Para, cómo no, César Torres
Una ciudad sin principio ni fin, fría y enorme. Adornada, además, por una lloviznita tenue y eterna, una lloviznita de lágrimas. Atravesada de norte a sur por sendos buses rojos, interminables, repletos de miserias y de rufianes, de miradas apagadas, de historias infinitas. En alguno de esos buses los paseantes se divierten mirando por la ventana, frente al Palacio Presidencial, mientras el tráfico está quieto. Casi todos ríen en silencio, algunos maldicen vaya a saber a quién, y las señoras gritan enloquecidas letanías al Santísimo Sacramento: “¡Dios nos ampare!”, rezan, “¡que alguno los detenga!”. Pero ni la escena es tan trágica ni ellas tan devotas. Es una discusión lo que están viendo. Una simple discusión entre dos zanganetes de algún colegio de la zona del gobierno a causa de alguna lindeza. Nada más.
Dos hombrecillos entre los 20 y los 25, los primos Augusto y Sebastián Alegría; el uno en andanzas con una mujer mayor, bastante mayor; el otro en las mismas con una de quehaceres dudosos, pero enamorado de una mocosita que bien podía escupirlo sin despelucarse, y sin que a él se le desinflaran los amores. Siempre juntos, casi siempre borrachos. A cada uno lo habían corrido de casa a su manera: con Sebastián Alegría fue a empujones y putazos antes de graduarse de historiador y sin que lo dejaran llevarse más que sus recuerdos; a los padres de Augusto, en cambio, no les faltó delicadeza. Le dejaron una maleta con sus mendrugos en casa de una vecina, y un papel miserable pegado en la puerta del apartamento en el que hasta entonces había vivido, haragán, a costa de papá y mamá. “Viajamos para Miami, adonde sus hermanos. Los nuevos dueños cambiaron la chapa y se pasan el sábado. Visítenos algún día. Besos”. Al principio pensó que se trataba de una broma de Rosita, su madre, quien no carecía de ocurrencias; así que debieron pasar dos noches y una angustiosa llamada del vientre para que Augusto despertara de su letargo de candidez.
Los primos Alegría eran dignos de recordar. Sebastián era larguirucho y flaquete, desgarbado, moreno, de aspecto triste y voz apagada, como sus palabras pocas lo exigían. Llevaba los ojos abatidos, el pelo negro, indescifrable; la sonrisa escasa y difícil, una sonrisa que al aparecer expresaba una ironía irritante; las ideas fugaces y embolatadas, tan claras y deslumbrantes hoy como dignas de compasión mañana. Igual su temperamento, que de efusivo pasaba a melancólico en un pestañeo y de contento a agrio en una expiración. Solía leer con entusiasmo a los clásicos, y prefería conocer a los hombres en libros que en persona. Procuraba huir de parlanchines y de reuniones de más de tres, a menos que estuvieran mediadas por algún aguardiente en abundancia. Vivía casi todo el tiempo atormentado por amores contrariados; y su vecinita despectiva y arrogante, la mocosita de ínfulas atroces, era su nueva penuria. Augusto era bajo, redondo, lenguaraz y embaucador. Dueño de una agudeza descomunal y de un parlamento de embrujo, sacaba polvos gratis en los burdeles, permutaba baratijas de tocador por noches de borrachera, convencía a las hembras más bravas y a las putas más mezquinas con razones de sabio y con graciosidades que hacían doblar de risa a las mesas. En sus tiempos de bien criado había estudiado para locutor hasta graduarse, y su vida, en las buenas épocas, se había tratado de fútbol, mujeres y borrachera. El amor ocupaba una casilla sin importancia, un renglón secundario que se llenaba un día cualquiera, tirando y punto. “Que se enamoren los güevones”, sentenciaba para atormentar a su primo. “Usted sigue detrás de la culicagada y se le van a secar los huevos, pendejo”, le decía muerto de risa. Podía pasarse tres días con sus noches echado, con las orejas pegadas en las transmisiones radiales del fútbol de toda la Tierra, rascándose la entrepierna, comiendo entre las cobijas y pensando en voz alta. Entonces, hecho un andrajo, tomaba el teléfono, llamaba a Yineth y la citaba en una cantina de la 14, al paso de los buses rojos. Se perdía en cualquier recoveco del centro con su señora, a quien llamaba su “abuelita” y no volvía a casa hasta dos días después. En aquellas andaba la tarde que encontró la carta pegada sobre la puerta.
