Sala de ensayo
“Angelus Novus”, de Paul KleeSi mal no recuerdo

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IX

Mi ala está lista para batir
pero yo gustoso volvería a casa
donde si permaneciera hasta el fin de los días
aun así sería tan desdichado como ahora

Gershom Scholem, “Greetings from Angelus”.

 

Hay un cuadro de Klee llamado Angelus Novus. Muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira fijamente. Sus ojos están atentos, su boca abierta, sus alas desplegadas. A él debe parecerse el ángel de la historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros contemplamos una cadena de hechos, él ve una sola catástrofe que apila desecho sobre desecho y lo lanza a sus pies. Al ángel le gustaría quedarse, despertar a los muertos, y recomponer lo que ha sido destrozado. Pero un vendaval está soplando desde el Paraíso y ha sido atrapado en sus alas; es tan poderoso que el ángel no puede ya cerrarlas. Este vendaval lo impulsa irresistiblemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras la montaña de escombros crece ante él hacia el cielo. Lo que llamamos progreso es ese vendaval.

Walter Benjamin, “On the Concept of History”, Gesammelte Schriften I, 691-704. SuhrkampVerlag. Frankfurt am Main, 1974. Translation: Harry Zohn, from Walter Benjamin, Selected Writings, Vol. 4: 1938-1940 (Cambridge: HarvardUniversity Pres, 2003), 392-93. El poema de Sholem sobre el cuadro de Klee fue escrito para el cumpleaños veintinueve de Benjamin — Julio 15, 1921.i

Las imperfecciones y claudicaciones de la memoria junto con el gravamen emocional que conlleva cualquier evocación, máxime cuando coinciden el sujeto y el objeto de la misma, desacreditan seriamente y desde siempre al género autobiográfico en tanto recuento fiel del pasado. Las protestas de sinceridad de quien suscribe el texto autobiográfico, no importa cuán encendidas éstas sean, constituyen a la postre un rasgo más de los característicos del género, una estrategia discursiva y performativa. Toda interacción social, sin excluir la interacción virtual entre el sujeto narrador y sus potenciales lectores, obedece a dinámicas teatrales de autopresentación del sujetoii adonde hay asunción de papeles “escénicos”, administración de las imágenes proyectadas, y también, por cierto, un cálculo de sus posibles efectos en la audiencia.

La aporía en que se encuentra el narrador autobiográfico es la siguiente:

Al testificar en defensa de su propia integridad, el autobiógrafo es un testigo sospechoso de quien el menos escéptico de los auditores dudaría... Cuanto más personal su testimonio, menos verificable por el conocimiento público, y de ahí la paradoja: cuanto más grande es el esfuerzo de honestidad introspectiva del autobiógrafo, más dudoso se vuelve.iii

Pero si la narración autobiográfica asumiera plenamente su condición ficticia y se desentendiera de la verdad de lo expuesto, ¿qué le quedaría como rasgo distintivo exceptuando el uso de la primera persona del singular y la declaración de fidelidad a los hechos, procedimientos éstos habituales, por lo demás, de cualquier relato a secas? Hoy creemos saber que existe una verdad peculiar de la ficción que puede ser mucho más honda y compleja como testimonio y retrato de época que la investigación más documentada. Pensemos simplemente en cuánto ha contribuido la novela realista europea del XIX, por citar un caso, a nuestra comprensión de ese período histórico. O reflexionemos acerca del carácter profético que poseen ciertos relatos que ni siquiera se proponen “pintar” un fresco social a la manera realista, y sin embargo consiguen anticipar categóricas mutaciones sociopolíticas y culturales como ningún cientista social podría hacerlo. Esta noción de la verdad de la ficción, hoy casi un lugar común, no siempre fue de recibo. Así, un filósofo tan agudo como David Hume (1711-1776), distingue tajantemente entre fiction y belief gracias a un sentimiento asociado a ésta última que, a su juicio, es mucho más vívido, fuerte, firme y constante que el que puede generar la imaginación por sí misma. Para Hume, existen en la mente tres tipos de representaciones, las impresiones sensoriales, las imágenes que atesora la memoria, y las imágenes inventadas. Cada una de estas representaciones mentales posee una vivacidad característica, mayor en las primeras, y menor en las últimas. No habría entonces entre ellas más que una diferencia de intensidad del efecto producido en la conciencia. Mas la aceptación sin más de esa taxonomía no permite explicar el fortísimo efecto de realidad que logran ciertas obras de ficción utilizando esas tenues imágenes inventadas, hasta el punto de erigirse en representaciones convincentes de y para toda una comunidad nacional.

