Letras
A una madre biológica

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“Imagínate en un bote sobre un río, con árboles de mandarina y cielos de mermelada.
Alguien te llama, tú respondes muy despacio, una chica con ojos de calidoscopio.
Flores de celofán de amarillo y verde, como torres sobre tu cabeza.
Busca a la chica con el sol en sus ojos y ella se ha ido”.

Unos cuantos años antes de ser concebida, John Lennon describió la idea plasmada en el dibujo de su pequeño hijo Julian que coincide con la idea que tengo de ti, mi madre biológica, flotando en el cielo con diamantes, como Lucy en la canción.

Desde muy temprana edad supe que partiste de por aquí para brindarme esta vida que conozco, la existencia plena que deseaste para tu retoño no nacido aún, aunque nos costara separarnos irremediablemente.

En verdad, nunca he sentido del todo tu ausencia; eres parte de lo que soy. Sé tus nombres y apellido; con sólo mirarme al espejo, revives instantáneamente. Tengo tu cabello y tus gustos, por encima de lo dicho por un reconocido vidente peruano, alegando que las cualidades que poseo son estricta herencia de un progenitor tan elusivo como capturar la silueta visible de elfos o duendes.

Soy descendiente directa de una legítima Hija de las Flores. Apenas me preparaba para soplar la velita del primer cumpleaños cuando acabó la Guerra en Vietnam, por la que muchos jóvenes como tú protestaron sin temor a los bolillos portados por la Fuerza Pública. Crecí sin escuchar nunca a Nino Bravo ni a Crosby, Stills and Nash, así como a otros participantes de los “Tres días de Paz, Música... y Amor” de Woodstock; al Club del Clan, menos. En vez de gustarme las letras escritas por Bob-Padre (y eso que en primaria fue obligatorio aprenderme la letra de “Blowing in the wind”), suspiré por Jacob Dylan con sus espectaculares ojos azules y su grupo The Wallflowers. Su cover de “Heroes”, musicalizó un fallido intento de revivir al monstruoso Godzilla.

Mamá Luz María, así siempre te he llamado. Me llena de terror el sólo pensar que cuando vaya a tener mi propio hijo, pueda enfermar de lo mismo que tú padeciste, más que la perspectiva de que alguien pueda destrozarme el espíritu como a ti te lo destrozaron. Fui prematura por acelerada, créeme, no por tu delicada salud al momento del parto. No estuviste sola, pese a que en ese crucial instante tu clan seguramente ignoraba cuál era tu paradero. A tu lado tuviste a un amigo y a las amigas que nos acompañaron desde que pisaste esta tierra ajena a una oriunda de la ciudad musical del país. Cómo quisiera darle gracias al estrecho círculo de seres que nos hablaban en la lengua de Shakespeare, Charlotte Brönte, Mick Jagger y Jim Morrison; por apoyarte en tu decisión, por secar tus copiosas lágrimas.

Me gestaste en otro barrio lleno de casonas como en el que todavía vivo. Desde el vientre me enamoré de la Arquitectura Republicana y Colonial, por tus recorridos dentro del Centro Amurallado. Siento un dolor casi físico cuando el progreso destruye alguna de esas veneradas reliquias de incalculable valor histórico, con frialdad inhumana.

El día en que nos separamos, cuarenta y ocho horas de lluvia ininterrumpida se unieron a tu dolor; luego, al salir el sol, me dejó arropada por el calor de la familia que me estaba esperando. Al hablar de ellos, de la que ha sido y es vitaliciamente mi mamá, sólo logro adueñarme de las palabras de Louisa May Alcott, autora del primer libro de cientos de páginas que leí en la infancia: “Las personas felices no tienen historia”.

Presiento que donde estás, también eres feliz. Tu alma está tranquila, tienes la satisfacción de haber hecho lo correcto. Pusiste por encima de todo el bienestar que vislumbrabas como realidad en el futuro no tan lejano para tu bebé.

He tratado de recorrer tus pasos y tu presencia luminosa me ha acompañado en situaciones difíciles, como las que tuve que enfrentar durante la época en que, al igual que tú, estuve lejos del nido. Incluso durante aquélla, me topé por casualidad con amables extraños con tu mismo apellido, que dejaron su risueña impronta en mi memoria.

Por ti soy un poco gringa, muy indígena, algo bogotana y accidentalmente cartagenera. Ha sido una lástima que en la ciudad en que nos dimos el hasta siempre, no quedan vestigios documentales de nuestra breve convivencia. Toca conformarme con los exiguos recuerdos bastante borrosos escuchados de labios de mi abuela, los que conserva mi mamá y el testimonio de la trabajadora social que nos asistió. Ésta última aduce no acordarse de cosas que yo misma le rememoré, salvo que eras muy joven para tener un hijo, que tu cabellera era larga, tan larga como el traje que llevabas al entrar por primera vez a su oficina, porque no sabías del todo qué hacer; necesitabas que te orientaran. El mundo se te hacía añicos. Creo que ella todavía guarda ciertos secretos, en cumplimiento del celoso deber de confidencialidad que demandan asuntos tan peliagudos, propios del ejercicio de su profesión de la que hoy disfruta de un activo status de jubilada.

