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Poemas para la intimidad de mi destrucción

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De la residencia

Es la residencia la que te apremia, la que te enlaza a un despertar, y la que te canta con primitivos y contundentes amores. Debiera desfilar una vez más con estrellas, con mis hermanas echadas a la leña; con la memoria deslumbrada por la página. Y así, dotado de trozos inaplicables, enjutos y meridionales, debiera entregarme al dolor del aquí. Pero no ha sido fácil desarmar el paso de la corriente, ni armar el errar. He debido trabajar el temblor austral, espantar cautelosamente a las llamaradas y a las cadenciosas capturas. Cada paso mancilló a la cumbre, al eclipse del origen y al beso del hallazgo. De la misma entraña aflora la sede que me ata al punto. Cada paso, por fortuna, ha sido el fiel errar. No fue mi ciudad la más brava, la más profunda, sino mi infinita buhonería.

 

Poema para la intimidad de mi destrucción

Mi destrucción. Es el encuentro el que ha sido débil, circunstancial, de arquitectura abolida, algo hueco como para dejarnos húmedos y materiales al fondo. Del domingo pasamos a la articulación de la otredad. Y es el domingo una extensión de árboles o de tinta cotidiana. Este, el frente que enfrentamos, el hecho de espejos. Pequeñas murallas, pequeñas trampas, pequeñas piedras en la garganta. El que ha sido el camino no es el camino. (Como buscar un domicilio recorrido por angustias.) Lo que ha sido del camino: reconquista, voz, flores para mi padre, biblioteca, y otras colmenas; es todavía la lejanía. Mercado de trampa, fortuna de expatriado, es allí donde me vence el latido de mi muchedumbre: hay batalla salvo adentro-adentro; esta lejanía es mercader de la petrificación. Agua de la vértebra —sangre del costado del corazón y de la causa— te seguimos germinando: la lejanía es toda vía. Mi destrucción o la ya herida incoherencia; alero de conjugaciones, de reinos y de caderas. Volvamos a la ciudad, armemos los castillos de dátiles, cerquemos aquella sustancia. También hay tallos errantes que maduran al girar el mundo. Ahondan los linajes en la semilla.

 

Parece la vida

La vida parece acogió esta artimaña que es darte de mis manos la claridad y nombrarte con ella claramente. Comprendo, de modo justo y cabal, que hay algo inusitadamente vivo, vivísimo, en este andar que nos desangra cotidianamente; aunque marchemos de costado, y sea sólo eso. Aunque me forje en las orillas, y sea únicamente eso.

No obstante lanzaré las astillas luego de haber intentado armar con ellas el final que daba al inicio. Voy hacia la hendidura arisca aunque vayas hacia la traba más dulce, indiscutiblemente. O quizás allá ya andábamos. Es el Acullá de Punzas. Es la Estancia de Puntas. La vida lava las ruinas que nos han ido apresando, si bien cada día manchamos el revés. “Ha sido enfático el encubrimiento del ser”, tú lo has dicho. El aguijón que no sólo es cláusula. Levantaré el coraje si sacas la hebra de la valentía. Cruzaría la orilla si la pudiera nombrar. Aguijón blandísimo que parece la vida: ¡ánimo!

 

Ciudad

Caracas, asentamiento inextinguible, te sacaría de mí si pudiera. No hay nunca que me separe de ti. Aunque ellos no sean la luz. Habito tu melancolía tropical, tu pena gris y verde, nuestra incrustación tórrida de lo perenne. Permanezco en tu circunstancia de muerto pesado. Tu ir y venir ha sido mi ir y venir.