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Resurrección

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El calor imponía un clima bochornoso, a pesar del horario temprano de la mañana. El sol caía vertical desde un cielo despejado. De los charcos de agua que cubrían el empedrado ascendían corrientes de vapor, un vaho espeso que tornaba insoportable los 25 grados de temperatura, mientras la respiración se hacía más difícil, por la densidad del aire. Todo parecía volverse blando y viscoso, degradado por el calor, como si los cuerpos tuvieran una consistencia esponjosa.

Durante cinco días había llovido sin cesar. Lluvia torrencial y por momentos arreciando con vientos huracanados que algunos asociaban con catástrofes climáticas de otras épocas, presentes como recuerdos borrosos en la imaginación popular. Los más viejos se remontaban a las inundaciones del año 17, otros discutían que había sido en el 22 e incluso en 1938. Lo más probable es que ninguno de estos años registrara marcas exageradas, pero bien dicen que cada uno construye su realidad con la memoria selectiva de sus hazañas y pesares.

La ciudad tenía la apariencia de una urbe devastada; árboles atravesados sobre las aceras, sobre escombros de techos y paredes, encima de autos estacionados; pequeños ríos caudalosos que desbordaban alcantarillas, anegando patios y galerías mientras se arrinconan perros, gatos y gallinas; aleros de lona que semejaban tiendas en el desierto eran habitados por seres que reproducían movimientos inerciales, casi agónicos. Cuerpos que deambulaban cubiertos de barro, con rostros espectrales de arcilla, la mirada perdida, buscando un espacio de reunión donde compartir lamentaciones por la fatalidad colectiva.

A las ocho de la mañana, la plaza que da al frente de la Casa de Gobierno era una colmena, de seres abatidos por el cansancio y resignados. Algunos acomodaban mantas donde acostaban niños de diferentes edades, otros intentaban encender un fuego para calentar el agua y preparar el mate cocido.

Los gritos de las mujeres a sus hijos, como si ordenaran la vida doméstica, sin reparar que muchos no tenían casa ni una morada digna donde pasar esa noche. El llanto de los críos, en especial de los más pequeños, sonaba como una melodía desacompasada y lacerante. Un llanto triste, suspendido en el dolor, en una queja indiferente, mitigado de a ratos por el amamantar nervioso y distraído de las madres, casi infantes, espectros de ancianas prematuras. Mientras, los más grandes corrían por el laberinto de cacharros, enseres y trastos varios, colchones embarrados y bicicletas, asediando algún transeúnte desprevenido para quitarle unas monedas.

El sol se elevaba mientras el calor se hacía más denso y el olor ácido de la basura, más penetrante. Todos esperaban dirigiendo las miradas al extremo derecho de la calle; por allí habría de aparecer, en cualquier momento, el “Buick Riviera” modelo de 1970, de color blanco crema y descapotable, transportando a la “Señora”. El automóvil, como una nave imponente y majestuosa, desplazándose en absoluto silencio, se detendría ante la entrada principal de la Casa de Gobierno. La Señora bajaría, como siempre, por la puerta de la izquierda, antes de mostrarse espléndida en alguno de los vestidos color flúor que siempre acompañaba con un tocado de capelina de la misma tonalidad, escondiendo el peinado tirante de su cabello renegrido y coronado con un rodete. Ese día estaba previsto que la Señora vistiera de color verde manzana, calzando zapatos de taco aguja forrados con la misma tela.

Su cara, recargada de maquillaje, las cejas dibujadas y los labios de un carmín intenso y brilloso, contrastaban con la piel blanca nívea, dándole una apariencia de teatralidad. Cuando bajara del vehículo mostraría el escote adornado con un collar de gruesas perlas blancas que se repetían con el mismo diseño en la pulsera. La gente esperaba que levantara los brazos y ensayara una sonrisa que siempre perduraba unos segundos, como una mueca, congelada por el efecto lumínico de los cosméticos.

El ritual del saludo había sido alterado para ese día debido a las circunstancias. La rutina diaria consistía en que algunas ancianas, previamente registradas en la oficina de ceremonial, se acercaran a ella con un gesto de reverencia para tocar el vestido, como si fuera el manto de una virgen; después, las madres jóvenes le alcanzan en brazos algún bebé para que ella lo bese, rozando con sus labios la frente de la criatura, mientras otras mujeres entregan sobres o papeles con escritura de mano a los sicarios que la rodean.

