La ventana del cafetín estaba empañada por la llovizna. El coro de voces de los parroquianos se le desoía cada vez más, a intervalos que iban en paralelo con sus ganas de pasar inadvertido; y no había ya cuartilla que no hubiese leído en el periódico que pidió prestado en la barra. Por la calle iban y venían rostros cabizbajos, evadiendo la mirada al cielo, sorprendidos por la repentina caída de agua. Sorbió un poco del café, sin azúcar, enfriado por las dilatadas pausas que él tomaba entre trago y trago. Nadie parecía identificarlo, tampoco él reconoció a nadie. Lo único que le sugería un aire familiar era la copia de un Chagall —“La caída de Ícaro”—, que seguía colgado junto a la puerta. Como solía pasarle antes, hundió la mirada en el óleo, pleno de éxtasis ante el desplome del alado, en medio de la expectación de la multitud.
El trajín de la ciudad también le resultaba extraño, al menos era muy distinto un par de lustros atrás, desde el tiempo en que tuvo que marcharse. Advirtió que ya no estaba, al frente del cafetín, el pequeño hotel en el que solía quedarse cuando venía a esta ciudad. Habían demolido la casa antigua para construir una sucursal bancaria. Recordaba que más de alguna vez el dueño del hospedaje, amigo y compañero de tertulias, le permitió usar el sótano para reunirse con otros disidentes.
Se preguntó, con una inquietud muy cercana a la morbosidad, qué estaría haciendo a esa hora, apenas una semana atrás... “Probablemente, regresando al pabellón”, se dijo, imaginando la custodia de los gendarmes, después de la jornada en la granja. Aunque no podía explicárselo, aún extrañaba la rutina del encierro, y la libertad se le revelaba como un rayo deslumbrante que le impedía apreciar la forma y esencia de los objetos. Supuso que rehacer su vida no iba a ser un bocado fácil, atando cabos de aquí a allá, quizás muy afanado en juntar las piezas enmohecidas de un rompecabezas.
No daba signos de estar afligido, ni tampoco parecía contento; más allá de los extremos, asumía impávido lo que se le figuraba como un viaje a la tiniebla del pasado. Quizás por eso es que lucía retraído, más allá del vaivén cotidiano, libre de apuros, sin esperar nada sorprendente. En rigor, estaba ahí para cumplir con la visita que le prometió a ella, en la carta que envió unas semanas antes de quedar libre.
¿Llegaría ella..? Si bien no denotaba pesimismo, por ningún lado afloraba ansiedad. ¿Le habrá(n) llegado la(s) carta(s)?, ¿Viviría todavía en el mismo sitio..? o simplemente: ¿estaría aún con vida..? No le era ajeno entender que flotaban en el aire muchos presupuestos de los que pendía la consumación de la cita, por lo que la razón no le daba suficientes argumentos para mantener una esperanza muy viva. Rehusó también a la posibilidad de cerciorarse por otros medios sobre el paradero de ella. Apenas se aseguró de que el café todavía estuviera allí.
Volvió a observar tras la ventana. La lluvia amainaba, con lo que la gente empezaba a circular con más afluencia por la calle. Agradeció en su interior el gesto del mesero de limpiar los cristales. Tres niños pequeños se le aparecieron en la acera de enfrente, donde antes estaba el hotel. Al punto distinguió a una dama junto a los chicos, acompañada por un hombre de edad mediana y porte adusto. Ella volteó hacia el Café con la certeza de saber que él estaba adentro, aunque no pudiera distinguirlo. Quedó viendo hacia la ventana con una mirada... ambigua, entre satisfecha por haber cumplido a su manera la palabra, entre impotente y resignada por no poder explicar sus motivos.
Él se acercó a la ventana, aguzó la vista a través de sus lentes. No sintió nada, es decir ninguna de las sensaciones que por tanto tiempo imaginó que le sobrevendrían si la volviese a ver. Y a pesar de desconocer —no tendría por qué ni cómo saberlo— lo de los hijos y el marido, cayó en la cuenta de que era algo absolutamente normal. “Así es la vida”, se dijo para sí.
Retornó a su mesa una vez que la escena se esfumó. Terminó su café, y de pronto experimentó una sed punzante, pero declinó a la idea de pedirle agua al mesero. Pagó la cuenta y salió del lugar, sin olvidar el ramo de crisantemos que traía por si acaso. Alcanzó la Plaza Mayor, se entretuvo en la fuente unos segundos y luego buscó la vieja avenida ribeteada de acacias. Se dirigía al margen norte de la ciudad, buscando la terminal de autobuses.
