Letras
La última señal

Comparte este contenido con tus amigos

En realidad la vi mirarme. Por lo demás, no era la primera vez que el juego comenzaba de esa manera, aunque en otras ocasiones la primera señal había sido en una exposición de arte o un número de teléfono equivocado, toparse en la calle bajo una lluvia rabiosa y paraguas vencidos, las ganas de meterse a un café para aplacar el frío con un coñac, quizá un oporto, una canción de Sinatra o de Barry White, el calor volviendo cansado a los rostros ya amigos, y una mano que comenzaba a acariciar una rodilla. Pero con Magdalena nunca era igual y esta vez se había dado así, con su acercamiento distraído, casi traicionero, un silencio mordido, y ahí estaba a mi lado, diciéndole algo al conserje sobre una reservación, dejando caer lentamente un apellido entre una ojeada al reloj y un gesto de suave desprecio que le recordé de la última vez, y que imaginé repetido en innumerables reuniones de té y juntas de directorio.

Nuestro reglamento era bastante claro para la claridad que pueden tener los reglamentos en estos casos donde todo debe suceder en el extranjero, pactado entre whiskys y cigarrillos en los esporádicos encuentros clandestinos que teníamos, pero lo del hotel fue realmente una casualidad: lo había elegido por estar sobre la playa y porque un cliente turco me lo había recomendado, una excusa como cualquier otra para escapar de la rutina (el trabajo en el anticuario me ha desbordado últimamente), para recuperarme de una semana de agenda saturada, del ahogo riguroso de París en pleno otoño. El viernes pasado, terminada la última reunión, cansado y curioso de que un hotel llamado Las Tres Marías me fuera recomendado con cinismo por un derviche, me convencía de una tregua y me entregaba como un perro manso a la idea de un fin de semana tomando sol junto a la piscina, con tragos preparados por barmans profesionales y servidos por muchachitas no tan profesionales pero igualmente eficaces, comunicándome en mi lengua materna, leyendo tranquilo, lejos de los problemas del anticuario, librándome de compromisos sociales en los que mi situación personal surgiría a cada momento como un comentario incómodo y tan difícil de evitar como las moscas que ahora pasean su mugre frente a mi cara mientras escribo esta carta.

Y fue por eso, por el cansancio y la curiosidad de conocer ese hotel, que tomaba al otro día un taxi al aeropuerto sin sospechar que volvería a verla ese mismo mediodía, petrificada en la recepción como una estatua de Atenea, a la espera de una habitación y fingiendo no reconocerme. A cinco días de estar aquí, sigo pensando en ese instante en que las miradas se cruzaron como dos maderos en el Gólgota. Pobre, observarla transformarse cuando el conserje privilegió mi solicitud, contemplarla ser ella, abiertamente Magdalena, las botas negras, prepotentes, y un rostro algo maquillado del que emergía una sonrisa de barracuda recorriéndome de pies a cabeza, abanicándome un viento caliente que me despeinaba el poco pelo que me queda, y me permitía descifrar finalmente la escena, su figura encajada en el traje sobrio, sensual, indiscretamente caro, un bolso de mano por todo equipaje, los grandes ojos azules de barracuda dando la segunda señal convenida, el cerquillo rubio que recordaba un pincel virgen.

Desvié mi mano del primer impulso que su cuerpo demandaba (algunas veces era impulso, como lo había sido la primera vez; en otras correspondía preguntar la hora o hacer un comentario impersonal sobre el tiempo o algún tema de actualidad) y la dirigí al encuentro de la llave que el conserje sostenía indiferente mientras miraba de reojo el teléfono que había comenzado a sonar. Es inútil que escriba lo que ya he dicho tantas veces, pero al retirarme de la recepción, palpando el frío metal que se iba calentando mientras descifraba las tres estrellas como si fueran escritura Braille, repasé las veces anteriores y comprendí que todo volvía a estar perfectamente dispuesto, ordenado en una coincidencia que dibujaba el contraste: un día inmerso en una caravana de reuniones agotadoras, problemas de aduana, clientes impacientes reclamando sus efectos o la devolución de su dinero, el abogado de mi esposa que me intimaba a firmar el divorcio, y al siguiente Magdalena degradándome a un papel de amante despreciado, pero con las dos primeras señales ya dadas. Era natural entonces que ante la pequeña variante establecida al juego decidiera esperarla sentado a la mesa del gran estar, escuchando vagamente lo que hablaba con el conserje, aparentando leer una lamentable revista de moda mientras fumaba un cigarrillo que ya olía a perfume y piel suave, un cilindro blanco que aplasté cuando vi que Magdalena tenía sus llaves y las disculpas del conserje, que decía algo sobre una copa de bienvenida en su habitación, y fue entonces que me dije que en una coincidencia así (porque a mí no me la había ofrecido y porque el conserje, esto es claro, no formaba parte del juego) podía sospecharse una trampa o un intento de facilitar todo.

