Letras
Dos poemas

Comparte este contenido con tus amigos

Ahora que ya
no guardo prisas,
ni azares de primera mano,
ni cumbre a plazo fijo,
ni coartada idiota,
o amuleto feliz
contra el olvido,
ni besos desayuno,
ni graffitis de amor
sobre muros de trigo.

Justo cuando
se duerme mi desánimo
la siesta del domingo
y el carrusel de insomnios
se abstiene de sortijas,
ahora que mi rencor
anda descalzo,
que las nueces son mucho más
que médicos y ruido.

En este tiempo
en que las bienvenidas
tiemblan en los espejos
y el pasado nos pica
como un cuervo de exilio.

Precisamente ahora
en que ya no soy huésped
debajo tu piel,
ni miel bajo tu ropa,
me afiebra el horror cotidiano,
mientras aguardo turno
en la antesala del miserable destino.

Recién en esta tarde
de muelle sin pañuelos,
silencio sin conjuros,
plumas huérfanas,
ojos sin deseo,
acupuntura torpe
contra el miedo,
mayo sin poesía,
soledad y trapecio.

En esta hora
que no transmite nada,
este rato perdido,
sin cuerda en el reloj,
pantano de las emociones,
arena y espejismo.

Esta calle desolada,
este latir sin sangre,
esta hiel y este frío.

Acabo de descubrir
una paloma sin rumbo
que me anida en la puerta,
un caracol de lluvia,
reproduciendo el eco
de un dolor repetido.

 


 

Es diu com la verge dels toreros,
té els ulls verds
i un nom silenciat en la gola.

L’amor té ulls verds

Por ella
guarda luto el adjetivo
y besan como Judas los pronombres.

Sus labios son bandera,
cáliz de sangre presa
            para esta patria en celo y esta fe tan pagana.

Por ella
se amortaja lo probable,
o vive a pan y agua la alegría.

Enmudece el silencio en los excesos,
y al sur de la quimera
                  desmadeja la muerte su capricho.

Por ella
hallé el vértice feliz y el desamparo,
la lluvia del desierto, el bar de las primicias.

De espaldas a su ausencia duerme la madrugada,
en sábanas sin vuelo
                      de verbos oprimidos.

Por ella
la inquietud, la sombra, el devenir,
el cabernet, la luz, el desvarío.

El cuerpo enciende su espejo y su toreo,
la tinta su premura
                        el Hotel Carlton todas las farolas.

Por ella
los puentes —igual que los de Madison—
son amargas ventanas que dan a ningún lado.

La soledad es una puta sombría
que cobra con prisa los recuerdos.

Por ella
la vida siempre es vida,
el amor un boquete, el pecho un asesino.

Y la pena un gusano
que devora sin pausas
               esa manzana agria del olvido.

Por ella
el juglar va a la musa,
la angustia al apetito, el sexo a su guarida.

Su canto de sirena agita cicatrices
y se ahoga en el gentío
                           la que viene por mí.

Por ella
rechazo las piedades, me niego al débito del mal hospitalario,
no pago al desamor y a las usuras.

Juntos celebramos el rastro del otoño,
las barcarolas ebrias,
                             el cielo clandestino.

Por ella
cada noche dejo una sed vigía,
por si al deseo le quitan el seguro y se viene conmigo.

Me agobia el detalle arbitrario,
la porfía de no rendirme
                   al oficio feliz de estar equivocado.

Por ella
los tranvías dan viajes sin boleto,
y en un confín de dudas quemamos el regreso.

Empeño el excedente, el faro de anteayer,
el bolígrafo ansioso,
                     el mañana improbable.

Por ella
puedo escribir un poema tan tonto como este,
que le alerte el ombligo y acune una sonrisa.

Esta baraja turbia que predice su espuma,
sus playas del desvelo,
con peces moribundos
                                de amor insatisfecho.

Por ella, dejaron de vaciarme los pronósticos.