Compró el boleto de regreso, aunque tendría que esperar casi una hora antes de la salida. Afuera, en la esquina de una de las calles de acceso a la terminal, un hombre, con talante extranjero, ejecutaba viejos tangos al son de un acordeón. Se sumó al puñado de personas que hicieron rueda al músico, consciente de que con esa distracción alejaba la idea, tenue, pero no por ello inocua, de querer deambular por la ciudad a ver si por casualidad se topaba con ella. El cielo se despejaba de a poco, pronto estaría oscureciendo.
—Una mano le palmeó la espalda. Agitado, se volvió.
—¡Caramba, hombre!, te dábamos por muerto —le dijo alguien a quien no identificó de momento, pese a que el sujeto lo miraba con notable familiaridad—. ¡Soy Marcos!, ex compañero de viejas luchas... Entupidas luchas, ¿no?
No contestó de inmediato; se sintió fulminado. Hubiera querido decirle traidor. Tenía la certeza de que él fue uno de sus delatores.
—Lo que perdimos por andar jugando a la política “contracorriente” —insistió el hombre, que no salía de la perplejidad al verlo—. Yo tuve que sentar cabeza. Me salí del bando, monté un negocio y... veme ahora... ni la sombra de aquel mozalbete tonto... Soy “Don Marcos”, inversionista en bienes raíces y distribuidor de licores importados... A tus órdenes...
—Ya veo.
—Y a ti... ¿qué te pasó..? Ésos del Partido no amagan... sé que te cogió la Guardia... pensé que te habían hecho picadillo...
—Casi...
—Ahora que lo pienso... escuche la otra vez que iban a dar amnistía a unos presos... ¿Tú estabas en la colada?...
—Tal vez...
—¿Qué piensas hacer ahora..?
—Ya veremos.
—Bueno... me alegro de saludarte —apresuró la despedida, al ver que el visitante no cambiaba la cara de pocos amigos. Avanzó un par de pasos, distanciándose, pero al recordar algo, se dio vuelta, y con un tono más alto de voz, apuntilló—: ¡Ah..!, supongo que ya te habrás enterado... sí, ella se casó con un funcionario municipal... No la sé ver, pero créeme, está bien... no le falta nada...
Lo vio alejarse sonriente, a pasos saltarines, con expresión campante, enfundado en un gabán negro y columpiando un diminuto maletín. Hubiera querido mostrarle un poco más de enfado, pero lo único que le despertaba aquel tipo era un profundo desdén.
“Qué extraña es la libertad”, pensó, “que ligera y desinhibida”, pero sospechaba que muy fugaz, tan pronto como se la llenaba de rutina.
Subió al autobús, desperezado, aún con el eco de los tangos grabado en sus oídos. Tomó su asiento, en la primera fila, y descorrió la cortina para llevarse la última impresión de aquella ciudad, a la que no tendría de ahora en adelante ningún motivo para regresar.
Una jovencita que venía subiendo se sentó por un momento en el asiento de atrás, sin que lo advirtiera el ex convicto. Con disimulo deslizó junto a él una pequeña caja de cartón lacrada. La muchacha salió como había entrado, satisfecha de haber cumplido con el encargo. Él estaba pensativo, con el mentón apoyado en la mano, viendo hacia la ventanilla y entretejiendo imágenes de lejana data; pero al voltear sin motivo, descubrió el paquete a su lado. Con asombro vio su nombre en el mismo, precedido por un “Gracias” en letra agrandada. Sin aspavientos abrió la caja. Algo así como una docena de cartas, abiertas todas, escritas de su puño y letra, estaban ordenadas por orden cronológico, durante los últimos diez años. En su asombro, no tuvo tiempo de averiguar quién se las había llevado hasta allí. Al escudriñar a su alrededor no encontró ningún indicio, y no intentó más. Volviendo los ojos a las cartas, se convenció de que ella las había recibido y hasta leído, pero que jamás contestó ninguna.
El autobús comenzó a salir de la terminal. Pocos pasajeros viajaban esa tarde; el asiento contiguo a él iba vacío, incidente que no le disgustó en absoluto, más bien levantó el descansabrazos que los separaba para sentirse a sus anchas. Desprevenido, la miró a ella parada en el andén, sin compañía, agitando la mano para decir adiós. Él hizo lo mismo, sin sobresaltos, tratando de borrar hasta el más leve asomo de reproche. El bus se alejó.
Llegaría cerca de la medianoche, por lo que supuso que tendría tiempo para darle vueltas a los incidentes de esa tarde. Para evitarse alguna molestia, decidió de antemano renunciar a la posibilidad de releer las cartas que de tiempo en tiempo había escrito. “No vale la pena”, masculló.
Ya en camino, abrió la ventana, y con presteza lanzó el ramo de crisantemos a la campiña que bordeaba la carretera. Cerró los ojos y tendió infinitos puentes hacia un rumbo inédito.