Repitiendo una vez más el típico gesto posmoderno nos preguntamos qué sucede cuando el significante se independiza de su lastre probatorio y utiliza el imperio que concede la primera persona del singular meramente como recurso de la ficción para reforzar la verosimilitud de un relato; lo que ocurre, nos contestamos, es una autobiografía que asume su raigambre novelesca al tiempo que abandona, hasta cierto punto, su pretensión referencial. Ocurre una “periautobiografía”,iv es decir, un relato de vida en torno más que sobre el sujeto. La verdad de un relato —su adecuación a una referencia empírica, extratextual— nada tiene que ver con su verosimilitud, que es más bien una función de su articulación interna y de su riqueza y precisión léxicas. Dicho de otra forma, un relato puede basarse escrupulosamente en hechos reales y parecer falso, por poco verosímil, y viceversa. Entre verdad y verosimilitud, la novela histórica sería un término medio, pero carece ésta del elemento de intimidad reflexiva que define a la autobiografía y que centra nuestro interés en estas líneas. Sea como fuere, esforzándose por contar lo que pasó o tomándolo como base para fabular a partir de ello, modificando la cuota parte correspondiente a la imaginación en esa empresa —ejerciéndola con deliberación o entendiendo de antemano que ha de asistir a la cita cúrsele o no invitación— una narración de este tipo es vulnerable a las flaquezas que asolan a cualquier evocación.

La memoria hace posibles el lenguaje, el conocimiento y la propia identidad de los sujetos. No por casualidad, Mnemosina, la diosa griega de la memoria, es la madre de las nueve Musas. Sin la memoria, el hombre viviría en un inconcebible presente perpetuo, regido únicamente por sus pulsiones más elementales y siendo mero receptor de imprevisibles estímulos externos. Todo vestigio de individualidad desaparece con la memoria. La deshumanización más catastrófica que conocemos ocurre con el llamado mal de Alzheimer, una enfermedad degenerativa que destruye la corteza cerebral y el hipocampo y, en sus estadios avanzados, impide al enfermo pensar, planificar y recordar. La memoria determina entonces quiénes somos, pero a pesar de sus primordiales poderes,v la magna deidad posee sus fallas.vi Puesto que la función mnémica es crucial a todo pensamiento, a todo hecho de lenguaje, a toda narración, y manifiestamente a la narración autobiográfica que bucea en el pasado y trata de dar cuenta de quién es o ha sido el que suscribe, enumeremos algunas de sus más conocidas tachas como quien acopia atenuantes, advertencias y condiciones en esta suerte de prolegómeno.

Uno de los escollos más serios para la reconstrucción del pasado estriba en la distorsión retrospectiva que nuestras actuales convicciones y creencias producen sobre los recuerdos. En esencia, el presente reescribe constantemente lo que ocurrió en el pasado, alterando su entidad y su relación con hechos anteriores o posteriores a él. Por eso es que la historiografía enmienda, corrige y reinterpreta sin pausa los hechos del pasado, sus relaciones y concatenaciones, reevalúa sus significados, permite que cobren relieve circunstancias previamente relegadas o deprecia el perfil de otras que antes habían sido preponderantes. Así, una cierta visión del pasado arroja tanta luz sobre éste, como acerca del presente que la genera. No ocurre otra cosa con la memoria individual. La motivación que anima a la evocación incide directamente sobre su contenido. En la compleja urdimbre del relato, presente y pasado devienen muchas veces indiscernibles el uno del otro; Friedrich Nietzsche (1844-1900) sostenía que las interpretaciones sepultan a los hechos, porque no hay manera de establecer en ese creciente palimpsesto cuál fue la primera capa mnémica, ni detener el aluvión de proyecciones que cada hecho dispara. Se concede fácilmente que la perspectiva temporal habilita ciertas comprensiones que la cercanía de los hechos pudiera ofuscar, pero también, inevitablemente, esa lejanía inocula su propia circunstancia a lo evocado, realza o suprime aristas, rebaja ciertos efectos, los juzga de acuerdo a nociones extemporáneas. Al distanciarnos de los hechos podemos acaso evaluar con mayor claridad su importancia, ¿pero estamos hablando estrictamente de los mismos hechos? Quien al cabo de una larga vida echara una ojeada sobre el pasado y quisiera dejar constancia de lo que en él juzgue más destacado, tropezará necesariamente con este impedimento, y se pasará gato por liebre sin siquiera percatarse. Con todo, nadie ha de dejar de escribir acerca de las peripecias colectivas o individuales porque la memoria sea frágil, o porque sea tan fácilmente manipulable, o porque nos cueste tanto distinguir lo que verdaderamente perteneció al pasado de lo que le adosamos desde el presente. Es precisamente debido a estas incertidumbres, a esta batalla sin cuartel contra el olvido en que nos empeñamos, que existen la civilización y sus monumentos. Pero sirvan estas reservas al menos como recaudo epistemológico.

