Letras
Tres poemas

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Imperdonables

La rabia en jauría
acomete el centro donde los sueños pacen.
En esta guerra, el corazón expuesto
desangra paciencias y exangües deseos.
Como peces cuya fuente se deseca,
mis anhelos se retraen en agonía:
desflorados por falaces silencios
y en franca retirada a la cordura.
Mas, en la pequeña jaula, los residentes rencores
el consuelo esperan,
confundidos por marchitas esperanzas
e incisivos encuentros.
El perdón ha muerto,
igual que el anunciado dios de Nietzsche
ha muerto anunciando en su aflicción
un nuevo día.
Y de mí, gélida Monalisa,
retoñan dagas,
y víctima de mis errores
nace la vida deshecha en un llanto.

 

Verano

Despójate silencio de tu capa
que el día es caluroso bullicio


La verdadera pérdida de la inocencia

Entre el hastío y el cansancio
se instala mi conciencia
incesante en densos soliloquios.
Cada día, poco a poco,
mueren las creencias
y violentas envenenan lo que quedaba
de mi ser original.
Ya he dejado de creer en el Amor
y he olvidado el día en que me convencía
de su poder ante la muerte.
Ya la fugacidad comienza a descomponer
cada muro de mi cuerpo
y cada resquicio de ternura
se ve invadido por el doloroso moho del fracaso.
            Y el resentimiento,
como miles de diminutos cristales,
astilla mi pecho.
No he muerto aún porque en las uñas
abriga la esperanza
de emerger cavando hacia algo nuevo.