Los matones se desplazaban hinchando el tórax y tratando de ocultar su propia naturaleza por ademanes impostados para congraciarse con el público, disimulando los empujones y codazos encubiertos que se clavan en el abdomen de alguna ferviente simpatizante. No es raro que, por estos incidentes, alguien protestara ante el atropello increpando a los “gorilas”, y haciéndolo en voz alta para que la “Señora” tomara las medidas del caso. Ella reprendía gritándole al causante, como una advertencia casi pedagógica, “¡Silva, si no te comportas, te voy a castigar!”; entonces, el esbirro asentía obediente, inclinando la cabeza y volviendo a su misión de contener la pueblada para que ninguna efusividad alcance al cuerpo de la Señora.

Ese día era 17 de octubre y, a pesar de las lluvias, los planes de la celebración se cumplirían como estaba previsto. Según el programa, la “Señora”, después del besamanos, se trasladaría junto al gobernador hacia el salón de honor donde acostumbran cumplir con las autoridades nacionales, sin olvidar los representantes militares y eclesiásticos. Finalmente, estaba previsto que todos salieran al balcón para saludar a la multitud reunida en la plaza y escuchar los discursos de rigor, incluido el que pronunciaría la “señora” que siempre es el más largo porque está pautado por aplausos obligatorios después de cada párrafo.

Pero esta fecha imponía un resultado muy distinto por varios factores que confluyeron inesperadamente. Por primera vez en la historia, el 17 de octubre sería celebrado en ausencia del General, recién habían transcurrido cuatro meses desde su fallecimiento y este dato acercaba un clima de cierto desasosiego y una sensación más o menos extendida de desamparo entre los más pobres e indefensos que temían la revancha de los poderosos. Las lluvias e inundaciones de los últimos días agregaban un condimento de inquietud para las autoridades y el acto programado esperaba contener la angustia popular en lo inmediato.

Para asistir a la celebración, había llegado esa mañana el ministro más poderoso del gobierno nacional, al que se apodaba “el brujo”. Personaje siniestro, un psicópata delirante que se alimentaba de su propia ignorancia y de la precariedad psicológica de quienes se le acercaban, sin menospreciar la astucia inmoral de sus aliados políticos; tal era el caso del señor gobernador que se caracterizaba por la acrobacia con que saltaba de lealtades comprometidas a traiciones inesperadas.

El comienzo de los actos estaba fijado a las 12 del mediodía, con un oficio religioso en memoria del General y para ello se había construido un altar de cinco metros de altura con el propósito de ganar una perspectiva de distancia que, se supone, habría de inducir en los asistentes una actitud de recogimiento ante lo sagrado. El público tendría que levantar la vista hasta forzar la tensión del cuello para seguir el acto religioso y más aun, en el momento de la consagración, cuando estaba previsto que el gobernador junto al “brujo”, elevaran sus brazos mientras invocaban la resurrección del General, justo en el momento que sería desplegado un cartel inmenso desde lo alto del palacio de tribunales, con la leyenda “Mi único heredero es el pueblo”, con la firma del General.

Posteriormente a la celebración de la misa estaba previsto el reparto de bolsas de alimentos, colchones, chapas de techo, ropa y medicinas para paliar los efectos de la inundación. Ello ocurriría en el medio de un espectáculo del Ballet Provincial, cuando los bailarines cubiertos con túnicas de color celeste y blanco acercaran aquellos elementos esenciales a los menesterosos, simulando una ofrenda del poder hacia el pueblo, fundamento de la nacionalidad.

Uno de los responsables de la organización, sospechado agente de inteligencia del gobierno, venido de la ciudad capital, había cometido una infidencia ante un amigo, al referir que la planificación del exabrupto sacrílego que suponía invocar la resurrección de un muerto en pleno servicio religioso, era ignorado por el señor obispo; quien padecía arteriosclerosis y confiaba en su asistente para los arreglos de la celebración de la santa misa. Aquél era un cura joven, de carácter dinámico, que sobreactuaba una conducta bondadosa para disfrazar su conocida afición por el dinero y su atracción por ciertos ritos esotéricos que lo acercaban a los círculos del poder, con el objeto de obtener prebendas.

Uno de los temas de discusión con el sacerdote estuvo referido a la hora de inicio, porque a las 12 en punto el obispo acostumbraba almorzar en la Casa Parroquial, acompañado por una hermana solterona que se desempeñaba como administradora doméstica del obispado y este ritual no podía alterarse. Sin embargo, el ministro insistió en la importancia de que el sol estuviera en el cenit cuando se llevara a cabo la invocación al espíritu del General, para que la plegaria ascendiera por un eje absolutamente vertical hacia el eco infinito del más allá. Barajando otras razones, el obispo fue convencido de oficiar la misa al mediodía, quitando el sermón que sería reemplazado con un discurso del gobernador.