Otra de las debilidades de la memoria tiene que ver con su transitoriedad, es decir, con las dificultades para recordar con precisión un cierto hecho a medida que pasa el tiempo. Podemos reconstruir nuestra rutina del día anterior con relativa facilidad, pero la de hace una semana aparece ya vaga e incierta. Cuanto más nos alejamos en el tiempo, más tendemos a sustituir el recuerdo preciso de lo ocurrido por la noción general de lo que incluye nuestra rutina,vii ya que dura mucho más en la memoria el sentido general de unos hechos, que la capacidad de recordarlos con exactitud. Esta característica hace que la especificidad de los recuerdos —los protagonistas, sus actitudes respectivas en el momento evocado, los lugares en que suceden los hechos, la infinidad de los detalles contextuales, etc.— se combinen sin solución de continuidad con conocimientos generales, inferencias más o menos fundadas e invenciones lisas y llanas. A medida que el pasado retrocede, la imaginación asienta sus reales y apuntala lo borroso y fragmentario con los recursos que le son propios, es decir, produciendo una narración verosímil que satisfaga al sujeto. La memoria que imagina va sustituyendo a la memoria que repite. El núcleo fáctico del recuerdo, lo que constituiría su “verdad”, comienza a desdibujarse apenas ha hecho su impresión en la memoria, se despoja de pormenores, de utilería aledaña, se embota el relieve de su vivencia. Cuando la memoria lo evoca años más tarde ese recuerdo ya posee en sí la añagaza reconstructiva que le restituye carnadura en la conciencia, y también el embeleco nostálgico que se acumula sobre todo lo que acaeció hace mucho tiempo.

Concomitantemente, el envejecimiento acarrea la progresiva degradación de las zonas del hipocampo y del lóbulo temporal, y la consiguiente disminución de la capacidad de acceder a los recuerdos y recuperarlos, con lo cual irrumpe otra clara paradoja: la tarea de recomponer el pasado, tan conforme a lo crepuscular, coincide con la merma objetiva de nuestro poder de llevarla a cabo. Cuando necesitamos rememorar es cuando menos podemos hacerlo, porque el paso del tiempo erosiona los recuerdos, y también porque se obstruye nuestra capacidad de acceder a ellos.

Otra tacha se relaciona con la distracción, tanto en el momento en que la memoria se forma, como cuando posteriormente intentamos recuperarla. Estas fallas de la atención tienen como consecuencia fallas de retención de la información “que nunca fue codificada adecuadamente (si es que fue codificada), o que está disponible en la memoria pero ha sido soslayada en el momento en que necesitamos recordarla” (Schacter, 42). Cabe suponer entonces que la distracción juegue un cierto papel, imposible de cuantificar, bien en la fijación del recuerdo, o bien luego, en el momento de hacerlo consciente. La siguiente deficiencia es el bloqueo de ciertos recuerdos debido a oscuras dinámicas aún ignoradas; en la zona ganada por el olvido existe un gradiente que va desde los objetos definitivamente irrecuperables, sometidos a cerrojos represivos y férreos mecanismos de autodefensa, hasta aquellos que asoman al umbral de la conciencia y pugnan por abrirse paso “en la punta de la lengua” como esas micropartículas que sólo dejan rastros de su pasaje sobre una placa sensible. Este impedimento de la memoria lleva a conjeturar la existencia de un editor imperceptible (el lenguaje del Otro, el inconsciente)viii que determina una parte sustancial de qué y cómo recordamos, sin que en ello nuestra voluntad intervenga en lo más mínimo.

La memoria es además altamente vulnerable a las influencias externas, como lo prueba la multitud de casos documentados en que psiquiatras y demás terapeutas indujeron la creación de “falsas memorias” en sus pacientes con el fin de utilizarlas como pruebas en una corte de justicia. En general, puede afirmarse que la versión que de ciertos hechos posean personas a quienes tenemos en alta estima, puede modificar totalmente lo que previamente habíamos tenido por cierto.

Por último, existe un fenómeno de recurrencia compulsiva (o sea, otra vez, involuntaria) de ciertos episodios del pasado vinculados a situaciones traumáticas. Así como no controlamos mucho de lo que la memoria recuerda (cuántas veces nos hemos preguntado por qué recordamos con tanta claridad cosas absolutamente nimias, o por qué de pronto caemos en la cuenta de que habíamos olvidado cosas que juzgábamos esenciales de nuestro pasado), tampoco decidimos qué recuerdos regresan para desestabilizarnos, ni con qué intensidad y frecuencia. La experiencia de todo individuo demuestra cuán habitualmente la memoria equivoca la atribución de agentes y escenarios, y del ordenamiento temporal de los hechos. Resumiendo: no conocemos las leyes que rigen la memoria; no sabemos qué fuerzas subterráneas determinan la dialéctica peculiar del recuerdo y el olvido; pero sabemos sí que la memoria es sugestionable y maleable, que nos engaña con trucos y pases de mano, que nuestros recuerdos son parcializados, que la memoria merma con la edad, que los recuerdos poseen adherencias indistinguibles de su formación primigenia. Para expresar lo obvio entonces, la memoria es de poco fiar. Demasiado liada está con lo onírico, con lo imaginativo, con lo sentimentalix como para exigirle cientificidad. Pero inclusive si la memoria fuese mucho más confiable de lo que es, si con una honestidad absoluta transparentara lo que alberga, cabría aún consignar la relatividad que deriva del “punto de vista”. La valoración de cualquier hecho depende del lugar (espacial, social, etario, étnico, sexual, ideológico, etc.) desde el que hemos sido testigos o protagonistas del mismo. El efecto “Rashomon” impregna toda experiencia sensible y cognitiva y es consustancial al proceso de fijación del hecho en la memoria. Toda disputa matrimonial o toda evaluación de un momento político por oficialistas y opositores revive esta brecha irreductible de los puntos de vista contrapuestos, y corrobora la idea de que no existen hechos, sino sólo interpretaciones. Con razón observa el novelista Salman Rushdie: “Estudié historia en Cambridge, no literatura. Y aprendí que una de las preguntas más difíciles de responder es: ‘¿qué ocurrió?’. La gente disiente incluso respecto de la descripción más simple de un evento, sobre todo en una época en que el héroe de uno es el terrorista de otro”.x Aun espigando de cada versión todo lo que pudiera adjudicarse a manipulación deliberada y deshonestidad manifiesta, no cabe duda de que básicamente cada parte contendiente suele estar convencida de su verdad. La reconstrucción de los hechos del pasado enfrenta esta problemática general del punto de vista, y le yuxtapone los errores de la memoria que veníamos enumerando.