Ninguno de los dos era muy honrado, ni muy virtuoso; tampoco ninguno era digno de elogios por su buena crianza. Eran majaderos, indecentes, holgazanes, inconstantes, mentirosos, manirrotos, buscapleitos y borrachines. Dos petimetres consentidos que gastaban como duques las miserias que ganaban más por pedigüeños y acomodados que por laboriosos; por lo que, la mayor parte del tiempo, andaba el que más tenía con tres pesos en el bolsillo. No por las gracias de la Trinidad a ambos los habían echado como perros. Tampoco ninguno era tonto del todo estando sobrio, así que casi siempre conseguían lo que querían, generalmente indecencias y dolores de cabeza. Con el tiempo, incluso atrofiados de aguardiente, aprendieron mañas para convencer a mujeres ilusas acerca de sus buenos modales y de sus virtudes. Así conoció Augusto Alegría a su abuelita, y así Sebastián a la suya. El uno con chistecitos románticos pendejos y el otro jurando amores y prometiendo matrimonios.
El día de su desgracia se reunieron con la triste seguridad de que jamás volverían a separarse. Iban sin otro techo que las nubes siempre cayéndose de a poquito, caminando sin destino y sin más pertenencia que el pellejo que tenían pegado y los harapos que lo cubrían, aparte del talego que Augusto llevaba y que no valía sino el estorbo de cargarlo. Las miradas apagadas, que más se entristecían al escuchar el ruido seco y ahogado de la tripamenta que el estruendo de los buses rojos que al pasar atrofiaban los tímpanos, o la gritería de las verduleras de la plaza que provocaba escalofrío en las encías, o los anuncios por altoparlante de los payasos estacionados a la entrada de los restaurantes, de los bancos, de los ministerios o de los hospitales. En toda su vida no habían aprendido, con certeza, a hacer absolutamente nada, aparte de concebir engaños. Augusto los prefería en la voz viva y el cuerpo presente, decía que así eran más efectivos; a Sebastián tres años en universidad arribista le habían enseñado a dejar los embustes por escrito, así perduraban.
En esas desventuras caminaban sin rumbo cierto, y no pasó mucho para que empezaran a discutir por alguna sutileza, y de allí a pelearse como dos zamacucos. El hambre, que siempre es maldita, y los padecimientos de aquel día, los arrastraron en una riña de Dios nos asista, que por poco termina en hocicos rotos y estación de policía. Todo porque, bien maltrechos como iban, a Sebastián se le ocurrió, menos por conversar que por hablar consigo, preguntarse que qué sería de su Lilí —que así se llamaba la pintiparada que lo tenía envilecido. Augusto, a quien tener que engañar al apetito le ofendía más que si le abofetearan a su santa madre en las narices, le replicó diciendo que si no le daba pena ser tan viejo y tan güevón, que si tanto comer humo y polvo le había agravado lo pendejo. “Lo que pasa es que estársele comiendo toda la mierda que usted se le come le llena la barriga a cualquiera, maricón”, dijo, “la muy puta”. Sebastián permaneció un momento cabizbajo, sin responder. Entonces levantó los ojos y vio a su primo para romperle la cara. Tener el estómago en penitencia también causaba estragos en su ánimo. “Que te cague, marrano. Hijo de puta”, respondió.
—Estúpido de mierda —gritó entonces Augusto—. Lo cagan mil veces y otras mil, y pues vale, acepto que usted sea un pendejo porque siempre lo ha sido, eso no lo niego, que lo vaya a negar el diablo. Pero compadre: yo no he parado de pensar qué carajos vamos a hacer que no sea robar, para comernos medio pedazo de pan, porque hasta en la desgracia lo tengo que tener a usted pegado, animal, y usted echando globos, que qué será de mí... ¡Juanita, hija de la puta que la parió!
