Sala de ensayo
Ray BradburySobre
Ray Bradbury:
el operario
de los tiempos

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Cuando uno desea conocer autores de la ciencia ficción, se encontrará sin dudas con varios ejemplos escatimables, dando a pensar que éste es un género secundario y que la credibilidad que expone es mínima. Sin embargo, al pensar en H. G. Wells, Aldous Huxley o J. D. Ballard, sólo para recordar algunos, nos lleva a afirmar que son intérpretes capaces de añadir algo más: pues hay maquinaciones lúcidas, sobre el mundo, el aspecto tecnológico e incluso humano. En este listado bien puede entrar el de Ray Bradbury: escritor que supo recrear como nadie el futuro, con su patetismo, sus conquistas y sus anhelos. A grosso modo, sus artilugios están anclados en palabras como “mundos” y “futuro”.

Fahrenheit 451 trata sobre hombres-libros viviendo empecinadamente para su trabajo y como un mero cúmulo de frases y páginas. Que antes de quemar todos los libros que existen sobre la faz de la Tierra, deben primero memorizarlos. Hasta tanto haya terminado la guerra en el mundo, para después volver a rescribirlos. Secuencias y operaciones que tanto recuerdan a “La muralla y los libros”, ese célebre ensayo de Jorge Luis Borges, en el que explica la misión de Shih Huang Ti, aquel primer emperador chino que ordenó quemar todo libro anterior a su reinado para que la historia comenzara con él. Solo que en Fahrenheit 451 el interés es plural, hay interés por rescribir esos libros que son quemados, en el futuro. Aparte los sucesos son alegóricos: recuerdan a la quema de libros y de humanos en la Santa Inquisición, en que el principal poder es el fuego, el que todo lo purifica o elimina. Podemos argumentar que estos acontecimientos son metáforas que enseñan que las ideas y los hechos tienden a repetirse en el pasado como en el futuro. Aparte, en uno de los tantos cuentos que componen Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, en una noche en que Heróstratos —cuyo nombre Artajerjes y las doce ciudades de Jonia prohibieron mencionar— quema el templo de Éfeso, era la noche misma en que nacía Alejandro Magno. Esa misma noche, que nacería alguien que iría a derruir y construir templos y pueblos y lenguas para construir otras, y de quien en los años venideros, se escribirían libros que cumplen la añoranza de un filósofo: “Las bibliotecas serán ciudades”. La destrucción de algo presupone la construcción de algo. La armonía inquebrantable de todo un mundo incita constantemente la intromisión de estos dos verbos. Entonces, si hay un mensaje en Fahrenheit 451, uno seguramente es éste: nada perdura, todo se justifica y desaparece. Una ciudad, un hombre, una idea, existen en tanto otras hayan desaparecido. Solamente así perdura el milagro de la existencia. Como Mallarmé, el mundo existe por un libro y ese libro será alguna vez quemado para volver a ser finalmente el mundo. El fuego mismo todo lo quema, todo lo crea. Bradbury, en esta monumental novela quiere confesarnos sino lo que ya se sabe y “el que no construye, quema” es una de sus frases mas alegóricas y esclarecedoras.

En Crónicas marcianas, en cambio, se trata de la colonización de Marte. El lapso que ocupa data desde 1998 hasta 2020, fecha en que culmina tal empresa. Si Fahrenheit 451 (la temperatura en que el papel se quema) trata de cierta simetría entre el pasado y el futuro, Crónicas marcianas (como también El hombre ilustrado) se interesa en el paralelismo de dos mundos totalmente distantes. Uno sobrepoblado y en guerra, el otro en vías de conquista y con un paisaje árido y desértico. Los humanos que ocupan tanto uno como otro se caracterizan por la desesperación y desolación a pesar de que las situaciones que enfrentan sean abismalmente distintas. Los que viven en la Tierra añoran ir a Marte ya que ninguno regresa, pensando que Marte es el planeta de la dicha y la bonanza. Y los que están en Marte ven desde allá el naufragio del planeta Tierra. La tristeza y la melancolía los invade, mientras se las tienen que ver con los marcianos, que tienen el atributo de mudar de imagen y en ciertas ocasiones al aspecto humano, a un aspecto familiar para quien lo ve (recreando el mito de Proteo: quien podía mutar según la ocasión, como también el mito del doble: tema tan recurrido en la producción literaria y que tanto ha preocupado a mitólogos, folclorólogos y psicoanalistas) y en que muchos terrícolas son asesinados. Estas pocas frases en modo alguno agotan esta obra.