Una consecuencia importante de este desencuentro de los puntos de vista se expresa, naturalmente, como la brecha que suele existir entre la autopercepción del sujeto y su imagen social. “Nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás”, anotaba Proust con obviedad, y por ende, diferirá de la que nosotros tenemos de nosotros mismos. De la profundidad de esa brecha depende considerablemente el pathos de una autobiografía. Pero hay asimismo escisiones dentro de un mismo sujeto, entre sus dichos y sus hechos, entre lo que pensaba ayer y lo que piensa hoy, entre su conciencia moral y su ambición, entre su formación religiosa y sus apetitos carnales, entre su persona pública y su persona privada, etc. Muchas vidas breves y brevísimas cobija el Yo bajo su gran palio.xi

La falibilidad de la memoria hace que el sujeto busque “fuera de sí” las certezas del pasado, y las corporice en esas “pequeñas cosas” que parecen hospedarlas. La materialidad de esas cosas, su color, su textura, su volumen y forma, son así vías de acceso y continentes del pasado, y en su rotundidad nos resarcen del mundo fantasmal de los recuerdos. Los objetos disparan recuerdos que de otra manera jamás saldrían a la superficie. Marcel Proust nos describe esta fetichización de los objetos:

Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Ocúltase fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no le encontremos nunca (60).

Existe todavía una dimensión adicional de problematicidad relacionada específicamente con la escritura. No es lo mismo rememorar para nuestro coleto o en conversación con amigos que intentar escribirlo. Más que la comunicación oral, la escritura es consciente del constreñimiento formal que la limita, se atiene a ciertos protocolos de exposición, de aceleración o suspense narrativo, incurre en circunloquios y en repeticiones deliberadas, intercambia señales con la maraña intertextual de la que es parte, interpone recursos narrativos que sacrifican “la verdad” al efecto artístico deseado, reacciona al género al que pertenecen aviniéndose a sus fórmulas o desafiándolas. La escritura, además, lo sabemos desde la deconstrucción, desarrolla una dinámica incontrolable que rebasa y sabotea los cauces por los que queríamos mantener el relato. En el desfase entre su orden gramatical y retórico, el texto hace de las suyas, prolifera y subvierte lo que parece querer decir. La escritura contemporánea es además, añadamos, insistentemente autorreferencial, al punto muchas veces de estancarse en la reflexión y olvidar su objeto; al punto, mejor dicho, de cancelar por completo dicha división sujeto/objeto. En un escenario tan sembrado de incertidumbres como el del relato autobiográfico, tan urgido de justificaciones implícitas y de peticiones de principio, este rasgo autorreflexivo puede llevar, si no se le controla con firmeza, al colapso de la narración.xii

El filósofo John Locke (1632-1704) pensaba que la identidad de un sujeto residía por entero en su poder de recordar. E inversamente, aquello que un sujeto no recuerda del pasado, sean hechos, personas o situaciones, no formaría ya parte de su identidad.xiii El olvido parcial o total del pasado equivale así a un cercenamiento de quiénes somos. En el final de Blade Runner, la película de Ridley Scott, Roy, el magnífico androide humanizado por la conciencia de su propia mortalidad dice:

He visto cosas que ustedes no creerían. Naves de ataque incendiadas fuera del hombro de Orión. He visto en la oscuridad el brillo de los rayos C en la Puerta del Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Tiempo de morir.

