El pasado 21 de agosto se le entregó el Premio Nacional de Literatura de Chile al escritor José Miguel Varas, seleccionado de manera unánime por un jurado encabezado por Yasna Provoste, ministra de Educación de Chile, e integrado por Víctor Pérez, rector de la Universidad de Chile; el poeta Armando Uribe, Premio Nacional 2004; Marcela Prado del Consejo de Rectores, y Matías Rafide de la Academia Chilena de la Lengua.
La selección de Varas se realizó tras una reunión de sólo media hora, un hecho sin precedentes. Provoste indicó que la concesión de esta distinción a Varas es un “reconocimiento a todo su talento, a su trayectoria y al aporte que ha realizado a la literatura en Chile y que ha permitido también mostrar parte de nuestra identidad en el extranjero”.
El escritor recibió como premio catorce millones de pesos por una sola vez, a lo que se sumará una pensión vitalicia de veinte unidades tributarias, lo que en la actualidad supera los 600 mil pesos. “Es difícil no decir algo que suene completamente tonto en este momento. Esperaba yo no emocionarme, pero sí me ha ocurrido eso”, fueron las primeras palabras de Varas a la prensa.
Pese a esa emoción, Varas no apartó sus compromisos por la entrega del galardón, pues inmediatamente después de recibirlo partió al Instituto Nacional, donde se colocaría una placa en memoria del bibliotecario Ernesto Boero Lillo, muerto en 1974 y sepultado en el mismo recinto educacional.
Antes de partir habló con la prensa y adelantó el título de su próxima novela, Milico. Reconocido opositor al régimen de Augusto Pinochet, el autor fue partícipe de todo un movimiento político-cultural en el exilio y muchos recuerdan su característica voz en el espacio “Escucha Chile” por las ondas de Radio Moscú, entre 1974 y 1988.
Varas fue un permanente colaborador de la revista Araucaria, también de chilenos exiliados, que se editaba en París y después en Madrid. De regreso en Chile fue redactor y director de la revista Pluma y Pincel (1988-1990) y secretario de redacción del diario La Época (1996-1998), en cuyo suplemento dominical llegó a publicar más de 80 cuentos.
Más recientemente formó la revista Rocinante, hoy desaparecida, junto a colaboradores como Faride Zeran, Iván Quezada y Justo Pastor Mellado. En los años 60, junto con iniciar una carrera en la radiofonía, ya había dirigido el diario El Siglo, en su calidad de militante del Partido Comunista, y fue jefe de prensa de Televisión Nacional durante el gobierno de Salvador Allende.
Desde el jurado, Armando Uribe enfatizó: “Este premio no es político sino literario, por lo tanto otras consideraciones que no sean la categoría y la calidad literarias están de más, como espero que lo hayan estado en los premios anteriores. Pienso que Varas es el más importante escritor vivo en Chile y su obra es de lo más chileno que uno pueda leer”.
Desde Cahuin (1946), su primer libro de relatos, hasta obras más recientes, como la novela El correo de Bagdad (1994 y reeditada en 2002), Varas intenta registrar a seres humanos que están lejos del primer plano, “los olvidados y un poco sepultados”, como define. En ese universo, se destaca la fineza del lenguaje y un agudo sentido del humor. Su narrativa es bastante más tradicional que la de algunos contendores de este premio, como Diamela Eltit o Germán Marín, cuyos aportes reconoce.
“Son escritores que hacen esfuerzos muy serios por descubrir una verdad literaria y crear un estilo propio y original. Diamela Eltit es una gran experimentadora literaria y eso debe ser considerado y recompensado”, dice, adelantándose a las críticas porque, una vez más, las autoras mujeres quedaron al margen de los galardones.
“Creo que es algo pendiente distinguir a muchas escritoras interesantes, varias han sido olvidadas y no fueron premiadas en su oportunidad, por ejemplo, Marta Jara. Hay todo un mundo de literatura escrita por mujeres que no hemos distinguido como corresponde. Esa observación es muy válida y forma parte de un proceso de maduración para este premio y también para la sociedad chilena”.
Entre las obras más recordadas del nuevo Premio Nacional de Literatura están las novelas Sucede (1950) y Galvarino y Elena (1995), el libro de cuentos Exclusivo (1996), la serie de crónicas Nerudiano (1999) y Neruda clandestino (2003), una novela-reportaje sobre el período del poeta en la clandestinidad, oculto en diferentes casas de Santiago, Valparaíso y otros lugares de Chile.
“Nunca he separado el periodismo de la literatura; creo que el periodismo escrito es un género literario más y al que le debo mucho. Empecé a ser periodista en el colegio, a los 14 años hice el primer periódico con mis compañeros de curso. Después publiqué en el Boletín del Instituto Nacional y mi primer trabajo remunerado fue en la revista Vistazos, que dirigía Luis Enrique Délano y que comenzó a publicarse en 1952. Actualmente el periodismo cultural pasa por una etapa muy difícil, y la cultura en general debe competir con muchos otros temas”.
El escritor cuestionó la forma en que funcionan los Premios Nacionales: “El sistema de postulaciones no me parece el más adecuado, es como concursar para una pega fiscal; debería tener otra forma, aunque no se cuál. Todo se ha burocratizado y tampoco hay mucha representatividad de los escritores en el jurado, pero eso está en proceso pues hay un proyecto para incluir a alguien de la Sociedad de Escritores de Chile”.
Fuentes: El Mercurio • Noticias 123