Letras
Dos cuentos

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Burbujas

“...Y la alegría no se cosecha dos veces
en la vida, como las rosas de Paestun
dos veces en el año”.
Edgar Allan Poe

Aquellas palabras dichas por Marcos la otra tarde tuvieron para mí la suerte de ser una especie de revelación que me mantuvo pensativo durante varias semanas.

Marcos tiene esa rara virtud de hacer grandes confesiones como si fueran chistes desnudándote a más no poder. Desde el fondo del alma se te desata todo ese sedimento de tranquilidad que llaman olvido. Porque los recuerdos no son más que pedacitos de intranquilidades que el tiempo se encarga de ocultar muy hábilmente. Lo que quiero decir es lo referente a esa palabra lanzada por Marcos después de salir de la Facultad. Esa palabra me sumió en una tortura cotidiana.

Desde ese día traté de hurgar en el pasado algún indicio que me sirviera de justificación para, así, sentirme mejor conmigo mismo. Mas no pude. Bajé los discos del estante para revivir uno a uno los recuerdos que se fueron por el túnel de la memoria. Establecí contacto con baladas antiguas y ninguna me dijo nada extraordinario. Todas sin excepción cumplieron con el ritual mecánico de mi tocadiscos. Ya cansado de encender y apagar reminiscencias giré el botón hasta off, y me dispuse a buscar una señal en las muchas cartas que aún tengo la osadía de conservar. Tampoco logré entender. Revisé las postales y sólo vi palabras ciegas. No dejé estante de mi biblioteca sin registrar. Hasta me interné en el álbum de fotografías y no encontré sino retratos de rostros abrumados, sonrientes, soñolientos, ansiosos, pensativos, calculadores, enmohecidos, encanecidos por las imperfecciones del papel desgastado. Busqué entre las pocas mujeres que supongo he amado y ninguna me dio la clave. Pensé para mi horror que quizás nunca había sido plenamente feliz. Desilusionado me marché a la calle.

Huyendo del estruendo de voces y cornetas fui a refugiarme hasta una librería sin idea alguna de comprar. Curioseando unas revistas de moda vi conjuntos playeros, trajes de cocktail, de fiesta, trajes de baño, tangas, pantalones desteñidos, blusones y sobre todo rostros muy bellos. En la página 68 me detuve sorprendido cuando la vi a ELLA luciendo un vestido estampado acompañada a su vez de un caballero alto y acicalado. En comparación conmigo, no había contraste. Era una pareja conservadoramente ideal, sino biológicamente, al menos sí desde el punto de vista publicitario. Pagué y me acomodé lo mejor que pude en un cafetín rodeado de macetas y ruidosas fuentes. Repasando la revista viajé al pasado y vi aquel zaguán oscuro y sórdido que me hacía temblar en mi niñez a no ser porque al final estaba ELLA con su voz metálica y canora ensanchando las paredes, derritiendo las distancias. No sé si mi miedo era por ese misterioso zaguán o porque al final estaba ELLA inventando los paralelismos entre mi tardía inocencia y su prematura audacia. Porque para ayer apenas éramos dos vertientes de remotísimos parajes. Dos pliegues desiguales de un vestido infinito que todavía el tiempo no ha terminado de confeccionar. Puntos equidistantes de un universo creado para sucumbir ante el error. ¡Lilita, aún te recuerdo aquella segunda vez que llegué a tu casa, a ese viejo caserón embrujado, donde los duendes de tu risa iluminaban mi pasmosa travesía!

Aquel día la puerta entreabierta me dio la sensación de que estabas sola. “Eres tú, pasa. Me estoy bañando”. El baño tenía una puerta corta que mostraba tus pies blancos y descalzos. De pronto la puerta se abrió y saliste completamente desnuda. Tu cuerpo escurría gotitas envueltas aún en jabón. Al ver tu cuerpo así tan brillante, nacarado y húmedo volé en cien grados. “Enseguida te atiendo”. Regresaste al baño con una sonrisa picarona, y terminarte de ducharte. Después vino tu hermano quien estudiaba en el liceo. Discutimos largamente. Te reprochó el haberme dejado entrar.

