Letras
Siempreviva

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La sombra retorcida de La Peineta miró a la Ivette cruzar por última ocasión las aguas secas del río Turia. El antiquísimo cauce, recto como una silenciosa sierpe muerta, ofrecía una vez más aquel raro espejismo capaz de provocar la ira de Shango que desde todos los ángulos continuaba buscando a Oya mientras observaba a sus hijos resguardándose del bochorno de julio que podría acarrear, según el pronóstico del tiempo, una tronada horrenda. Al ver su Rolex falsificado, la Ivette sonrió satisfecha, pues las cosas marchaban bien. El cuerpo recién duchado en el club Habana, prefirió adentrarse en El Palleter, cuya penumbra lo resguardó inmediatamente del paroxismo callejero, exacerbado éste por la luminosidad y los efectos de la resaca colectiva provocada por el partido de fútbol ocurrido la noche anterior. Una hora más tarde, durante su acostumbrada ruta hacia el Grau, y cuando el entorno volvía a intensificarse, deseó satisfacer con churros y chocolate espeso el apetito súbito. No obstante y para ahorrar unos cuantos euros más, se abstuvo y optó por encaminarse hacia el aséptico mercado del Cabañal. Un lugar mágico donde la heterogénea clientela, después de dar un vistazo al DNI adquirido el año anterior, se mostraba perversamente complaciente. El eco de la habitual monserga de entrevistadores y entrevistados se confundía al unísono entre gritos, empujones, palabrotas y miradas de perros amariconados que denotaban profundo asco a los olores de pescado, marisco, y hacia los sanguinolentas terneras enganchadas junto a cabezas de cerdo adornadas con luengos collares de butifarra, chorizo y morcilla. Las voces provenientes de televisores y radios continuaron dispersándose entre los corredores de la nave, invadidos por enormes carros de la compra que se detenían una y otra vez ante los gritos insistentes de carniceros, pescaderas, polleras y verduleros encargados de cautivar a las interminables filas de gente del barrio:

—No sabemos si en la España contemporánea estamos capacitados para enfrentar el modelo social multicultural...

—Los chicos extranjeros toman el tren de Cercanías para pasar la tarde entre el lujo de avenidas y escaparates. Más tarde, regresan a la miseria de sus barriadas, resentidos con la sociedad que les ha abierto las puertas. Encuentran al padre fatigado y a la madre añorando la lejana patria.

—Tenemos la obligación de crear las condiciones laborales adecuadas para integrar socialmente al inmigrante. Es imperativo un diálogo entre el gobierno y empresarios. El Partido...

—No, no estamos en contra de la migración. Sólo que los queremos con papeles, regularizados. Así fuimos nosotros a trabajar al norte de Europa...

En cada visita, la Ivette encontraba una maledicencia que sólo las propinas de verdura fresca, fruta y morralla lograban paliar. Sin embargo, las bodegas perfumadas por fantasmas de la huerta atraían asimismo la inesperada presencia de sus ancestros, resguardados bajo alargadas hojas verdes de inmensos palmerales enraizados en el vientre de la cálida y húmeda arcilla nigeriana. ¡Qué fácil era opinar con argumentos que rezuman ignorancia! ¿Y los efectos del colonialismo europeo? Les habían arrebatado todo —menos el espíritu—, pensaba Ivette al cambiarse una y otra vez las impecables bragas de algodón peinado. Al mismo tiempo su memoria reproducía automáticamente la imagen de una casa lejana, enorme y abstracta, cuyos muros ensangrentados se resisten aún a la imposición de estilos de vida y lenguajes ajenos. El ritmo catártico de tambores derretía el espeso sudor asido a los rostros impregnados con aromas de vid rancia, chorizo, ajoaceite, tabaco y montones de carajillos. Al abandonar la última bodega, sonrió una vez más al imaginar a su camello, montado con ambas jorobas sobre el retrete de cualquier hotel, desovando impresionantes caramelos marroquíes. Por fortuna, reflexionó, cuento todavía con Carmencita, en cuyo establecimiento de Las Arenas solía descansar el cuerpo fatigado que emanaba aromas de la sabana mezclados con olor de gasóleo y polvo del ensanche. La firmeza natural de sus extremidades estaba aunada a un pico de oro que aseguraba los escasos y constantes ingresos que acostumbraba guardar cautelosamente dentro del forro de un canuto de piel de cordero.

Con la sonrisa a flor de labio, Carmencita se encargaba de cocinar “la compra” con la sapiencia tradicional del mejor gastrónomo gaditano.

—El secreto está en la sal, murmuraba, rozando ligeramente con sus labios la oreja de Ivette.

El caféacompañado por el generoso brandy centenario las vigorizó para alternar esa noche con algunos marineros que engalanarían —a diferencia de las anteriores— la mesa con botellas de escocés, bourbon, champán; cigalas frescas y rojos que adornarían además el arroz a banda del día siguiente. Todo dependía de ella, parecían decirle las espantosas muecas de Carmencita que acostumbraba bendecirla guiñando el ojo izquierdo y contorsionándose con un lenguaje ininteligible.

—¡Lo importante era vivir el momento! —chillábanse unos con otros, cansados –vociferaban halagüeños— de las mujerzuelas del puerto y los puticlubes.

La Ivette llegó hace quince años y, siendo casi una niña, entró por Elche, escondida en un camión que la recogió en el mismo sitio donde pereció ahogado Amílcar Barca. Tuvo suerte —le dijeron los comensales— de haberse colado antes de la gran oleada de inmigrantes de Europa oriental y Sudamérica. Para los españoles —explicaba un hombre con acento quebrantado— la presencia de africanos era casi normal. Las bromas escatológicas en torno a moros y paisas reflejan consciente e inconscientemente el reencuentro con una parte muy íntima del ser hispano. Lo llevan en la sangre, comentó la Carmencita, quien desde el primer momento que vio a Ivette, decidió adoptarla, como si fuera el hijo que los continuos abortos le habían denegado. Un mediodía, Kaduna entró a la fonda de la cual nunca se iría voluntariamente. Después de comer y haber cambiado su nombre —dizque tan difícil de pronunciar— madre e hija se fueron al cine.

Las calles de Valencia le parecieron magníficas. Se enamoró de sus monumentos: la plaza de la Virgen, la catedral, el Miguelete, las Torres de los Serranos, de Quart. Solía frecuentar la vía del Marqués de Turia y el barrio de Ruzafa. Aprendió que los señores maduros y hasta los viejos no escatiman el dinero o reputación ante la carne joven y prieta. Las viejas jamonas sentían celos horribles que las condenaban a dietas ridículas y al rezo consuetudinario ante la Mare de Déu y el brazo de San Vicente Mártir. Hoy en día, los pasillos de la catedral de Valencia y el Santo Cáliz continúan resguardando a señoras que en absoluto silencio y sin conocerse comulgan el bochorno respectivo.

El propietario de una de las maquilas ilegales donde Kaduna trabajó, le propuso fugarse juntos. Quedaron de verse en la Renfe, y huyeron a Madrid. Durante el trayecto se apalabraron: él sería el viudo valenciano y ella el ama de llaves. Situación que les convino ante el qué dirán, pues en una ciudad como Madrid, la presencia de servidumbre africana no causaría sospecha en torno a la relación anómala. El soliloquio del voluptuoso carcamal evocaba escenas arrancadas de Moratín o Galdós. