Soy una gallina. Soy la típica gallina. Cacareo, picoteo grano y pongo huevos. Es fácil de entender y aún más sencillo de practicar.
Pronunciar esta frase me ha costado una fortuna en terapia. La primera vez la dije despacito y con miedo. Cuidadosamente, como quien arranca una uña encarnada, tiré de cada palabra y con cada una sentí un agudísimo dolor. Después la escupí con rabia, envuelta en toda la frustración que acompaña a la fatalidad. Ahora la canto serena, muy serenamente.
Siempre quise ser gaviota. Volar libre, comer pescado, oler a mar, ese era mi sueño. Creí en el trabajo, pensé conseguirlo, de hecho, estuve años agitando convulsa las alas, convencida de poder levantar el vuelo. Luego me cansé.
Ahora lo sé: nacer gallina te obliga a ser una gallina. Así lo he aceptado.
Desde entonces como trigo y cacareo, con cierta alegría incluso, pero aún lloro cuando pongo un huevo y, alguna que otra noche, el vientecillo estival me llega cargado de esperanza salada.