No es preciso por cierto que los recuerdos sean tan espectaculares como los de Roy, ni el deseo que los convoque tan perentorio como el suyo para sentir con él que, en efecto, con cada muerte desaparece algo único e intransferible, y que es legítimo dar cuenta de ello de alguna manera. Una suerte de democracia metafísica rige estos atavismos, por aquello de que “no hay un destino mejor que otro”, como alegara Juan Cruz en su anagnórisis borgeana. Lo importante no es qué se cuenta, sino cómo se cuenta, como en cualquier otro género literario. Y esto trae a colación la importante puntualización que el filósofo David Hume (1711-1776) introdujera en la mencionada concepción de John Locke sobre identidad y memoria. Para Hume, el papel de la memoria es el de permitir establecer relaciones (de semejanza, contigüidad y causalidad) entre las percepciones. La memoria no tanto produce sino que descubre la identidad personal, al mostrarnos la relación de causa y efecto entre nuestras diferentes percepciones, dice Hume. Puesto que para el filósofo escocés toda idea deriva de una impresión, se pregunta, ¿dónde está esa impresión que sea constante e invariable como la idea que tenemos de nuestra identidad? Es evidente que la identidad no puede derivar de las percepciones, sino de las relaciones que la memoria teje entre las mismas, que hacen que se homogenice lo heterogéneo. En vez de la sinonimia sujeto-memoria de Locke, Hume estipula que el sujeto está formado no sólo por la vasta serie de las cosas que ha vivido, sino también por las redes de asociaciones que su memoria tiende entre los hechos, capacidad que expande grandemente su radio de acción y le confiere solidez unitaria. Si la memoria es para Locke reproductiva, para Hume es reconstructiva, y esta importante distinción a la que ya hemos aludido tiene evidentes consecuencias para un relato autobiográfico. La reconstrucción del pasado tiene mucho que ver con la producción de verosimilitud de un relato. Lo que en un relato no es explícito pero se sugiere a partir de lo descrito, ¿no es análogo a lo que la memoria desconoce pero puede deducir? La recepción de un texto cualquiera ¿no procede de manera semejante? Sobre el texto que tiene ante sí y que lo interpela, ¿no suma el lector los elementos de su sensibilidad y conocimiento que se avienen o confrontan al relato y lo “rellenan” de personalísima manera? Entre la memoria que escoge hechos, y la memoria que los hilvana, hallamos otra analogía: la de la relación entre los ejes sintagmático y paradigmático de la semiótica estructuralista,xiv de cuya interacción deriva el sentido de un texto. Así, escribir, leer y recordar comparten las mismas funciones del lenguaje. La memoria de Locke sería fundamentalmente sintagmática, la de Hume paradigmática.

Resta aún por discutirse el status de ese sujeto, el titular de ese conjunto de recuerdos. La sempiterna pregunta que enfrentara a Heráclito contra los filósofos eleáticos vuelve aquí por sus fueros: ante la evidencia de que el sujeto cambia con el transcurso del tiempo, ¿qué nos autoriza a hablar de la permanencia de un mismo sujeto a través de todas esas instancias? El escolar que aprendía las conjugaciones de los verbos, ¿es el mismo sujeto que tiempo después escribe estas líneas? La sensación de familiaridad e inmediatez que la conciencia encuentra al reflexionar sobre ella misma es tan poderosa que para René Descartes constituía el único bastión que podía resistir el asalto de la duda metódica. Todo puede estar en entredicho, a merced de un dios malévolo que quiere adrede confundirme con falsas certezas, pero de lo que no puedo dudar es de la existencia de quien piensa, razona Descartes.xv Sobre este punto de apoyo Descartes erige paso a paso la posibilidad de un conocimiento del mundo, y sienta las bases del racionalismo occidental. La certeza cartesiana emana del principio por el cual, si una cierta propiedad existe (en este caso, el pensamiento), también ha de existir la esencia que la produce (es decir, el sujeto), porque es inconcebible aquélla sin ésta. El sujeto cartesiano, entronizado en el centro del conocimiento y garante del mismo, autónomo, indiviso y autoevidente, privilegia la interioridad del individuo en la misma medida en que instala el escepticismo respecto de las evidencias empíricas. En el teatro cartesiano de la conciencia, hay un desfile incesante de ideas e imágenes, y hay una batalla por imponer un orden y un sentido a las mismas. Posteriormente, con el advenimiento del Romanticismo, esa interioridad alcanzará su apoteosis, y no por casualidad, tanto la historiografía como la autobiografía recibirán desde fines del XVIII un poderoso impulso. Pero la apacibilidad del escenario cartesiano habrá desaparecido por completo, dejando en su lugar una vena de irracionalismo, de exaltación pasional, de delirio onírico, de regusto mágico y legendario, de tormenta y pasión, de inquietud y angustia que reconocemos ya como modernos. Interioridad, introspección, ensoñación, imaginación, definen al Romanticismo como el modo cultural por excelencia de la Modernidad. Pero en Nietzsche encontraremos ya el primer ataque frontal contra ese sujeto omnipresente, al que define como una “ficción gramatical”xvi y a la conciencia como una hipóstasis del cuerpo, prefigurando de esta manera el asalto general contra las bases de la metafísica que caracteriza a la filosofía contemporánea desde Heidegger a Derrida. El psicoanálisis de Sigmund Freud, por su parte, demolerá el sitial privilegiado de ese Yo, relativizará sus certezas, cuestionará sus motivos.