Soñé contigo una vez y te vi. Tan joven... ¡Lucíamos tan semejantes! Vestías una falda rosada y la camisa de flores de colores bordadas, que volvieron a usarse ahora. No entendí por qué portabas un bolso de mano elaborado con piel de cocodrilo. Te asumo defensora de los derechos de los animales, sin duda, en contra del uso de pieles en aras de ser catalogado falazmente como “fashionista”, por factores netamente económicos.

Despierta, tu imagen me inquieta. Tuve que esperar a que se cumpliera el plazo exigido por las leyes que debí aprender en V año de la carrera, para intentar saber más de ti. Hasta la fecha, he logrado esclarecer a duras penas este enigma, yo que soy un enigma en mi misma. Ese no saber a qué enfermedades se es propensa, mata de incertidumbre.

La creencia infantil de haber sido encontrada dentro del cáliz de una rosa como Pulgarcita, no me convenció. Sin sapos, topos o golondrinas, quisiera creer que aparecí como Palas Atenea, para complacer a la afición mitológica adquirida al devorar la Enciclopedia de Historia del Arte Salvat. Claro está que la historia real y mi corta estatura no hacen parte de ningún relato fantástico.

Ciertas aspirantes a Hermanastras Feas y Brujas Malvadas del Este han querido empañar tu recuerdo, afirmando con propiedad que nunca fui tuya, sino producto de alguna otra aventura de juventud del cristiano más próximo y mal parqueado. Sin necesidad de arrojarles una casa encima, su maledicencia cayó por su propio peso. Lejos de Kansas, un benévolo Mago nos concedió estar más cerca de lo imaginado, unidas perennemente.

¡Cómo me parezco a ti! Si nos colocásemos juntas, podrían decir que somos hermanas y Sarita, mi dulce amiga bailarina de diecisiete años, afirmaría fácilmente con gran credibilidad ser tu nieta; si de seguir tu ejemplo, hubiera optado por la maternidad cuando las prioridades de una mujer que da sus primeros pasos por el sendero de la adultez, debieran ser estudiar, los pretendientes y hacer castillos en el aire.

Quiero que estés tranquila, mamá, ya soy una persona hecha y derecha. Admito tener más errores que aciertos, soy impaciente y escéptica, tan incrédula que alguien me apoda “Santo Tomás de Aquino”. No todo es malo tampoco, al final del día, al quitarme el disfraz de Comedia del Arte bajo el que asisto a los juzgados, sin terminar de acostumbrarme a ser llamada “doctora”; me quedan ganas de sonreír a los míos al llegar al hogar.

Sin más compañía que la malcriada gata Felicity, sentada delante del computador escribo y pienso en ti. Tengo presente que un pariente lejano y putativo en común, fue dueño de una de las bibliotecas más grandes de Colombia. Me enviaste a una casa llena de libros y discos de música clásica, de los cuales subsisten sólo un ejemplar de una novela de Galsworthy y la banda sonora de West Side Story. Evoco a otros que comparten tu apellido, como el ministro en ciernes de gran nariz y el buen mozo autor de la radiografía del escándalo en Foncolpuertos, del que Cucho Covo no vivió para ver su desenlace.

Mi otra mamá me apoya incondicionalmente, anhela verme realizada. Sabe que no soy una moniconga que espera pescar un marido para no tener que volver a arriesgarse a romperse una uña. Quizás aguardo algo diferente.

Los misterios de combinar la genética con el azar me han dotado de una vocación sanguínea, adoptiva y obtenida por ósmosis. El querido Tío “Albe”, quien en realidad es mi primo en segundo grado, en 1980 me otorgó un espacio en su libro Imágenes- Anamorfosis, debajo de las fotos de Marlon Brando y Martin Sheen en Apocalypse Now. A partir de allí escribo y escribiendo espero hallar más pistas sobre tu destino. El mío torció su rumbo con un itinerario inesperado; hago votos porque éste resulte fructuoso para ambas.

Entrañable y omnipresente mamá, quisiera si llego a averiguar qué fue o ha sido de tu suerte, hacerte saber que estoy bien. Después de años, tropiezos, de sentarme en aulas de diversas almas máter, dominar mediana y aceptablemente dos idiomas diferentes al castellano, renunciando a tiempo a “trabajos deletéreos” que me dejaron el corazón tan contrito como al mayor de los sobrinos del hombro para llorar en el que descansé siendo adolescente. Él, arrepentido de haber sudado sangre en vano en el pasado, ya lleva kilómetros de ventaja en la esquiva trayectoria que conduce a ser un autor publicado y leído. Teniendo en cuenta todo eso, me reconozco afortunada, afortunada de ser tu primogénita; tal vez tu única hija.

Si estás viva, espero el día en el que podamos compartir con mi mamá, miles de anécdotas que no vivenciaste de cerca, al calor de un te con limón —sin crema ni leche—, un café descafeinado o una chicha de maíz, según tus preferencias; hasta que las tres riamos en una sola carcajada. No obstante, si alguien me dijera el lugar exacto de reposo de tus restos, ubicaría el nicho o túmulo para ir a honrar tu memoria, pese a no ser amiga de visitar a los muertos sino de rendir tributo a su paso por este mundo. Ten la certeza de mis infinitas gratitud y amor filial, porque sin la valentía de tu sacrificio, no escribiría las palabras que de un modo u otro sé que llegarán hasta ti.