—Se llamá Lilí, pendejo. Primero: no me han cagado, ella es así y punto. Podría estar loca, muerta por mí y seguiría igual, igualita, se morderá los codos pero no cede un paso, porque así es, y eso no le importa a un cafre buscaputas como usted. Y segundo: coma mierda. Si tanto estorbo le hago, lárguese por allá y yo me quedo, que yo no lo busqué a usted, gordo cabrón.
—¿Me viene a hablar de buscaputas el novio de la peor de todas? Muérase, que más me valgo solo que acompañado de un perdedor salpicado de caca de perro, digo mal, de perra...
Era una gritería espantosa justo frente al Palacio Presidencial, y poco a poco se iba formando alrededor de ella una multitud compuesta por el célebre estudiantado de la zona del gobierno. Bajaban los del Salesiano, subían los del San Patricio, volvían los de la Universidad Libertad y los de la Corporación Unificada se acercaban desde la Jiménez, casi todos idos de la borrachera. La turba, extasiada, gozaba y brincaba de lo lindo. No faltaba el que escondido les lanzaba a los contrincantes chorros de cerveza y de orín cálido. Los empujaban hacia el otro, los tiraban de regreso, les chuzaban la espalda con escuadras y lápices, les daban coscorrones, los pateaban, les pellizcaban las asentaderas con tanta sevicia que parecía que les querían privar del derecho a usarlas por el resto de la vida, se agarraban las virilidades como para decirles que demostraran a puñetazos que ellos también poseían unas, gesticulaban como monos y todos cantaban el eco de las ofensas que los primos se escupían, agitaban las manos y repetían indefinidamente los agravios para provocar al ofendido. Al cabo de un rato en las mismas, pero sin que aún se fueran a las manos, debió llegar un escuadrón de soldados presidenciales para interrumpir el desmadre muy contra su voluntad y dispersar a los facinerosos, así que éstos a su vez tuvieron que alejarse desilusionados y hechos todos melancolía por lo que no llegaron a ver. Después apareció una patrulla de la autoridad, bajaron dos policías cuyo vocabulario y malas maneras vencían a las de sus adversarios más legendarios, y en nombre de la ley cogieron a palos a los peleantes durante un buen rato. Todos vueltos pedazos fueron obligados a tomar al otro de ambas orejas y gritarle en la cara confesiones de maricón. Finalmente los pusieron a correr como su madre los había parido por la de Bolívar bajo la lloviznita helada, y los dejaron ante la risa de todo el que encontró en los dos miserables un remedio para sus propias desgracias.
Vestidos y a medio secar, con un semblante de estar en ayuno desde el momento mismo de su alumbramiento, cojos y descompuestos, buscaron en silencio un lugar dónde sentarse, a despecho de sus posaderas adoloridas por tanto manoseo. Llegaron a las escaleras de piedra del Capitolio y se echaron dando lamentos de parturienta; y una vez allí tirados, esperaron. Augusto señaló a lo lejos sin pronunciar palabra, y cuando una risita empezó a brotarle levantó a su primo halándole de la camisa para que mirara. Una carcajada espantosa se apoderó de ambos, y parecía que iba a terminar de desbaratarlos. Allá, a lo lejos, desde el otro extremo de la de Bolívar, venía Pollo con una sonrisa que no le cabía en la cara. Era un pipiolo de unos ocho años, sobrino de Augusto Alegría, y más versado en bandolajes y pillerías que en multiplicaciones o buenas costumbres. Se acercó al par de orates que reían como animales en el umbral del Palacio de la Ley, abrazó a los dos y los besó en la frente. A las espaldas traía un morral de cuero más raído que su educación, lo abrió y les dijo que miraran adentro. Entonces pareció disiparse, definitivamente, la tristeza en los primos Alegría, y el alboroto se hizo más violento durante unos segundos.
Una vez apaciguados se levantaron, y esforzados y quejumbrosos como mujerucas, tomaron el camino de la séptima hacia el norte, en el sentido de los carros, y así adoloridos y contentos como estaban se metieron abrazados en un cuchitril de turcos en el que servían cualquier sopa aguada por dos pesos. Salieron seis horas después, los dos más viejos apestando a anís y cantando a grito entero; y el otro entre dormido y despierto, sonriente, con dos maletines hechos miserias a cuestas y coreando con los otros dos los fragmentos de una canción de burdel que las malas compañías le habían inculcado.