Se diría que estas previsiones que inspira la memoria hieren mortalmente a todo designio de reconstrucción de un tiempo ido. Empero, como se ha mencionado, nada de eso sucede. Antes bien, la multiplicación de incertidumbres acerca de lo real, acerca del medio reconstructor, acerca de la propia lengua (tan inextricablemente unida a la memoria, a sus pulsiones, y a la conciencia que tenemos de sus mareas) parecería acicatear la empresa, precisamente por inasequible y desaforada. En efecto, nunca se han escrito tantos relatos de este tipo como en las últimas dos décadas. “La búsqueda agónica del sujeto a través de los actos mutuamente reflexivos de la memoria y la narración, acompañados desde el principio por el miedo fantasmal de que es tan imposible de alcanzar cuanto imposible de renunciar a ello, constituye el gran emblema de nuestro tiempo” (James Olney, XIV-XV). El interés académico por este tipo de relatos no hace sino crecer; por todos lados se crean cátedras universitarias para estudiar específicamente esta clase de narración. El estallido y descentramiento del sujeto no ha significado entonces el ocaso definitivo del género autobiográfico sino su reverdecimiento; lo que ha cambiado es tal vez su forma (y ciertamente, su teorización): la consistencia o inestabilidad del Yo narrador, la convicción o inseguridad de los enunciados, lo lineal o zigzagueante de sus secuencias, la univocidad o heterogeneidad estilística; lo que cambia es la actitud hacia la realidad, hacia el lenguaje, y hacia la misma identidad del sujeto.xvii

La proliferación contemporánea de sujetos emergentes ha elegido la autobiografía, el testimonio, la memoria, los epistolarios, los diarios personales, la trascripción de relatos orales, y hasta las deposiciones judiciales y los blogs en Internet (esos géneros literarios que la expresión inglesa life-writing en su lata ambigüedad permite agrupar), como medio para dar a conocer historias, autopercepciones, pesares, conflictos, y reivindicaciones. A caballo entre la confesión y la denuncia, esos relatos autobiográficos y testimoniales son el escenario del alumbramiento de esos sujetos, la asunción orgullosa de una identidad y la vehemente protesta contra un sistema que la estigmatiza y reprime (nos referimos aquí a las escrituras autobiográficas o testimoniales de minorías étnicas, de mujeres, poscoloniales, gay, etc.).

En nuestro Zeitgeist posmoderno es ya imposible aceptar sin más al sujeto como a aquel santuario humanista, autonómico, fijo y unitario. Ciertos filósofos enfatizan la solicitud exterior que crea al sujeto como un efecto (Althusser, Lacan, Foucault, Bourdieu, entre otros). Desde el Romanticismo el arte en todas sus variadas maneras se considera como la expresión de un sujeto, un Yo que asume la palabra y vuelca de sí lo que ha meditado, sentido, vivido, experimentado en general. Indiquemos, no obstante, que esta autoexpresión no es propiedad exclusiva de la autobiografía literaria, y ni siquiera del arte en general. Una vez que se admite que un texto es expresión de una interioridad, ¿qué nos impide rastrear al sujeto detrás de las formulaciones matemáticas o filosóficas, tomando a éstas como claves de aquél? Tan fuerte es este vínculo consagrado por el sentido común, que la crítica literaria de aspiración “científico-formalista” apuntó su artillería, en primer término, contra lo que denominó “la falacia autobiográfica”, es decir, contra la extendida obsesión de personalizar el análisis textual, y de buscar claves vitales para explicar determinados rasgos retórico-lingüísticos. Hoy día sería casi impensable que un relato autobiográfico no reflexionara en el mismo texto acerca de sus limitaciones intrínsecas, acerca de las trampas que tiende la memoria, o acerca del azoramiento que produce la persistencia de la identidad en el tiempo.

Pero el irrefrenable surgimiento de narraciones autobiográficas tiene relación no sólo con la necesidad de los nuevos sujetos de representar/se el proceso de su formación, sino también con el frenesí confesional y terapéutico que caracteriza a nuestra cultura de masas. La globalización de los talk-shows y de los reality-shows ha terminado por naturalizar la exposición pública de cosas que antes se mantenían bajo la órbita privada, o íntima, y que hoy se discuten frente a las cámaras de televisión con una crudeza y desembarazo hasta hace veinte años desconocida. Dichos formatos televisivos concitan por cierto los mayores ratings y no parece haber límite que los productores no se atrevan a traspasar con tal de aumentar la audiencia, y con ella la facturación de esos programas. Los efectos culturales masivos de semejante martilleo televisivo están hoy a la vista. La diseminación del confesionalismo y del victimismo, que conminan al sujeto a hurgar en el pasado y a exponer públicamente lo hallado, no podría haberse impuesto tan rotundamente si a su vez no se asentara en su pretendido valor terapéutico. Sacar afuera las humillaciones y las vejaciones, los remordimientos y las culpas, las más vergonzosas motivaciones, las pasiones más innobles, nos haría libres al quitarnos una pesada carga de encima despejando así el camino de la curación. El supuesto valor terapéutico de la confesión es inmune a la cuestión de la idoneidad profesional de nuestra audiencia o de la pertinencia del lugar y momento en que la misma se produce o del crudo propósito explotador de muchos de estos eventos. En nuestra cultura, hablar es siempre mejor que callar, y la confesión es un espectáculo que nadie quiere perderse. En este sentido, de la misma manera que los tópicos escabrosos detentan los más altos ratings, el revanchismo suele constituir la motivación predilecta de muchos de los ejercicios memorísticos que atestan las mesas de ofertas de las librerías. No ha de sorprender entonces que la vulgaridad, la trivialización y el sensacionalismo distingan a los especimenes más vendidos del género autobiográfico. Los topoi clásicos de la remembranza no alientan ya a estas reconstrucciones mezquinas del pasado a las que sólo impregna, si acaso, una nostalgia autoindulgente.

