El mundo, se lamentaba el poeta chileno Gonzalo Rojas hace unos días, se ha dejado cautivar por la imagen, por el tono fácil de una narrativa pobretona y una poesía de segundo orden. Una literatura, en fin, que discurre a través de una situación en la que tanto en España como en Latinoamérica se ha perdido el “desvelo por la palabra” de los grandes como Borges, Huidobro, Vallejo o Neruda.
Los lamentos de Rojas fueron pronunciados durante el homenaje que se le celebró al autor en Cornellá, al noreste de España, en ocasión de que el Ayuntamiento local suscribiera, junto con la Fundación de Estudios Iberoamericanos que lleva el nombre del poeta, y con la Fundación Aguas de Barcelona, un convenio mediante el cual se crea el Premio de Poesía Gonzalo Rojas, que estará orientado a autores iberoamericanos noveles.
“La gente ya no sabe ni silabear el mundo; se cree que escribir es cualquier cosa, como mandar un fax”, dice el Premio Cervantes 2003, quien agrega que “no puede ser defensor de la poesía de la España contemporánea”. Un grave diagnóstico, sin duda alguna, viniendo de quien viene.
La literatura es, como se sabe, un raro espécimen que por un lado requiere del consenso de muchas personas y por el otro subsiste gracias a la subjetividad de cada una; es, pues, un objeto subjetivo. En la actualidad es harto sencillo publicar cualquier barbaridad, lo que unido al carácter subjetivo del objeto literario agrega una nueva dificultad al proceso de crecimiento del escritor. La posteridad termina recordando —o al menos confiamos en que así sea— sólo a quienes pueden agrupar en su obra cierta sustancia de “versos dados”, como definía Marina Tsvietáieva, citada por Eugenio Montejo en artículo reciente, aquellos versos que se imponen a su autor, “guían al conjunto de la composición y en cierta forma la ordenan”.
En una entrevista con Le Nouvel Observateur y reproducida este fin de semana por el diario español El País, el semiólogo Umberto Eco recuerda que, al contrario de las predicciones de ciertos sociólogos de mediados del siglo XX, la sociedad contemporánea no se ha opuesto a la letra impresa. “El ordenador e Internet han restablecido la primacía de lo escrito: el hombre-Internet es un hombre gutenbergiano”, dice Eco.
El autor de Apocalípticos e integrados también advierte, sin embargo, que la pluralidad de contenidos de Internet puede hacernos un poco idiotas. Recordando a Ireneo Funes, el memorioso borgiano, agrega que “la función de la memoria no es sólo conservar, sino también filtrar”. Internet, dice Eco, es Funes, si el usuario carece del criterio suficiente para ejercer su labor de filtrado. “Si no se es un experto es muy difícil decir si un sitio dedicado, por ejemplo, a los platillos volantes es serio o delirante”.
Quizás la espita que ha abierto la facilidad contemporánea para la reproducción de contenidos ha edificado un bosque que tenemos demasiado cerca, pero que además está demasiado tupido. Cuando Gonzalo Rojas publicó
La miseria del hombre, las condiciones para hacerse un nombre en la literatura consistían simplemente en el talento. En la actualidad no basta. Nunca como ahora fue tan cierto aquel tópico según el cual hay un escritor debajo de cada piedra, lo que hace necesario armarse de valor para elevarse sobre las copas de los árboles.