Pese a mis sospechas, continué jugando y la observé dirigirse a la escalera. Otras veces había sido ascensor o la oscuridad de una calle despoblada donde en ocasiones algún gato curioso se acercaba a observarnos, poco importaba, casi siempre era diferente y esta vez era escalera, era Hotel Las Tres Marías, los escalones de distancia suficientes como para saber que estaba jugando al límite de lo permitido. Habría sido más íntimo el ascensor, poder olerla de cerca, rozarla distraídamente mientras murmuraba una excusa innecesaria, pero era escalera y en ese momento pensé que eso quizá fuera también primer piso. El reflejo del sol en su brazalete me guiaba como un faro. Caminaba sigiloso detrás de sus pantorrillas bronceadas, barriendo con mis zapatos negros el rojo de la alfombra para ahuyentar la mala suerte, gozando que ella supiera quién venía detrás porque ambos siempre hemos tenido el don, la facultad que anticipa en el aire un movimiento o una palabra, la mano a la búsqueda de la billetera para pagar los coñacs ya terminados, la invitación al apartamento, un gesto en apariencia insignificante como una mirada, pero fundamental, como han visto.

Mientras subía, observaba el 114 en mi llave, deseando que ese inútil preámbulo terminara de una vez por todas, pero no era posible, era preciso seguirla en silencio, con una mansedumbre de lobo cuerpo a tierra, seguirla como si realmente la siguiera, seguro de que ella no se daría vuelta porque hacerlo arruinaría todo, como si yo me hubiera adelantado cuatro pasos para tocarle el hombro, forzándola a recordarme. No. Era necesaria la escalera, los escalones cubiertos por la alfombra roja (un color que siempre trae mala suerte), agacharme para atar unos cordones desatados en el deseo mismo de coordinarme con su alto repentino.

Apenas corroboré que compartíamos el primer piso, me quedé observando un póster de la Noche Estrellada de Van Gogh para dejarla moverse libremente en el pasillo. Estudiaba un detalle del horizonte que siempre me ha intrigado cuando decidí no firmar el divorcio: sería cuestión de seguir soportando la cara de sapo alcohólico del abogado de mi esposa, las llamadas de madrugada, las amenazas inútiles de notificar a la Interpol. Nada nuevo, en definitiva, pero volví a dudar si la había dejado por Magdalena o era ella quien me había dejado a mí, posiblemente sospechando lo nuestro, aun cuando yo me cuidara de borrar cualquier huella del encuentro antes de tomar el avión que me llevaría de regreso una vez más a su cara desabrida luego del control de equipajes.

Viendo el cuadro comprendí por qué Van Gogh se había suicidado: las pinceladas tristes, la noche ahogándose como un niño a solas en un pozo. Tercera señal: la Noche Estrellada de Van Gogh me devolvía como un latigazo los enormes ojos azules de Magdalena y esa cabellera rubia que veía detenerse ante la habitación 115. El cruce estaba entonces predestinado como la suerte del holandés, ella forcejeando con la puerta y yo pasando a su lado, aparentando ignorarla cuando algo me desconcertó, su rostro hacia mí, un gesto de menosprecio pudriéndosele en la mirada de monalisa insatisfecha, tan predecible al fin de cuentas, quizá fiel al reglamento pero burdo, tan dos más dos que juro haber dudado en finalizar el juego, entrar en mi habitación para reírme imaginándola preguntarse por qué habría fallado todo si ella había dado las primeras señales. Pero a esa altura, como ya lo he dicho, era imposible dar marcha atrás y dejar todo para otra ocasión en que el azar me volviese a cruzar en otro país con Magdalena.