También viene a cuento subrayar que hay una generación, la de los años sesentas y setentas, que hoy, cercada por la vejez, quiere dejar constancia de su pasado antes de pasar a retiro, y lo hace escribiendo autobiografías, memorias y testimonios de época. Distingue a esa generación el haber sido protagonista de hechos tumultuosos y cruciales a nivel mundial, y más aun, el haber enarbolado y vindicado una identidad “juvenil” como ninguna generación previa lo hizo. La propia gravitación de esos hechos históricos, y la profundidad del cambio cultural que se produjo simultáneamente, dieron lugar a un complejo entrecruzamiento de ideologías y costumbres que determinan su riqueza e influencia todavía apreciable. Quienes vivieron aquellas intensas décadas pueden trazar en sus memorias el arco que va desde la Revolución Cubana (1959) a la caída del Muro de Berlín (1989), por citar dos momentos simbólicos entre otros posibles, repasando con perplejidad lo que ocurrió entre la embriaguez redentorista y la resaca que le siguió. Los movimientos de liberación nacional anticoloniales, la lucha por los derechos civiles, las guerras en que se expresaba el conflicto este-oeste, los levantamientos y masacres estudiantiles, los conflictos obreros y campesinos, los golpes de Estado militares, los asesinatos de presidentes y de líderes sociales, las luchas feministas, las guerras de guerrillas latinoamericanas, y sus brotes primermundistas, el gran movimiento contracultural estadounidense, son algunos de los mojones generacionales que empiezan a dar pábulo a narraciones en primera persona de toda índole.

Por último, la revolución en las tecnologías de la comunicación (Internet, telefonía móvil, fotografía y video digital, etc.), que ha aumentado exponencialmente el volumen de la información que manejamos a diario, y ha hecho posible transmitirla casi instantáneamente a cualquier distancia, ha traído consigo una renovada preocupación por la autenticidad (en el sentido existencialista del término) de esos intercambios. Así como poseer trescientos canales de televisión no nos asegura encontrar un programa satisfactorio en la televisión, así como tener correo electrónico y mensajero no garantiza la calidad de nuestra relación con nuestros semejantes, así surge un reclamo de conversación sustantiva en nuestras sociedades que la multiplicación de medios no eclipsa sino subraya. Ante el ruido, anteponer el sentido. Y si no, el silencio.

 

Angelus Novus (Klee/Benjamin)

El Ángel de la historia observa el detrito acumulado de los trabajos y los días
y un cansancio milenario le atenaza las alas

no puede anticipar el futuro, al que da la espalda,
ni restaurar el pasado ruinoso que es todo su horizonte

la cultura no puede prever ni puede rescatar
dos mentiras piadosas
y una cortina de humo que es mejor no disipar

el Ángel de cara a la destrucción infinita:
las alas envaradas en el pródigo instante
el parpadeo que nos alumbra
la batalla que siempre perderemos
y que no habremos de rehusar

 

Bibliografía

  • Locke, John, George Berkeley y David Hume. Great Books of the Western World. Robert Maynard Hutchins, Editor in Chief. Chicago, London. Toronto: Enciclopaedia Britannica, Inc., 1952.
  • Nietzsche, Friedrich. Más allá del bien y del mal. Preludio de una filosofía del futuro.Introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Editorial Alianza, 1994.
  • Olney, James. Memory and Narrative. The weave of Life-Writing. Chicago & London:University of Chicago Press, 1998.
  • Proust, Marcel. En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swann. Trad. Pedro Salinas. Madrid: Alianza Editorial, 1992.
  • Schacter, Daniel L. The Seven Sins of Memory. How the Mind Forgets and Remembers.Boston, New York: Houghton Mifflin Company, 2001.

 

