sufre tu gravitación caliente,
donde a veces sentimos surgir
como el pálpito secreto de aquello que nos fue negado,
el pequeño cadáver de una lata
o la ocre aflicción de un trapo
disputando su quietud a la maleza.
Y yo te diré que estoy aquí,
contigo conmigo,
escuchando el precipicio de tu voz en mi desvelo,
el murmullo de mis venas y las otras
como sonámbulas raíces extraviadas en mí mismo.
Y yo te diré que estoy allí,
sin ti,
que en mí sólo queda este coágulo nocturno,
un vértigo de sangre adormilada,
una náusea de diurnas latitudes,
porque siento un verde hostilizado,
siento ramas que se quiebran en mi frente
y una muerte suspendida de mi cuello me despierta;
porque siento aquellas hojas que se cimbran en tu cuerpo
como heridos labios que vacilan en un beso.
Crónica de un noctámbulo
“No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie”.
Federico García Lorca
No duerme nadie por mi mundo.
No duerme nadie por el mundo
cuando los mamíferos lunares
escarban en la piel de los enigmas
y rielan las heridas en los hospitales.
No respira nadie por el cielo
cuando copulan las sombras en los cenotafios
y deambulan los perros por el cementerio.
Alguien vigila las puertas de las residencias.
Alguien con un tirso
golpea las palestras alquiladas
y anuncia a los adúlteros hermosos
que la sangre se acaricia con el limo en las bañeras.
Nadie nos llama, es cierto.
Pero quién podrá llamarnos
cuando gime un mito
entre el eco de un andar desconocido;
cuando nos anidan reptiles en el pecho
y nos persigue un ruido de hojarasca aniquilada
por un pabellón en ruinas,
por un laberinto de senos estrujados
y piernas que destilan
la esencia migratoria del desvelo:
Caen los dados del silencio,
caen los signos de otros dioses,
caen lechuzas y serpientes extraviadas,
caigo yo como un astro enceguecido,
y avanzo retrocedo floto,
sobre tus pensamientos congregados,
sobre una pupila deshojada,
sobre una mujer clavada
en las eternidades inminentes,
sobre un cálamo de luz ensangrentada,
los verbos sumergidos en tu nombre me rodean,
hablan los espectros en los túneles del sueño:
Buzo de los símbolos
me ahogo
en un párpado entreabierto de la noche.
II
Cuando el corazón pendula
sobre las cenizas de un arcángel desarmado,
y el mismo corazón levanta de entre horas cárdenas
el latido inmóvil de su grito:
abren sus puertas transparentes
los centros comerciales y los restaurantes;
abren sus nocturnas alas
los prostíbulos feroces y los bares,
y toma el humo del tabaco
la certeza de una flor ácida.
El mundo se equilibra entonces
sobre tu cintura de geografía profunda y explorada,
y crecen líquenes de levadura oscura
que devoran los semblantes congregados
en la agorafobia de una casa
con personas dormidas respirando;
con relojes detenidos en una habitación cerrada
que las estaciones desconocen,
con artefactos amenazantes
que de súbito se precipitan
hacia una mirada clausurada por la pesadilla;
hacia seres irremediablemente vivos
que el invierno oculta
por temor a que despierten las heridas inconclusas de mi cuerpo;
hacia una almadraba de huesos exhumados
y ojos triangulares
donde despertando vivo
convencido del dolor como una llaga,
mientras el mundo se destroza afuera
en una ausencia inmaterial que nos consume.
III
antigua tiple de metal siniestro
mediodía nocturno de presencias abisales
emana un tiempo
umbela de pestañas calcinadas
un tiempo
destrozado redivivo
ovación lacustre perentoria
profecía del agua que se estanca en la verdura
un tiempo de tótem invidente
una edad que pulsa
muere
reencarna entre los seres que no sueñan
IV
Hay veces
que logro dormir durante un instante de lluvia en la madrugada,
y luego, cuando despierto,
siento que ha crecido una flora de cables tenebrosos,
de bocinas
de perillas,
y de programas de computadora
sobre mi blanda materia subterránea.
Y parece que hay un bombillo aprisionado
como un pájaro eléctrico entre mis manos,
y un soliloquio de motor en mi cerebro
poco a poco enmudece mis latidos.
Miro el televisor en sombras
y me atemorizo.