A las diez de la mañana, el café de la plaza era un hervidero de gente. La inminencia del acto que todo el mundo esperaba que se suspendiera y el asueto laboral y escolar; había puesto demasiadas personas en todos los lugares públicos, dando la impresión de una ciudad movilizada detrás de alguna quimera. Alberto, a quien apodaban el “Cacho”, junto a la “Nati”, permanecían reunidos, en torno a una mesa que soportaba dos pocillos de café desde hacía una hora, a la espera del ruso Burdman, quien traía la evaluación final sobre la viabilidad de la operación.

Desde allí observaban cómo se disponían los últimos preparativos para el gran acto que habría de iniciar al gobernador como nuevo integrante del círculo íntimo del Brujo, accediendo así al núcleo que concentraba el mayor poder de decisión política en el país.

Mientras, los rayos del sol penetraban con mayor intensidad a través del ventanal del café, amplificando las ondas de calor a pesar del horario temprano. “Me parece que el ruso nos cagó”, sentenció el Cacho. “No, respondió la Nati, debe estar entreverado en los espinillos de la barranca del río, con ese parapeto de mierda”. En efecto, Burdman era un aficionado, más bien, un fanático del “vuelo libre”. Con mucho esmero había construido una especie de parapente, con alas móviles que accionaba con los brazos. Para ello, había seguido innumerables cursos por correspondencia y era un asiduo lector de la revista Mecánica Popular, que inspiró su prototipo. Mantenía la ilusión de alcanzar el récord de sobrevolar la ciudad por la costa del río, despegando del parque y aterrizando en las playas del sur que lindaban con el Basurero Municipal.

En sus constantes entrenamientos había experimentado infinidad de caídas y revolcones que le dejaron como saldo las secuelas de una fractura en la muñeca izquierda, varios esguinces de tobillo conseguidos en diferentes planeos, una quebradura de la clavícula derecha y una cicatriz profunda a lo largo de la mejilla izquierda, que le produjo un aterrizaje forzoso sobre la copa de un algarrobo. Sin embargo, su obsesión por volar le permitía superar todo tipo de adversidades y, como él decía, “soy el testimonio ilegítimo y subdesarrollado de la visión del gran Leonardo Da Vinci; el hombre tiene que volar por sí mismo”.

Por sus habilidades en el espacio aéreo, el ruso era una pieza clave para el desarrollo de la operación. La misma había sido planificada por el Cacho y consistía en subir a la torre del edificio del Banco de la Provincia y, desde allí, lanzar a Burdman en parapente en plena celebración del acto oficial, desplegando un cartel de tela de forma rectangular que se extendería como una cola de barrilete, del cuerpo suspendido del ruso en pleno vuelo sobre la plaza, y exhibiendo la leyenda: “Este es un gobierno de alcahuetes y traidores. Firmado: El General”.

En verdad, los días previos se había planteado una discusión de ribetes ideológicos en el grupo sobre el texto de la leyenda. Algunos sostenían que había que incluir al Brujo y otros alertaban: “No se olviden de la puta”. Hubo, también, una propuesta fundamentada sobre la necesidad de agregar el término: “Asesinos”. Los más doctrinarios, sin embargo, sostenían la importancia de ser fieles a la expresión original que en una oportunidad se atribuyó al General, por lo que no cabían innovaciones y, mucho menos, bravatas que disimulaban un espíritu de rastrera tilinguería burguesa y gorila, como lo definió el Hugo, que hablaba poco pero cada vez que lo hacía, era como una sentencia para terminar las discusiones. Finalmente, por votación, ganó la propuesta de incluir la palabra Asesinos, sin mencionar a la puta, quedando el texto: “Este es un gobierno de alcahuetes, traidores y asesinos”.

Desde la planificación, la maniobra parecía sencilla pero tenía sus riesgos. En primer lugar habría que tomar control del edificio del Banco para asegurar el ascenso a la torre, y ello requería una acción de amedrentamiento a los agentes de seguridad para inmovilizarlos durante media hora, por lo menos. Por otra parte, debían darse las condiciones meteorológicas adecuadas para permitir el vuelo sin correr peligro de estrellarse contra algún obstáculo. Esto último, era responsabilidad del ruso y en eso no había más que confiar en sus conocimientos; por último, el cartel debía desplegarse a impulso de la velocidad alcanzada en el vuelo; la maniobra duraría segundos pero era imprescindible que se dieran todas las condiciones.