Ahora veo claramente lo que me dijo Marcos aquella tarde. “Tienes que buscar en algún lugar una prueba que me demuestres que has sido feliz una sola vez en tu vida”.

Marcos, mi felicidad fue apenas imperceptible. Sucedió cuando apenas contaba 13 años. Esa felicidad de la cual tú hablaste al salir de la Facultad es un estado de blancura interior que regocija cuando se disfruta a conciencia pero que tortura cuando se disipa tan velozmente. Las pruebas son transparencias. Son burbujas que aún destilan del cuerpo de Lilita resplandeciendo en humedad. Una transparencia la cual ya no es posible obtener. Esas transparencias de mi pasada adolescencia son burbujas digeridas por el tiempo y disipadas en aquel viejo caserón al cual no he vuelto más.

 

Nadja en Ocumare

La belleza será CONVULSIVA o no será.
André Breton

Y aquella mujer era tan hermosa
que me causaba miedo.
Guillaume Apollinaire

Nunca podré entender cómo llegué a los brazos de Ana María, tan apartada de mi ideal femenino. Sin negar sus atributos físicos, ella era una mujer pragmática y poco dada a la fantasía. Antes de conocerla, mi vida se debatía entre la incertidumbre y la orfandad. La soledad que me alcanzó en aquel entonces fue abono suficiente para refugiarme en un amor mitad consuelo, mitad resignación. Sin embargo, el tiempo me ayudó a sobrellevar la carga con una dosis de humor e imaginación.

A los pocos meses de fijar residencia en Los Teques y establecernos como pareja, decidimos comprar un apartamento cerca de la playa. Esta decisión se convirtió momentáneamente en el salvavidas de nuestro matrimonio, que parecía naufragar entre la rutina y el cansancio.

Allí, entre el tedio y la soledad, me instalé en mi hamaca a leer a Skármeta, Borges y Bretón, como faros que se extendían más allá de un tiempo remoto. Borges, particularmente me pareció más apropiado para entender un hecho extraño, que a la luz de este tiempo sigue signado por las interrogantes.

Era la tarde de un primero de enero cuando me abandoné a mis pasos como quien no quiere llegar a un sitio determinado. Por la línea del malecón y esquivando el embate espumoso de un tímido oleaje me fui caminando hasta La Boca donde está el embarcadero de lanchas. Allí me entretuve con el vuelo algunas veces torpe de los alcatraces cuyos picos se sumergían en el mar tibio y sereno. Sentía aún en mis espaldas la resolana de la tarde que declinaba en el ocaso. Además del calor sentía los efectos de la resaca que me devoraba con fuego brutal. Más que sed lo que me perturbaba era el hastío de vivir, de soportar una vida en medio de tantas mentiras cotidianas. Estaba imbuido en mis cavilaciones cuando sentí la voz excitada de Manuel.

—Poeta, tienes que verla. Es un ángel.

—¿Qué estás diciendo? ¿Cuál es tu agite?

—La chama, la chama más hermosa que he visto en toda mi vida. La acabo de dejar en la pizzería y creo que iba rumbo al malecón.

—Pero si yo vengo de allá y no he visto nada del otro mundo.

—No la puedes ver porque vives encerrado en tu mundo de preocupaciones. Bota esa depresión y vente con nosotros. Alejandro se quedó en la pizzería. Él te podrá constatar lo que te estoy diciendo.

Allá en la pizzería, con extremada agitación, Alejandro nos hacía señas para que aceleráramos el paso.

