Sala de ensayo
Ilustración: John RitterDos notas sobre poesía

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

De la poesía

Es indiscutible la existencia y el rango que ocupa y ha ocupado el poetizar en la vida del hombre en todas sus épocas; sin embargo, es puesto en duda el lugar que el texto poético debe ocupar en el actual momento histórico. Poetizar es propio del hombre y el texto poético, por lo tanto, no debe temer por su existencia ya que es la vida misma de este hombre la que lo alimenta. El que para muchos ya “no exista la poesía” es más bien un indicio evidente del malestar que se percibe en el seno mismo de la cultura y que se extiende al mismo “quehacer” poético propiciado por los medios de comunicación. Se dice, por ejemplo, que “no se le presta la misma atención que cuando la educación giraba de manera primordial alrededor de los estudios clásicos y literarios”. Creo que este juicio no debe afectar la existencia misma de la poesía que es válida en sí y por sí misma aquí y en cualquier parte.

Claro está que como actividad histórica y como producto textual que emplea signos como materia prima, ha debido pasar y está pasando por diversas transformaciones en relación con las épocas en que ha surgido y con los hombres concretos que la han creado. Como es de esperar de todo desarrollo histórico, el resultado es positivo y enriquecedor para la esencia de la poesía misma. Podemos pensar, como ejemplo de esto, lo que ocurrió en la escena colombiana con la introducción de la nuevas formas modernistas a principios de siglo y los movimientos nacionalistas que se han originado bajo la fecunda influencia de las grandes figuras de la poesía.

Sobre el poetizar se han hecho diversas reflexiones en la historia. Poetizar o crear poéticamente implica y exige concentrar las fuerzas interiores cuando se trata de conjurar la realidad como es la presentida por nuestros sueños. La concentración, que para Rilke es la condición misma del hacer poético y de la captación de la belleza en formas definidas, conlleva un método de “colimador” (según la expresión de J. M. Pleynet del grupo Tel Quel), es decir, de orientar la mirada hacia un sector o nivel definido de la realidad compleja. En efecto, cuando miramos en perspectiva tratando de superar el afán cotidiano y la preocupación utilitaria al manipular lo real, se abre una dimensión nueva del mundo (de lo mirado y de su contorno) que se hace transparencia en la palabra poética. Por eso ser poeta es, fundamentalmente, crear. La creación literaria es una obra edificada sobre la obra del mundo siempre presente como lo real ya dado, horizonte de todas nuestras experiencias y posibilidades.

La poesía, como forma de enfocar lo real, como conjuración del presente para que revele su secreto (desde Aristóteles hasta Heidegger), se relaciona de una manera específica con la reflexión filosófica. Para algunos, incluso, la experiencia poética, lo mismo que la dramática, están en un plano de similitud con la experiencia filosófica. Nietzsche, por ejemplo, veía que con la tragedia era como los griegos habían llegado a lo más profundo en su identificación con los valores vitales que serían los únicos que él finalmente reconocería. El mismo hacer poético es considerado en general por los filósofos como una forma de eternización de la vida: la comunicación de hecho entre un mundo extraño, antiguo, y nosotros, nuestro mundo. En general, toda literatura es la eternización de la experiencia concreta o íntima del hombre. S. Beckett ha vuelto a hablar de experiencia dramática como experiencia metafísica: un íntimo contacto con entidades que influyen decisivamente en cada hombre y que son de su misma esencia: la muerte, la desesperación, la incomunicabilidad... (En Los Indomables, por ejemplo, uno de los personajes llega a definirse por el silencio, el que el autor mismo le da un valor metafísico: “cuando deje de hablar hablaré de mí mismo”).

Un texto poético no es un simple juego de palabras —ya lo ha advertido Heidegger— sino, por el contrario, es el lenguaje cifrado, cuyos símbolos revelan un contenido trascendental en relación con el nivel de la vida afrontado. Lo poético es la dimensión de la vida en que podemos arribar y asumir la profundidad misma de lo real, que en el contacto rutinario sólo se muestra en su ser útil, en su ser para otra cosa, o sea, en su inesencialidad. Comparto en parte esta visión actual de la poesía. El fenómeno poético que aparece ante todo en su forma material, las palabras, es un deseo manifiesto o no, de captar una intuición o una visión momentánea de una armonía escondida en la naturaleza. Para el filósofo griego, el poeta copia e imita la naturaleza y se inspira en ella (Aristóteles) y su resultado es, por tanto, una obra de arte.

El poeta trata de comunicar su íntima experiencia metafísica a los hombres con quienes convive. Le habla a su pueblo de un modo especial. Es mediador entre una realidad, que es develada sólo a unos pocos, y los hombres, que no han tenido o aún pueden desdeñar esa experiencia. De ahí que la misión del poeta, aunque escondida, sea tan importante: mantiene la fe de los otros en el valor más secreto y a la vez más olvidado de la misteriosa realidad. Les recuerda continuamente con su palabra que en el lado opuesto de esa misteriosa realidad que él se esfuerza por comunicarles está la dimensión cotidiana de la misma, pero que ésta por ser más utilizada o manejada no es la más real.

