Mis negocios me alejan la mayor parte del día, y salvo mi perro, nadie más me echa de menos. No hay nada para un solterón como una mascota. He tenido muchas, algunas realmente raras, pero ésta es mi favorita. Es grande y de abundante pelo. Antes, cuando corría o saltaba alegremente, más parecía una cabra que un perro. Yo lo perseguía, o él a mí, y ambos nos bastábamos para ser felices. Era voraz y le agradaba oler mis variadas flores. Salvo un veterano ratón, no tuvo mayor fortuna para la caza. Parado dos patas bebía el agua de la fuente. Gradualmente fue perdiendo el ánimo y el apetito. Ignoro lo que le acongoja. Tal vez sea un hecho del pasado, porque lo recogí ya grande. Nací en Anzio, en los tiempos de Cayo Calígula, otro desdichado príncipe. En el Capitolio, creo, mis versos perduran en letras de oro. Aunque mi forma general es otra, mi barba conserva el tono amarillo del bronce, distintivo de mi familia. Mi imperio es ahora la pobre campiña de un liberto. Altos muros son, a la vez que un baluarte, su definitiva frontera. Detrás ya levantaron sus tiendas los ejércitos de Galba, ávidos de mi poder. No está aquí la odiosa turba, pero tampoco mi guardia, ni la esplendidez del Circo. Prefiero mantenerme despierto. En mis sueños acecha el mismo hierro que me profanó. No he sabido de mejor guardián que él. Basta su aspecto para infundir temor. Ilustres expertos lo han auscultado sin dar con su mal. Día a día se consume y no puedo hacer más que darle su agua, que apenas prueba, o su comida, que rechaza y ve con ojos soñolientos. Cabeceando, lucha por mantenerse alerta, en un último ejemplo de su admirable fidelidad. Cuando lo veo así me acerco, y abrazado a él, he llorado amargamente. Repasando nuestra vida en común concluyo que no puedo reprocharle nada, salvo la vez que me mostró los dientes sólo porque quise sacarlo a pasear. A veces gruño, incapaz de castigar, según es mi deseo. He olvidado muchas cosas, pero no a mis divinos antecesores. Soberbios y arbitrarios sueñan, como altas estatuas, con la hora de la venganza. Como en el Foro o en mi Palacio aquí también complotan mis detractores. Lo sé porque hasta mis oídos han llegado sus sátiras. Mas temerosos de mi ira se ocultan bajo ingeniosos disfraces. Ya alguna vez di muerte a un ratón, que era un poderoso mago. Pero ahora ya no me tomo esa molestia. Sentado sobre mis cuatro patas miro con desdén al mundo, porque el tiempo me ha enseñado a esperar. No dejaré sufrir más a mi perro. Cierto egoísmo enmascarado de escrúpulo no consentía que tomara esta resolución. El veterinario que aseguró que fuera del pinchazo no sentiría más dolor, viene en camino. Es curioso, aún tengo a mi perro pero ya me pesa su ausencia. Llaman con energía a mi puerta. Vuelven a hacerlo y no quisiera abrir. Aferrado a mi perro y también al presente quedo, bajo este árbol que por años le dio sombra y que derribaré, en cuanto todo esté consumado. Mi fiel secretario llora porque no tiene mi valor. Yerran los que afirman que soy un cobarde, olvidan que fue un estoico mi preceptor. Mucho he discurrido sobre mi estado. Primero creía culpables de él a los llamados cristianos. Pensé que furiosos, porque entregué gran número de ellos al suplicio, me habían encerrado aquí valiéndose de sus artes mágicas. Luego advertí que ellos o su pobre dios eran nada frente a tan grande príncipe. Al cabo de unos años un búho me abrió los ojos. Con voz aguda habló de una vasta conspiración que comprometía a la violenta estirpe olímpica. Habló que ella, celosa de mi aspecto y de la dulzura de mi voz, me había reducido a esta infame animalidad. Mi entereza me ayudó a tolerar tan terrible hado. Hoy sé que se aproxima mi hora y que debo abandonar ya este cuerpo. Puedo invocar al Astrólogo que pronunció que un día recobraría mi imperio, o referir ciertos presagios, como la aparición de una estrella con cabellera; admirable anuncio de la pronta restitución del linaje de los césares, o recordar a aquella negra ave rapaz, que vino a dar a mi fuente fulminada por el rayo; emblema o símbolo del fin de esta época oscura. Pienso en tales auspicios y es como si clamara mi perdido mundo latino. Pienso en mi destino inmortal, y casi podría enfrentar a las divinidades o a las legiones que incansablemente me cercan. Porque ya puedo ver el severo mármol de Roma, los Arcos y sus inscripciones, la ensangrentada arena bajo las fieras del Circo, los Templos consagrados a otros dioses, mi Palacio vacío y magnífico, los Altares, e igualmente reparo en mí, siempre Augusto en mi apoteosis sobre el Palatino, mientras relumbran las águilas romanas y las insignias reales, aunque de este lado, casi también de un modo mágico, ya se adivinen las sombras.