Aparte, en los trabajos de Ray Bradbury se estatuye, mediante lo fantástico, sobre el aspecto social y de cómo influye este factor en los fueros individuales mas íntimos. Podríamos decir también que nuestro autor promulga una sobria negación del presente, tal como la predican antiguas doctrinas orientales o ciertos filósofos ingleses y alemanes. El grueso de su obra se basa en el futuro o sobre el pasado. Pero cuando Bradbury trabaja sobre este último es porque lo supedita al futuro, al fin último. Un buen ejemplo es El vino del estío: esta novela trata sobre el verano de 1928. En el cual se realizan invenciones algo insólitas, como la Máquina de la Felicidad, una Máquina Verde que pasea por el mundo a dos señoras y finalmente, una Máquina del Tiempo, que está dentro del viejo coronel Freeleigh. Un niño prodigio de 12 años y que es testigo de semejantes milagros: “No puedes depender de la gente, todos se van, los desconocidos mueren, los amigos mueren, unos matan a otros, como en los libros, hasta los propios padres mueren”. Así descubre él, el fenómeno de la muerte.

Bradbury aquí despliega su amplia habilidad para narrar lo cotidiano en un pequeño pueblo tal vez agrícola, perdido en las vastas tierras de Estados Unidos, en el primer cuarto del siglo pasado. Hay una implícita sabiduría que enseña sobre los procesos de la naturaleza y del mundo, y de comunes denominadores, frutos de ciertas creencias creadas por la civilización. El autor expone sobre éstos de un modo nihilista, tal como lo hace Gianni Vattimo, quien hace una exposición del mundo como un proceso en el cual del ser como tal, ya nada queda. Que en el nihilismo está todo lo que se puede esperar y augurar.

Pero volviendo a nuestro autor, contrapone siempre la civilización y la naturaleza: “Las ciudades nunca ganaban, existían meramente en un calmo peligro, equipadas con cortadoras de césped, polvos insecticidas y tijeras de podar, nadando sin desfallecer, como dicen que nada la civilización, pero con casas preparadas para hundirse en las verdes mareas, sumergirse para siempre, con el último hombre y desplantadoras y segadoras transformadas en cereales cáscaras de herrumbre”.

Los ritos, los ciclos y las prodigiosas invenciones e ideas de sus personajes son, si no un espejo, una respuesta o consecuencias de “lo otro” que es la naturaleza. El autor parece concebir que la civilización desaparecería devorada por la naturaleza. Esta es la razón probable de inventar máquinas, lugares, otras proezas que saquen del estío a los hombres para hacerlos libres. Ya Sigmund Freud en algún libro aseguró que la civilización es contraria a la libertad del hombre, y que algunas de sus grandes penas se remiten justamente a la omnipotencia de la naturaleza y la laxitud de los vínculos entre los hombres.

Por lo menos para los trabajos de Bradbury, éstos parecen ser los principales ejes de su obra. Como también el principal motivo para los vejámenes, milagros e insólitas empresas que se llevarían a cabo en el futuro, y que la intolerancia entre los humanos produciría una inmensa guerra que destruiría la Tierra.

Por otra parte, algunas frases en El vino del estío nos recuerda a algunas novelas que pertenecen al realismo mágico (como Pedro Páramo o El astillero) cuando nuestro autor le hace cobrar participación a personas aparentemente fallecidas, novela en la que se inventa la máquina de la felicidad, una máquina verde que se pasea por el mundo a dos señoras y una máquina del tiempo, que está dentro del viejo Coronel Freeleigh, y un androide llamado Madame Tarot. Aquí todo parece estar vivo: un muñeco de cera, un asesino o un fantasma. Todos son comediantes hilando una brillante y siniestra historia: “¿De qué hablaremos ahora? ¡No es posible hablar del Solitario si no está vivo! ¡No asusta a nadie! (...) Por otra parte —dijo Tom—, no creo que el Solitario haya muerto (...) Bueno, ese era el Solitario, ¡tonto! ¡lee las noticias! Luego de diez años de la vieja Lavinia Nebbs le atravesó con un par de tijeras (...)”. “Lo que cuenta son las nuevas partes. Yo no muero realmente. Nadie con una familia muere realmente. Se queda alrededor. Durante mil años a partir de hoy todo un pueblo de mis descendientes morderá manzanas ácidas a la sombra de un gomero”. Evidentemente hay conexiones invisibles en el mundo de la literatura y de las cosas, hilados involuntariamente por diversas visiones que resultan ser sólo una. De alguna manera se deja vislumbrar que un libro muchas veces se perpetúa en otros o por el contrario: hay sucesos de una historia que acontece a su pesar, fuera de ellas y tienen lugar en otras historias sin que nadie lo sepa.

Lo cierto es que Ray Bradbury, nacido en Illinois en 1920, produjo una copiosa obra: Crónicas marcianas y Fahrenheit 451 gozan de una mundial reputación, aparte de otras obras de impar calidad: El hombre ilustrado, El vino del estío, Las doradas manzanas del sol, Remedio para melancólicos son algunos de sus trabajos. Menos conocidos son sus poemas y ensayos que sin duda plasman su conocido interés hacia la condición humana. Sin lugar a dudas Ray Bradbury ha dejado un gran legado a la ciencia ficción como también a la literatura universal.