Vociferada la sentencia de muerte le cortaron la cabeza. Lo tenían arrodillado. El cuchillo iba y venía de la mano del fanático. La capucha negra, erotizada en la faena sangrienta, enérgica, levantó del pelo la máscara horrorizada. Ni una gota más de sangre. Toda yacía en el suelo. Desollado, sin más terrorismo, había quedado. 54 segundos fue todo. Después, un macabro silencio.
Si los humanos supiéramos el final el suicidio se multiplicaría. ¡Es tan duro vivir! Una suerte de vértigo y desdicha arropa la piel. La muerte campea. La vida es un abalorio. Nada está seguro. Cada despertar es un asombro, una simple expectativa, una pálida esperanza. Nacemos para participar en el juego. Algunos salen del laberinto, la mayoría se pierde. Ese es el origen de la filosofía. Un tratar de sobrevivir en el laberinto, en el abalorio. Cada cual saca sus cartas, las que cree. La mayoría de las veces la mentira sustenta la vida. La mentira por supuesto convertida en una filosofía para resistir. Insistimos, nos ilusionamos, soñamos de nuevo, abrazamos alguna fe, creemos en algo mejor mientras el juego avanza y los años pasan y los caminos del laberinto se hacen más confusos. Cada despertar es un reto, abrir los ojos en la mañana es un asombro, un batirse en la pesadilla. La existencia, entonces, se problematiza más. El futuro de la especie humana. El ideal de felicidad. El conjunto de la vida. La propuesta de cada filosofía. Y es que no da para más. Estados Unidos gobernado por un vaquero saqueador de pueblos. La ONU no tiene hasta el momento ningún cartel fijado de “SE BUSCA”. No hay recompensa tampoco. Está pues la ONU violando la tradición cuando de atrapar criminales del oeste se trata. Ni un solo poblado del mundo tiene fijado el aviso. Hay pues una total impunidad. Lo triste es que lo acompañan otros maleantes de la peligrosidad del inglés Blair. Los vaqueros hacen lo que les viene en gana.
Intervinieron Afganistán y pusieron un alguacil. Los talibanes perdieron el poder. Ben Laden exacerbó su odio contra occidente. Los ataques contra Oklahoma y las torres son parte de una larga sucesión de agresiones mutuas. Destruyeron, después, al histórico Irak, que convirtieron en un verdadero mierdero. Están aliados con los sionistas y le echan ráfagas a los palestinos. Ahora mismo están tiroteando al Líbano. Desafían a los ayatholas de Irán. Insultan a Siria. Quieren el petróleo del África Subsahariana. Acusan a todo el mundo de terrorista. Nadie puede contenerlos. Encienden odios.
Corea del Norte prepara bombas nucleares. El radicalismo islámico, igualmente macabro, invita a borrar del mapa a Israel. La expresión “Guerra Santa” traduce la estupidez. El pueblo norteamericano siente miedo por lo que hace su vaquero. El pueblo judío también. Todos tienen miedo. Todos tenemos miedo. No da para más. Imágenes de mutilados, de niños muertos, de ancianos sollozantes, de familias que huyen con cuatro mudas, de seres con hambre, arrebatados, desplazados. El terror está al rojo vivo. Las amenazas son diarias. Los insultos. Las balaceras en el oeste. Los atentados contra la inerme población civil. El irrespeto de todo. Hoy nada más, los radicales de Alá prepararon un plan para estallar veinte aviones de pasajeros, entre Inglaterra y Estados Unidos. ¡Qué horror, Alá; qué horror, Dios; qué horror, Buda! Ustedes no deben ser tan malos. Nada, absolutamente nada, justifica tanta maldad. Cuando se le rinde culto a la muerte, la poesía está sepultada. Ya olvidamos que al finalizar el siglo XX, Australia y Japón regalaron al mundo fe y esperanza, simbolizadas en millones de luces artificiales, de estrellitas de todos los colores, vistas por la televisión del mundo. ¡Qué espectáculo! Fue un testimonio, la anunciación de un nuevo día, pero, fallido. El siglo XXI no es halagüeño. El horizonte es turbio, muy turbio. Cuál derecho internacional humanitario, cuáles derechos humanos, cuál Organización de las Naciones Unidas, cuál Corte Internacional de la Haya, cuál Corte Penal contra genocidas y criminales de guerra. Cuál coexistencia pacífica.
Qué tal el silencio cómplice del juez español Baltasar Garzón, el hombre que quiere “un mundo sin miedo”. Qué tal la cobardía de Kofi Annan lamiéndole el culo a los vaqueros. Se le olvidó que nació en un poblado de Ghana, en África, y que obtuvo el Premio Nobel de Paz. Si tuviera algo de ética renunciaría a la ONU. Acaban de masacrar en Qaná, Líbano, a 37 niños, y se hace el pendejo. Igual el juez Baltasar Garzón, ese oportunista. Literalmente fueron enterrados vivos. El edificio fue hundido por la explosión. Más de mil muertos y cientos de refugiados y desplazados, la mayoría civiles, y el mundo sigue en su cómoda estancia como la muerte misma. La férula imperialista exacerba los ánimos mientras la burguesía juega póquer en áridos salones donde se renuncia a la palabra. El caos puede organizarse desde la poesía, pero ella lo ignora. Cómo recuerdo a Goethe:
“Nada sé mejor, para los domingos y días de
fiesta,
que una conversación sobre guerra y
llamamiento a las armas;
mientras que allá abajo, bien lejos, en Turquía,
los pueblos mutuamente se degüellan,
aquí estamos sentaditos a la ventana, apurando
una copita,
y contemplamos las abigarradas naves
deslizándose río abajo;
por la tarde regresamos alegres a la casa
y bendecimos la paz y los pacíficos tiempos”.