En paralelo, el Cacho y la Nati garantizaban la acción de reducir a los guardias del banco con sendos revólveres calibre 38 que eran unas reliquias heredadas del abuelo del Cacho, con los cuales el viejo, mientras vivía, se tiroteaba con pumas imaginarios en la orilla del río cada vez que se empedaba, circunstancia que ocurría una vez al mes, cuando cobraba la jubilación.

El apoyo logístico de la operación estaría a cargo del “Turco”, cuyo nombre auténtico o de pila nadie conocía, porque lo alternaba con el apelativo de “Chaucha”, aunque lo cierto era su condición de árabe porque tenía entrada libre en el Sirio, donde, él aseguraba, se comía un Kepe crudo más sabroso que en Damasco.

El Turco había conseguido unos walky talkies, cuyo origen desconocía porque eran prestados por un camionero que, a su vez, los había canjeado por un viaje a Salta a unos “tipos de Buenos Aires” y que, en apariencia, funcionaban; aunque había que tener cuidado porque mezclaba las frecuencias y de pronto uno se encontraba conversando con la policía o con algún servicio de seguridad bancaria. Ante las protestas del Cacho, el Turco tranquilizaba a todos con su parsimonia habitual, aconsejando usar dichos aparatos en caso de evidente emergencia. Su responsabilidad era dirigir los tiempos de la operación, indicando los momentos para hacer cada cosa.

El “Tatú”, que debía su apodo al parecido con ese animal prehistórico —tatú carreta— y el “Chipaco” porque ostentaba una cara redonda y gorda como una torta de grasa, junto a la Kuky y la Miriam, se ubicarían en la plaza con varios propósitos: observar el comportamiento de la gente, una forma de realizar una encuesta visual sin necesidad de apelar a formularios sofisticados para obtener el mismo propósito, arengar junto a militantes dispuestos estratégicamente entre la multitud cuando el cartel propio se desplegara y tirar al aire unos panfletos del tipo “mariposas” para “concientizar” a todos sobre la necesidad de cumplir con las consignas revolucionarias que el pueblo esperaba. Finalmente, el “Cana”, que no debía su alias a la condición de policía sino al encanecido prematuro del cabello, esperaría en un descampado cercano a la plaza, al mando de un Citröen 3CV para recoger al ruso y sus bártulos, cuando aterrizara con la misión cumplida.

Enterados de la hora de inicio del acto, por intercesión del amigo del agente de inteligencia venido de la Capital, se dispuso que el ingreso al Banco debía hacerse a las 11:30 para dar tiempo a la reducción de la guardia y al ascenso hacia la torre desde donde se lanzaría el ruso Burdman, con su artefacto de alas flexibles que él mismo había diseñado como un Da Vinci redivivo en el sueño aeronáutico del florentino. Si no encontraban obstáculos, el ruso estaría en condiciones de cumplir con la consigna a las 12:05 y la operación sería un éxito irrebatible.

Desde las 11:00, el Turco y los demás compañeros habían tomado posición de sus puestos respectivos en la plaza y estaban preparados para desempeñar sus roles con la mayor exactitud. A las 11:20 hs. la operación se puso en marcha. El walky talkie del Turco funcionó y se pudieron impartir las órdenes correspondientes. El ingreso al Banco se hizo sin problemas y mientras el Cacho se quedó vigilando a los dos agentes de seguridad, la Naty acompañó al ruso por las escaleras hasta coronar el techo del edificio; una vez allí, ella cumplió con la tarea de facilitar el ascenso del ruso a un parapeto que servía de base piramidal a la antena grande. Lo más complicado fue el acarreo de los arneses, siguiendo el método escrupuloso impuesto por el ruso, quien había numerado las diversas piezas para que la Naty siguiera, sin equivocarse, el orden serial previsto, cuando tuviera que cumplir con la tarea de alcanzarle los diferentes adminículos que componían esa vestimenta de pájaro.

Una vez que el proceso de amarre de las correas estuvo asegurado y el ruso en condiciones de saltar, la Naty le acercó el cartel que había sido minuciosamente plegado por el aeronauta, al modo de un paracaídas; “me lo entregás como si fuera una ofrenda” le insistió el ruso; agregando: “acordáte que sos muy despistada”. Mientras el ruso, desde arriba del parapeto extendía los brazos adelante y le decía: “ahora, con cuidado”, la Naty tropezó y se le desenrolló uno de los extremos del paño. El ruso miraba atónito, no podía dar crédito a semejante torpeza, y cuando pudo reaccionar, miró al cielo preguntándole a la totalidad del universo, en tono muy pausado: “¿será posible que a mí me toquen todas las boludas?”; mientras ella, sin escucharlo, recuperaba el equilibrio con un sentimiento de angustia y de hartazgo: “¡trapo de mierda y la puta madre que te parió!”.