Me rendí en mi habitación a la farsa previa de esperar, a una latencia que siempre salva al juego de caer en un capricho de niños. Dejé pasar el tiempo. Entorné la persiana del ventanal desde el que se veía la piscina. Otro cigarrillo y la imagen de Magdalena en la penumbra. Fumé boca arriba en la cama, ahogando la risa que por momentos burbujeaba pues en esa espera debía adivinar a quién le tocaba dar el próximo paso. Cerré los ojos y la imaginé entrar en su habitación, descalzarse desordenadamente para luego desabrocharse con calma los botones de la chaqueta y dejarla caer en cualquier parte. Pero el corpiño no, eso sería luego, cuando estuviera permitido, de momento bastaba con comenzar a bajar el cierre de la falda, lentamente, como baja una corriente viscosa arrastrando camalotes y víboras, sus dedos ligeramente húmedos se prensaban al cierre de mi bragueta que bajaba en silencio y yo me dejaba, sintiendo el cigarrillo en la boca también húmeda y su mano acariciándome. Cedí al movimiento, a la cadencia de su mano que maniobraba con precisión y me confirmaba una y otra vez nuestro don de presentirnos como animales en celo.

Golpeado por la interrupción de su caricia, me incorporé en la cama y supe que el turno de hacer una movida era mío. No es tan difícil de entender, he dicho que otras veces ha sido una llamada telefónica o una exposición, lo importante en ese momento era apagar el cigarrillo y prepararme. Como si no bastasen todas las señales ya dadas, el 114 en mi llave debajo de las tres estrellas me revelaba que 115 suma siete y la contigüidad era una señal inequívoca. En el pasillo me crucé con una empleada, me han dicho que se llama Ramona, una muchacha gorda que empujaba indolente un carro cargado de toallas y sábanas. Me saludó con la blanca cortesía esperable, luego se metió en la habitación 124 y el pasillo quedó desierto. Tranquilo por su desaparición (por un momento creí que arruinaría la mejor parte del juego), me acerqué a la habitación de Magdalena seguro de que habría cumplido con su parte. La puerta debía estar cerrada, y lo estaba. La facilidad ha sido siempre un insulto, confieso que en ocasiones en que Magdalena no ha observado esta regla me he retirado furioso, convencido de que era una puta como cualquier otra. Pero la puerta estaba cerrada y tuve que golpear, tuve que volver al ritual de los dos golpes veloces y secos, a la puerta entreabierta luego de presentarme como un mandadero que traía la copa de bienvenida del hotel.

Gracioso que en tantos años mi presentación, cuando nos encontrábamos en un hotel, hubiera permanecido inmutable como un nudo de corbata, festejada por Magdalena que rechazaba cualquier variante y me hablaba sobre la elegancia y efectividad del mandadero.

Luego todo vino como un diálogo ensayado, con las palabras acomodándose en el aire como en un molde. Repetí mi representación con el desinterés de un títere, una mano empujando la puerta y la otra tapiando su boca, ahogando su exclamación teatral, el asombro minuciosamente planificado.

Era triste, y ahora que lo pienso mientras escribo esta carta, ha sido en general triste saber en ese momento que ambos somos conscientes y de poco sirve fingir a tal extremo. Pero también he fingido dieciocho años con mi esposa sin que lo note, por lo que lo mejor era continuar con el juego, liberar la boca de Magdalena, cerrar la puerta y tranquilizarla, elogiar sus ojos azules, presentarme como estaba planificado, confesarle que había comprendido todo al verla en la recepción, la variación del reglamento que hacía más divertido ese cruce en el hotel.

Cuánta vulgaridad en negar su nombre, gritar histéricamente un Lucyla y arrojarme un cenicero en lo que descubrí una provocación, la evidencia de su rol modificado, de ese cuerpo de gatito traicionero que se acercaba cauteloso al teléfono y me reclamaba desde una zona de oscuridad buscada, un espacio que sólo yo podía rescatar en un acto que no podía ser sino un robo, porque así debía ser después de todo, así, con dos cachetadas, un recurso del juego, volver a taparle la boca, llevarla contra la pared y besarle la frente, ver sus párpados cayendo como inevitables guillotinas, la señal más necesaria, la que confirma como un hierofante el pasaje a la instancia definitiva. Mientras la empujaba hacia la cama y sentía sus uñas clavarse en mis brazos y espalda, le susurré que Lucyla no existía, que todo estaba muy bien así, con ella girando torpemente en una violenta sacudida de azules y dorados como la Noche Estrellada, anticipando el placer en mi palma con su jadeo húmedo. Decirle que la había extrañado me pareció inoportuno. Le murmuré que me recordaba a una muñequita húngara en ese traje y la sentí retorcerse como una rama caprichosa. Con la mordaza ya puesta, la siguiente cachetada era para reírse porque era un juego tan bien jugado que daba ganas de reírse. Me limité a gobernarla con paciencia. No le hice daño, aunque me han dicho que le sujeté el cuello con demasiada fuerza, pero no era nuestro primer encuentro y Magdalena estaba acostumbrada. Lo otro sí no había sucedido nunca y todavía no entiendo por qué no me advirtió ya que, al arrancarle la falda, apenas vi el rojo maduro plasmado como una mancha de Rorschach, supe que era un mal presagio. Dudé en terminar ahí mismo todo pero continué sin embargo con mi lento obrar, sintiendo la blandura del cuerpo que comenzaba a ceder y entraba en el ritmo necesario. En ese instante me pareció que su tronco flotaba en la cama, oleando una tibia marea roja que nos iba cubriendo, y recordé aquel bungalow en las Canarias cuando tenía catorce años y habíamos ido con mis padres. La sentí alcanzar la cumbre de su representación cuando comenzó a lamentarse como una niña, pidiendo tal vez que la besara en la frente, como hice para confesarle que no recordaba un encuentro similar, que todo estaba tan lejos, los problemas con el último contrabando, los clientes impacientes, mi esposa y su abogado, el divorcio...