Notas

  1. Citado en http://epc.buffalo.edu/authors/bernstein/shadowtime/wb-thesis.html, donde también puede verse el cuadro de Klee que suscita las famosas reflexiones de Benjamín. Esta y las restantes traducciones del artículo me pertenecen.
  2. Más detalles sobre esta teoría pueden hallarse en The presentation of Self in Everyday Life (1953) de Ervin Goffman, y en Anthropology of Performance (1986) de Victor Turner. Existe, no obstante, una dimensión no desdeñable en esa autopresentación del sujeto, tanto en el “manejo de imagen” del Yo en sus interacciones con los otros, como en la escritura que pretende exponer sus vicisitudes, que escapa a cualquier control efectivo del sujeto.
  3. Citado por George P. Landow en http://www.victorianweb.org/genre/autobio3.html.
  4. Término usado por James Olney, en el ensayo que se cita más adelante.
  5. “(La memoria) es de tal importancia que, allí donde falta, el resto de nuestras facultades es en gran medida inútil” (Locke, 142).
  6. La enumeración de las fallas de la memoria sigue en líneas generales la exposición deDaniel L. Schacter según puede leerse en http://www.apa.org/monitor/oct03/sins.html o, con más detalle, en The Seven Sins of memory. How the Mind Forgets and Remembers. Boston, New York: Houghton Mifflin Company, 2001.
  7. Schacter señala que este desvanecimiento progresivo implica “un cambio gradual desde la memoria específica y reproductiva a la reconstrucción y las descripciones más generales” (16).
  8. Esto corre por mi cuenta y no por la de Schacter, quien, como buen estadounidense, es conductista.
  9. La etimología de la palabra “recordar” nos aporta una pista: del latín “recordari”, el prefijo “re” significa repetición, “de nuevo”, y la raíz “cordis” significa “corazón”. El re-cuerdo es “volver al corazón”. Célebremente, Marcel Proust ha dejado una descripción minuciosa de la carga emocional del recuerdo: “Siento estremecerse algo en mí que se agita, que quiere elevarse; algo que acaba de perder ancla a una gran profundidad, no sé el qué, pero que va ascendiendo lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando” (Por el camino de Swann, Combray, 62).
  10. Citado en http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-3017-2006-05-21.html.
  11. Nietzsche, una vez más: “La suposición de un único sujeto es tal vez innecesaria; acaso sea igualmente legítimo suponer una multiplicidad de sujetos, cuya interacción y lucha sea la base de nuestro pensamiento y de nuestra conciencia en general... Mi hipótesis: el sujeto es múltiple” (The Will to Power, 490).
  12. En la filosofía contemporánea, en las ciencias sociales y en las llamadas “humanidades”, se conoce como “giro lingüístico” a la concepción que destaca la función de la lengua como constructora de la realidad, en oposición a la noción clásica de un mundo exterior dado, al que la lengua simplemente “etiquetaría”. Las semillas de ese giro ya se encuentran en Saussure, quien tantos desarrollos iniciara. En su Curso de lingüística general, Saussure critica esta noción simplista del lenguaje como “nomenclatura” de la realidad (capítulo I, primera parte, “Naturaleza del signo lingüístico”). Las consecuencias epistemológicas de dicho giro lingüístico son enormes. El énfasis lingüístico posibilitó también un “giro narrativo” en las ciencias sociales a partir del estructuralismo, donde hay un llamado a investigar los cuentos antropológicamente, como depositarios de actividades esenciales tanto cognoscitivas como comunicacionales. Una descripción de estos desarrollos en el campo de la historiografía, por ejemplo, puede leerse en Metahistory (1973) y en Tropics of Discourse (1978) de Hayden White. Se colige que dichos giros lingüístico y narrativo figuran también de manera preeminente en el auge de la “escritura de vida”, como praxis y como teoría.
  13. Locke describe este aspecto dramático del desvanecimiento de los recuerdos con esta analogía: “Así las ideas, como criaturas de nuestra juventud, suelen morir antes que nosotros: y nuestras mentes nos representan esas tumbas a las que nos acercamos; donde, aunque el mármol y el bronce permanecen, las inscripciones han sido borradas por el tiempo, y las imágenes se desintegran” (142).
  14. En la semiótica estructuralista, un signo posee un determinado valor de acuerdo a sus relaciones sintagmáticas y paradigmáticas en una cadena de signos interdependientes. Las relaciones sintagmáticas son relaciones horizontales, diacrónicas, que tienen que ver con la posición de los significantes en esa cadena; representan por ende posibilidades de combinación intratextual, es decir, in praesentia; asociados al eje sintagmático encontramos conceptos como “contexto”, “contraste”, “contigüidad”, “metonimia”, “parole”. Las relaciones paradigmáticas son relaciones verticales, sincrónicas, que tienen que ver con la posibilidad de sustitución de significantes, y son entonces intertextuales, in absentia. Se le asocian conceptos como “oposición”, “similitud”, “metáfora”, “langue”.
  15. Porque ¿cómo podría el demonio engañarme, a menos que yo existiera?
  16. “En lo que respecta a la superstición de los lógicos: no me cansaré de subrayar una y otra vez un hecho pequeño y exiguo, que esos supersticiosos confiesan a disgusto, a saber, que un pensamiento viene cuando “él” quiere, y no cuando “yo” quiero; de modo que es un falseamiento de la realidad efectiva decir: el sujeto “yo” es la condición del predicado “pienso”. Ello piensa: pero que ese “ello” sea precisamente aquel antiguo y famoso “yo”, eso es, hablando de modo suave, nada más que una hipótesis, una aseveración, y, sobre todo, no es una “certeza inmediata” (Nietzsche, 38). Ya había dicho David Hume que las interrogantes sobre la identidad nunca podrían resolverse, y que deberían ser consideradas como dificultades gramaticales en vez de filosóficas.
  17. Esas diferencias en el relato autobiográfico quedan expuestas en el trabajo ya citado de James Olney, Memory and Narrative. The weave of life-writing (1998) a través del análisis comparativo entre las Confesiones de San Agustín, las de Jean-Jacques Rousseau, y la obra de Samuel Beckett.