La Poesía (Dichtung, literatura) abarca todo lo artístico que hay en el hombre. Éste, por el hecho de ser una conciencia, es capaz de dichten, de poetizar. Es algo sólo propio de él, porque es el modo como acontece la verdad en la obra de arte, es decir, es la manera como el desvelamiento de la verdad ocurre en el seno de la misma obra. De ahí que la poesía (Poesie) sea el modo como sucede la verdad en la obra de arte literario. La poesía, entonces, es un modo particular que tiene el hombre que actúa como artista para acercarse al misterio en el sentido de lo indescifrable. El poeta dispone ya del lenguaje, producto cultural de un pueblo. Este lo condiciona en su dichten. En dos artículos, Hölderlin y la esencia de la poesía y El origen de la obra de arte, expone Heidegger estas ideas que es conveniente revisar como una profundización seria aunque desabrida y pesada para quienes prefieren más lo literario que lo filosófico.

Pero hagamos la pregunta que puede surgir cuando leemos un análisis como el que propone Heidegger: ¿por qué se puede decir que la poesía trata de ponernos en contacto con una verdad o mejor con una captación de algo verdadero? Por qué se puede poner la poesía al mismo nivel de la filosofía? Muchas veces podemos suponer que el poeta se encuentra en una relación con la realidad de un modo muy peculiar: es una relación onírica, casi irracional. Se cree que el poeta sólo trabaja con ilusiones, las que envuelve también con palabras cuya significación se hace difícil, gratuita, debida aparentemente a la casualidad, y por lo tanto no debe tener el mismo crédito para todos cuantos las leen. Pero recordemos que Aristóteles, sin ser poeta (declarado oficialmente como tal) muestra y teoriza lo que es el contenido o lo que pretende ser, desde el punto de vista del racionalismo griego, la obra de arte (imitación de lo real) que para Platón sólo era “sombra de una sombra”. Para Aristóteles, la poesía está entre la filosofía y la historia. Es más bien un término medio ya que es más filosófica que la historia. (Muchas veces se ha partido sólo de intuiciones para explicar lo poético, pero es la única manera de llegar a definirlo porque es inabarcable dada su sutil apariencialidad o carácter fenoménico).

Baste este sondeo para afirmar que muchos filósofos han reflexionado sobre la poesía. Es decir, han creído que la filosofía tiene mucho que ver con la literatura. Algo en lo que también insiste Heidegger es en lo referente a la poesía como fundamentación. El poeta instaura lo permanente. Lleva a su concreción lo que él cree que se debe conservar o guardar como lo más sagrado porque sus textos son “signos de los dioses” con los que el pueblo duerme más seguro. El poeta, en su intuición, en su experiencia intuitiva de una situación en la que él capta la armonía de su ser íntimo con la naturaleza, siente la necesidad de plasmar esta intuición poética por medio de la palabra, del verso, de la obra dramática. Acude al lenguaje cotidiano, producto de una historia o desarrollo del habla. Es, por tanto, heredero de una tradición estética, la que se actualiza por medio de él, escenificando desde un ángulo nuevo, la belleza eterna sumida en la euritmia del universo. Por medio pues, de esta “realización” de lo poético en la palabra y por la palabra, el poeta conserva y transmite a los otros unos signos que él ha presentido y les ha dado un nuevo sentido.

 

De la poesía II

La poesía, es ocioso decirlo, tiene muchas acepciones. Se puede decir que a lo largo de la historia de la literatura, cada autor ha tenido su propio modo de enfocarla. Pero hay algo que salta a la vista: desde Aristóteles a Heidegger, pasando por Hegel y Schelling, se ha querido ver la poesía en relación con la filosofía. Algunos han pretendido decir que la experiencia poética o dramática está casi, por no decir, en igual plano, que la experiencia metafísica. Nietzsche veía en la tragedia lo más profundo a que habían llegado los griegos en su identificación con los valores vitales que eran los únicos que él reconocía. La misma literatura era la eternización de la vida: la comunicación que se podía establecer entre un mundo antiguo y nosotros.

Con S. Beckett se ha vuelto a hablar de experiencia dramática como experiencia metafísica: un íntimo contacto con entidades que influyen decisivamente en el hombre o que son de su misma esencia como son la muerte, la desesperación, la incomunicabilidad, etc. Quiero decir, al nombrar aquí a Nietzsche y a Beckett, que lo poético no es un simple juego de palabras, como también lo advirtió Heidegger, sino que nos lleva a un plano muy profundo de lo real. (En Les Indomables de Beckett uno de los personajes llega a definirse por el silencio al que el autor le da un valor metafísico: “Cuando deje de hablar, hablaré de mí mismo”).

