Tempestad, fragmento, magia, soledad, mito, furia, ladrido, dolor, humor, ironía, superstición: palabras que me vienen a la mente cuando evoco a Fernando Noy. Mi encuentro con el entrañable “poeta travesti” (cambiante siempre: tormenta de invierno-vendaval-ventisca-lluvia-garúa), se dio de manera tan singular como su propia persona. Nosotros(as) en hemisferios diferentes, de mundos diferentes, sur, norte, Latinoamérica, Europa, verano, invierno, coincidimos en muchas cosas pero la principal: el amor a las palabras y su poder de trascendencia en este Universo de las Mentiras. Hemos compartido lo justo y lo necesario en un espacio embrujado por la poesía. Ahora instada por el amor y el reclamo, escribo unas líneas que quieren ser honestas, desenlazarse del canon que aprisiona como una camisa de fuerza. Sus poemas son una “orquesta invisible” que tocan al unísono con la Cantata “Selig ist der Mann” de Johann Sebastián Bach.
Freud soñaba con espinacas. Goethe escribía sobre arañas y leonas y Shaw hablaba de patos y zapatos. ¿Con quién sueña el poeta de los Australes?... Quizás con perros cansados de ladrar a fantasmas o a la rabia de no ser escuchado. Tal vez me equivoque y “La Noy” tiene pesadillas con poetas suicidas perdidas en su mar de sufrimiento... eso es casi imposible saberlo con certeza, sin embargo trataré de soñar sus versos que nos hablan del tiempo que desbasta todo y que sólo Dios contempla triste.
Asimismo, la furia se traduce en vómito, cataclismo, herida, sutura que nunca cicatriza en un cuerpo enfermo, viejo y agostado por el implacable tiempo: Real Señor del Universo. Así, nos dice Noy: “vuelan los años... urde la tarde... sólo para nosotros dos”. Modo puro de clamar por el amor siempre eterno, siempre añorado por el cuerpo (carcasa de un espacio acotado). Porque la muerte edifica un monumento de imposibilidades que sólo pueden ser superadas, tal vez, en otra vida.
Orquesta invisible es un libro que se conecta con la música de las esferas, planeando sobre los escombros y las llagas, el viento o el vacío. Sus versos circulan sobre los blancos de una tipografía abierta y dentada. Se propaga a través de los intersticios de un texto fragmentado, ambiguo, descoyuntado, cuyo principio unificador es la música nunca tocada, una energía silenciosa que se expande entre los ramajes del viento, el vacío, o la nada.
No quiero suscitar malentendidos. Deseo hacer valer la superioridad de la palabra que se apropia de lo indecible, y es por ello que le asigno al poeta un lugar singular dentro del horizonte temporal de la existencia. El tiempo en la cosmología de Noy, parece estar marcada por el instante, y cada poema ha sido escrito en la “hora final”, donde la figura del padre, el recuerdo, las fotos, atrapan la mortalidad y reviven a los muertos más fieles y presentes que los vivos. Igualmente el transcurso de los días, traducidos en arrugas, en “los rostros viejos” de los cuales “al final no queda nada”, se traduce en un tiempo-otro y preservado por la conciencia imaginante. No hay escritura automática, sino amor al oficio. En esta poesía se busca exorcizar el fin irremediable del cuerpo. Y finalmente se procura alcanzar las fuerzas elementales y mentales “para vivir un poco más”.
Por último, creo que la función del silencio en la obra de Noy es como la música que está en todas partes. La disposición gráfica y la eliminación de la puntuación en la mayoría de los versos no es gratuita y/o caprichosa, ello responde al ritmo interno del entramado de las imágenes. Pero más allá del juego visual, el “trovador” se construye y deconstruye a medida que avanza en su “cantar”. Las negaciones, las contradicciones, las ambigüedades de su “orquesta invisible” son ese otro lado de la realidad impalpable, lleno de “luz/siempre desnuda”, que invade todo sufrimiento. El “poeta travesti” siempre es y será aquel que nos hable sobre su ubicación marginal dentro de una sociedad ruidosa, incapaz de escucharlo.