Si seguimos en este laberinto no sobreviviremos. El planeta es frágil pero los vaqueros creen que no. Ellos piensan que la bolita es eterna, que la especie es eterna, que el hombre es Dios. Cómo sufro, cómo salen de mí lágrimas. Siempre he creído en la salvación del hombre, en la reivindicación de los sueños y las esperanzas. Hoy, lo dudo.
Un mundo donde cada país tiene bombas atómicas, la avidez del capitalismo superó todo cinismo, la desnutrición sigue matando a los niños y la sed del cuerno africano a nadie le importan, es una renunciación, una ignominia, un permanecer en pecado. Es la muerte por imposición. El dolor. El exterminio. El cansancio absoluto. Es un vivir por vivir. Qué decirle a los niños del Líbano. Cómo mirar a los ancianos de ese país que vivieron ya el desangre en los años ochenta y tenían nuevas ilusiones. Qué enseñarle a las juventudes iraquíes que todo han perdido. Cómo esperanzar a las víctimas de atentados en Estados Unidos y Europa, si crecen los odios, los fanatismos religiosos y los asaltos de vaqueros. Si Dios existe con toda seguridad debe de estar pasando una de sus mayores crisis. Soy solidario. Cómo no serlo en momentos de tanta confusión. Quisiera invitarlo a un tinto.
En Colombia, es imposible acabar con las guerrillas por la vía militar. Rusia no ha podido exterminar a los chechenios. Israel no podrá con Hezbollah. Estados Unidos menos con los sunnitas de Irak o las milicias revolucionarias y fundamentalistas de Irán. Tampoco con los separatistas islámicos de Cachemira, en la India. Sólo hay una opción para terminar con tanto disparate: LA POESÍA. La poesía es fundacional.
Un cerebro relleno de jabón cree que la poesía es una estrofa, un verso. Tamaña mentira. Es lo mismo que afirmar que la literatura son los libros o esas grandes bibliotecas llenas de tomos amarillos, apolillados. ¡Jamás! La literatura es una fiesta, es vida, es entrar en un universo absolutamente encantado aunque nos ponga en cuestión. Los libros no son más que medios para llegar a ella. Esa fiesta está escondida en las palabras, en los textos, en las metáforas, en el espíritu de la línea. Si la literatura fuera un grueso libro amarillento habría excesiva fiesta. Pero no. Esa fiesta no la hacen, no la convidan, sino ciertos espíritus, que cabalgan con perfección el lomo de las palabras. La poesía es un diálogo, un ser humano, una quebrada, una luna que sonríe, un beso, un niño que arrastra su juguete, una nueva flor descubierta en la mañana, unos ojos con intensa luz, la denuncia de la injusticia. Poesía es no matar al prójimo, no robar petróleo, no acribillar la risa, no engañar, no mutilar. Nada más lejano de la poesía que un vaquero a caballo, maloliente, haciendo polvaredas, saqueando y soltando balas. La poesía es un encuentro entre los hombres, sin armas y sin trampas. Es un juego limpio sin minas quiebra pies. Es devolverle la vida a los negros marroquíes que llegan exhaustos y casi yertos a las playas azules de España. Es no contaminar el medio ambiente. Es la vida. Nadie resistiría estar aquí sin la poesía. Ella es un escudo, un yelmo, una mirada distinta. Es el abrazo del aire, el respiro del viento, el eco eterno de las olas que nos recuerda que el alma existe y la tranquilidad existe y la literatura como fiesta existe. Nada, pues, más distante de la poesía, que la fealdad de las bombas genocidas, los francotiradores, los lamentos de muerte, el llanto desesperado de los niños, los ajusticiamientos y las súplicas de una madre que levanta sus manos al cielo pidiendo la presencia urgente de Cristo. Abundan fieras con apariencia humana. Peor aun, no llegan a esa condición. Fieras como el tigre matan para sobrevivir, estos monstruos matan por matar. Son capaces de sacarle los ojos a una golondrina, a una golondrina que sólo canta, ríe y vuela. Cómo se recogen en el crepúsculo. Momento de intensa algarabía. Momento de gran emoción. No queda, pues, más alternativa que sentarnos a dialogar, a conciliar las diferencias, a rescatarnos de la muerte, a vivir en poesía. ¿Cómo, entonces, defendernos? ¿Cómo blindarnos de feroces arremetidas? ¿Cómo superar la humillación? Imposible sin poesía. Poesía para los pobres, para los niños asustados, para los desplazados, para los excluidos de todo, para los refugiados, para los que han soportado en sus almas la explosión de todo, para los mutilados, para los desterrados. ¿Para quién más? ¡Ah! Para los vaqueros y los sectarios de cualquier oficio. Puede que algún día decidan volver al reino de los cielos.