Luego me quedé un minuto de pie mirando su cuerpo cansado, los brazos extendidos en la cama como leños consumidos, largos y finos y grises. Aunque no me han querido creer, en ese momento debía dejarla sola, volver a mi habitación para recoger mi valija e irme del hotel, evitando así todo cruce posterior, inconveniente fuera de los límites pactados del juego que acababa de terminar. Me agaché para acariciarle el rostro una última vez. Me despedí hasta el próximo encuentro preguntándome dónde sería, y cuando guardé la mordaza en el bolsillo, supe que ocuparía un lugar especial junto a las otras.

Acababa de entrar a su baño para lavarme y limpiarme la ropa cuando sentí abrirse la puerta de la habitación, luego el grito de una mujer que al acercarse a Magdalena vi por primera vez y que ahora sé que es una amiga. La mujer volvió a gritar, y no pude hacer nada, en el pasillo me crucé con la maldita gorda que surgía curiosa de la 124, con una toalla blanca en la mano y la expresión de estar viendo a un monstruo. El reglamento no admitía una transgresión así, pero en ese momento entendí que el rojo que había dominado el encuentro explicaba todo, la gorda gritando, una puerta que se abría y de la que salían dos hombres desconcertados, luego otra, todas esas personas en apariencia tan correctas pero incapaces de entender lo que realmente había sucedido. Tantas puertas abiertas luego, que el pasillo parecía un vernissage, y el personal de seguridad llegaba y me encontraba atrapado por cuatro o cinco mediocres en medio de un murmullo de ranas llorando por la policía.

El ojo negro que aún tengo es del primer oficial que salió de la habitación de Magdalena, negándome el derecho de entrar para hablar con ella y aclarar todo allí mismo. Las otras marcas son del primer interrogatorio; mi abogado las ve como promisorias. Durante cinco días, encerrado en este cubículo inmundo donde todos pueden asistir a mis miserias, esperé la explicación de Magdalena que terminara el malentendido, dichoso de saber que mi esposa no ha querido contactarse ni siquiera con mi abogado. Sin embargo ahora sé que la traición de Magdalena no es su silencio sino su futura declaración ante el juez (me han dicho que habrá un juicio), su rostro de barracuda desleal vomitando mentiras como bilis. Ya le he dicho a mi abogado que no lo puedo permitir pero creo que no me ha comprendido, se ha limitado a tranquilizarme con la posibilidad de negociar una condena que no me interesa.

En pocos minutos apagarán las luces y debo terminar de escribir para poder continuar con lo planeado, ahora que la suerte ya está echada, ahora que la última señal la dio ayer el guardia nocturno al no aceptar mi generosa oferta. Al principio lo supuse confabulado con Magdalena, quien debería pagarle más para convencerme de que se llama Lucyla y está muerta, de lo que yo le ofrecía para que efectivamente la matara. Luego vi todo claramente, luego todo fue bungalow en las Canarias y Magdalena y sangre en la colcha, Magdalena cerrando con un golpe la puerta, yéndose mientras gritaba que le iba a decir a mis padres, el bungalow en el que las primeras señales habían sido inequívocas pero sin embargo yo me quedaba como un idiota con los pantalones bajos mirándola irse, las vacaciones de verano de mis catorce años deshechas, y la brutal paliza de mi padre porque con una prima eso no se hace. Confieso que de alguna manera siempre había esperado una última señal, sin saber que sería un simple guardia el encargado de darla. Siempre presentí que un día iba a sentarme tranquilo a escribir esta carta, sabiendo que Magdalena había finalmente vencido, y que luego todo sería tan natural e inevitable como la oscuridad, un cinturón lo suficientemente resistente y el peso de mi cuerpo haciendo lo demás.