“Tranquila”, dijo el ruso, “no toques nada”, sin percatarse de que ya era tarde. Con el propósito de arreglarlo, ella había levantado la caída del lienzo y trataba de insertarlo en el envoltorio, desarreglando aun más el borde esquinado del cartel. A modo de broche final le dio unas palmaditas al margen doblado de la tela, como si tranquilizara a un bebé o esperando que el paño tuviera conciencia, para conservar ese doblez artificial y permanecer rígido más allá del viento y de la ley de gravedad, hasta que llegara el momento de extenderse. El ruso hubiera querido lanzarse sobre ella y sacudirla del cogote para que aprendiera, de una vez por todas, que la revolución no acepta improvisaciones. Sin embargo, con una voz pausada y armoniosa le dijo: “despacio, alcanzámela en bandeja”. Ella obedeció, con lentitud para evitar cualquier accidente y al final, el ruso se hizo del trofeo.

Sonó el walkie y la voz seca e impetuosa del Turco llegaba desde algún lugar de la plaza: “qué carajo están haciendo, procedan, cambio y fuera”. Eran las 12:15 hs. Ellos no se habían dado cuenta del paso del tiempo ni escucharon las voces de los altoparlantes cuyos sonidos llegaban muy tenues por efecto de la altura.

En la plaza, el obispo oficiante elevó la hostia hacia el cielo y cuando bajó la mirada hacia los fieles, no podía creer lo que veía. Ubicados delante de él y en una fila de cuatro frente al pueblo, el gobernador y el brujo en el medio, flanqueados por la “Señora” y la joven amante del ministro, elevaban todos sus brazos al cielo mientras esta última entonaba una plegaria incomprensible y cantaba salmos con una voz chillona y desafinada. Parecía estar en trance, aunque cuidaba las formas ceremoniales. El ministro se ufanaba de la formación integral de su novia; era maestra jardinera, profesora de arte escénico y declamación, sin contar los premios que obtuvo en patinaje artístico.

El obispo permanecía paralizado, como una imagen congelada, con la hostia sostenida entre sus dedos juntos en posición de ofrenda, los ojos hipnotizados en una mirada de espanto y la boca abierta que colgaba del maxilar inferior. El sacerdote quedó sordo por los ruidos y solo veía imágenes y movimientos frenéticos en el palco, acompañados de gestos y miradas que desafiaban toda reserva de racionalidad. Cuando volvieron los sonidos pudo escuchar que el gobernador proclamaba la resurrección del General, mientras el eco de los bombos y cornetas era ensordecedor; sólo se escuchaba un retumbar repetitivo y homogéneo con resonancia de madera hueca y la tonalidad del golpe seco y quebrado en una melodía agónica.

El ruso, encaramado a la base de la antena, le pidió a la Naty que le ayudara a girar el cuerpo y, mirando de frente la plaza, elevó los brazos en cruz mientras aspiraba profundo, y con una flexión de rodillas se arrojó al vacío. A ella le pareció que la caída libre se prolongaba más de lo debido, hasta que lo vio recuperar altura y pudo apreciar la maestría con que desplegaba las alas mientras volaba de costado.

El público, en la plaza, creyó en una visión cuando advirtió el vuelo de la criatura suspendida en el aire. El éxtasis que se vivía hizo creer a los más inocentes que bajaba un ángel, pero rápidamente los guardias y sicarios confirmaron que se trataba de un atentado y se aprestaron con sus armas.

En ese momento, cuando el ruso se disponía a desplegar el cartel, sintió una ráfaga de viento cruzada que le obligó a una maniobra fatal. No pudo sostener la inclinación del ángulo correcto y se le hizo imposible recuperar altura para sortear la copa de un eucalipto que se interpuso como un destino maldito a la osadía juvenil.

Dio con todo el frente de su cuerpo extendido, incrustándose en la maraña de ramas y gajos puntiagudos, hasta quedar suspendido como una escultura absurda de un pájaro ciego encarnado en la voluntad de ascender más allá del sol. Las miradas de la multitud se fijaron en el árbol, mientras los policías y los sicarios del ministro corrían desesperadamente para acabar con ese espectáculo clandestino. Algunos llegaron a trepar sin dar alcance al cuerpo del ruso que yacía inmóvil, de pronto uno de los “culatas” alcanzó la punta del letrero y al tirar hacia abajo se desgarró torcido, dejando al descubierto solamente, la palabra “asesinos”. El ruso, como dijo después el Cacho cuando lo sepultaron con la bandera y los restos del artefacto volador, “no cayó al vacío, sino que se elevó flameando como una bandera”.