Vila-Matas hace origami con las palabras; las retuerce, juega con anagramas, pone al espejo palíndromos y construye puentes que comunican ficción y realidad.
Sus obras se desenvuelven entre mezclas de ensayo, crónica periodística y novela, impidiendo encasillarlo en un determinado género. Su literatura, fragmentaria y económica, diluye los límites exponiendo un horizonte desconocido e intrincado.
En una ocasión admitió que “un escritor debe tener la máxima ambición y saber que lo importante no es la fama de ser escritor sino escribir, encadenarse de por vida a un noble pero implacable amo que no hace concesiones y que a los verdaderos escritores los lleva por el camino de la amargura, porque, como lo dijo Marguerite Duras: escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos; o, porque, como dice Justo Navarro, ser escritor, cuando ya se sabe escribir, es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo”.
En la antología de cuentos titulada Recuerdos inventados, publicada por la editorial Anagrama, los textos esbozan una dimensión en la que personajes y autor se confabulan y buscan huir desesperadamente del tedio.
En el cuento que da título a la antología, sobresale una de las constantes del autor; la idea de darle forma a la vida a través de los recuerdos propios y ajenos (en caso de no tenerlos interesantes) de los cuales se puede apropiar uno por medio del proceso de escritura. “Como nada memorable me había sucedido en la vida, yo antes era un hombre sin biografía alguna. Hasta que opté por inventarme una”.
El combustible de su maquinaria narrativa consiste en que una vida sin ser contada se desliza por la nada.
Las narraciones de esta antología, en su mayoría de atmósferas sombrías y siniestras, cercanas a un absurdo implacable y kafkiano, está cargada de personajes que aparecen y desaparecen como sombras.
En “El vampiro enamorado”, por ejemplo, se narra un día en la vida de un nosferatu llamado José Ferrato que, enamorado de la juventud y la belleza, piensa constantemente en un niño de la iglesia cuyos atributos lo envuelven en un ensueño.
El cuento, cargado de reflexiones delirantes, parece conectarse con otros relatos donde los personajes son hendidos por la punta del pasado, y en efecto, el presente se les presenta lento y doloroso.
“Rosa Shuarzer vuelve a la vida”, es quizá un cuento cuyo personaje central, Rosa, se revela como el alter ego del autor, aburrido de una vida monótona que lo empuja a inventarse otra que, aunque fácil de aceptar por sí misma, tiene implicaciones graves en quienes la rodean.
Finalmente, en “Señas de identidad”, cuento que cierra la antología, Vila-Matas, en aras de dejar una astilla clavada en la garganta, culmina usando como reflejo la novela América, escribiendo lo siguiente: “Doblé otra esquina y desde entonces aún no he despertado de esa pesadilla de despertar de una pesadilla y ver que sigo en el circo de Oklahoma, y no hay salida”.
Hace poco su libro Doctor Pasavento ganó el V Premio Fundación José Manuel Lara Hernández. Se trata de la vida increíble y singular de un forense que emula a los escritores que hicieron de la desaparición un arte, el caso específico de Robert Walser.