Iba a decir algo cuando la vi por vez primera. No sé qué resorte de mi adormecida sensibilidad se activó cuando la vi cruzar la calle. Su paso lento, seguro, armonioso y rítmico nos puso a vibrar en una constelación de estrellas. Como atraídos por una extraña fuerza de gravedad nos acercamos y pudimos captar su exquisita fragancia. Una mezcla de malabar, vetiver y esencia de sándalo transpiraba su luminosa piel. La tersura y armonía de ese cuerpo parecía no tener fin. El universo entero se gestaba y extendía en un territorio sitiado por lo inaudito.

En un estado de indescriptible embriaguez nos dimos a seguirla por las calles del Playón. No me acuerdo qué pasó. Algo nos distrajo por espacio de unos cuarenta segundos. Al voltear la vista observé que se embarcaba en un automóvil blanco. Como pudimos, la seguimos. Una camioneta acudió en nuestra ayuda y entre maniobras y cabriolas tratamos de acortar distancia para alcanzarla. En una curva del pueblo de Ocumare vimos el celaje del vehículo que había virado hacia la izquierda.

En un pueblo de calles desiertas y un primero de enero no era difícil ubicar una persona. Cuando entramos en la calle principal, el carro había desaparecido, y lo más terrible, la musa de nuestro ensueño. Sin perder ni un segundo recorrimos todas las calles aledañas y nunca dimos con el paradero de esa nave que parecía sacada de un cuento de ciencia ficción. ¿Para donde se esfumaría? Evidentemente, no era una alucinación y las leyes de la lógica son inexorables. ¿Era una aparición fantasmagórica o era acaso un personaje escapado de la literatura para seguir habitando con mayor propiedad y corporeidad nuestras fantasías?

A todas estas interrogantes, lo único que se nos ocurrió fue atribuir su aparición a la influencia de Bretón. Nuevamente el fantasma de Nadja seguía danzando por calles embriagadas de poesía e imaginación.

Esa noche nos quedamos en el pueblo y en una vigilia obligatoria nos dimos a esperar a que nuestro ángel saliera de alguno de esos caserones. La noche transcurrió sin novedad pero con muchos sobresaltos y la arremetida brutal de los zancudos que perforaron nuestra piel cansada.

A pesar de permanecer atentos durante varias horas, Nadja nunca apareció. A la mañana siguiente regresé a la casa donde encontré sólo una nota de despedida de Ana María. Desde ese día mi vida cambió. Un insomnio despiadado se apoderó de mis noches, ahora más amargas sin la compañía de Ana María y con el recuerdo perturbador de Nadja.

Pasaron muchos meses para que volviera a mi vida cotidiana, sin sobresaltos. Ahora con un divorcio consumado, puedo decir que más nunca volví a ser el mismo. Por muchos años estuve enamorado de un fantasma, obsesionado por una mujer que vi una sola vez. Una mujer cuyo recuerdo aún me remite a ese instante supremo cuando su piel fue el más codiciado objeto del placer. Huyendo de su recuerdo me dediqué a los más variados oficios y pasatiempos.

Puedo decir que su recuerdo nunca desapareció del todo. Años después mi ansiedad la divisó por un momento en una valla ubicada discretamente en la autopista. En una mañana fresca de febrero en dirección suroeste de la ciudad, en mi frenesí por materializarla la vi salir (eso supongo) del centro empresarial donde me desempeñaba como administrador de una importante firma comercial. Ataviada con uniforme gris y blusa roja atravesó un trecho de la avenida, donde un carro vinotinto esperaba por su abordaje. Justo en ese instante me llamó un compañero de trabajo para indicarme que dentro de tres minutos saldríamos a Caracas en un viaje de emergencia. No sé si es lógico o ligeramente comprensible a la luz de los sentidos afirmar que esa fue la última vez que vi a Nadja.

Hoy cuando paso por esa calle siento un temblor sobrenatural, y no puedo evitar hacer conjeturas sobre qué pudo haber pasado esa noche perdida en la bruma del tiempo, cuando Nadja trastocó nuestra percepción para hacer brotar el amor que se quedó bostezando en un zaguán de Ocumare.