El fenómeno poético que aparece ante nosotros primero que todo en su forma material, las palabras, es ante todo un deseo manifiesto de captar una intuición o una visión momentánea de una armonía escondida en la naturaleza. Alguien decía que el poeta copia la naturaleza y se inspira en ella por analogía a una obra de arte. El poeta trata de comunicar su íntima experiencia metafísica a los hombres (a su pueblo): es un mediador entre una realidad, que es develada sólo a unos pocos, y los otros hombres que no tienen esa experiencia. De aquí que la misión del poeta, aunque escondida, sea tan importante: mantiene la fe de los otros en los grandes valores, les recuerda siempre que al lado de la misteriosa realidad que él les comunica, está su misma realidad, la que viven todos los días, pero no por esto es ésta la más real.

La Poesía (Dichtung, literatura) abarca todo lo artístico que hay en el hombre. Este, por el hecho de ser una conciencia, es capaz de poetizar (dichten). Es algo muy propio de él, porque es el modo como acontece la verdad en la obra de arte, es decir, es la manera como el develamiento de la verdad ocurre en el seno de la misma obra. (De ahí que la poesía, Poesie, es el modo como sucede la verdad en la obra de arte literario). Por eso la poesía es un modo muy particular que tiene el poeta de acercarse al misterio, en el sentido de lo indescifrable. El poeta ya dispone del lenguaje que es el producto cultural de un pueblo, que lo condiciona en su dichten. En los dos articulos de Heidegger: Hölderlin y la esencia de la poesía y El origen de la obra de arte están bien expuestas estas ideas.

¿Por qué se puede decir que la poesía trata de ponernos en contacto con una verdad, con una captación de algo verdadero? ¿Por qué se puede poner la poesía al mismo nivel que la filosofía? Se plantea esta pregunta porque a veces se tiene la concepción de que el poeta se encuentra en una relación con la realidad pero como en la dimensión del sueño. Se cree que el poeta sólo trabaja con ilusiones, las que envuelve con las palabras, y al que por lo tanto no debe dársele ningún crédito. Aristóteles, no siendo poeta, nos dio el contenido o lo que pretende ser el artista literario. Plantea que la poesía está entre la filosofía y la historia. Es un término medio: es más filosófica que la historia. (Se ha partido de la intuición para explicar lo poético, pero es la única manera de llegar a definirlo, porque es inabarcable dada su sutil apariencialidad, su fenomenicidad). Muchos filósofos han reflexionado sobre la poesía, es decir, no han creído que la filosofía no tenga nada que ver con la literatura.

Otra cuestión en la que también insiste Heidegger y que hay que reconocerle en este punto es la de la poesía como fundamentación. El poeta instaura lo permanente: lleva a su concreción lo que él cree que se debe conservar o guardar como lo más sagrado, porque enfrenta los “signos de los dioses” con los cuales el pueblo se va a sentir más seguro. Precisamente, el poeta en su intuición, en su experiencia intuitiva de una situación en la que él experimenta la armonía de su ser íntimo con la naturaleza, desea o siente la necesidad de concretizar su experiencia poética en la palabra. Acude al lenguaje cotidiano, producto de una historia cultural, es decir, hereda toda una cultura. Por medio de esa “realización” de lo poético en y por medio de la palabra, el poeta conserva y transmite a los otros unos “signos” que él ha presentido.

Max Bense, en su libro Estética —en el que analiza algunos puntos importantes de la estética contemporánea—, acude a Heidegger, Kafka, Hegel y aun a Aristóteles para analizar algunos factores de lo estético en nuestros días. En la evolución que de lo poético, nosotros somos espectadores, vemos cómo se va tendiendo a aquello que proclamaba Nietzsche: la experiencia metafísica. Aun el liberarse de todo un formalismo que se había admitido tradicionalmente, demuestra un deseo de llegar a lo más esencial que se debe tener en cuenta en lo poético: como intento de asir lo que parece inasible. (Hay una unidad muy profunda entre Poesía y Filosofía porque ambas tratan de abrirle al hombre la puerta al reino de la metafísica).

Algunos filósofos han intentado profundizar en lo poético. Se ha de tener en cuenta que lo fundamental es que el poeta nos pone en contacto con una realidad inasible por otros medios, misteriosa. Es decir, trata de comprender la poesía más desde su fondo mismo: llegar a lo esencial del fenómeno poético y dejar el estudio de las formas y elaboraciones lingüísticas a los eruditos o críticos literarios. Debemos ir más allá de las meras formalizaciones teóricas: no podemos tener unos conceptos rígidos sobre algo tan variable y heteróclito como es la literatura en su forma. La teoría literaria es la reunión de todas las reglas y nociones formales que se deben tener en cuenta antes de llegar a afrontar una obra literaria. Saber por ejemplo, que Macbeth es una obra dramática y no épica, aunque pueda tener, no obstante, elementos líricos o épicos. Encerraría el conocimiento de los géneros literarios, todas las clases de rima métrica, el lenguaje como condicionante de la literatura. Es decir, lo teórico que se necesita para comprender o crear una obra literaria.

En la historia literaria se trata de llegar a comprender el desarrollo o evolución de las formas y elementos de la obra literaria: cómo se han ido concretizando todos los elementos de que hoy disponemos en el transcurso del tiempo, en determinadas épocas y regiones.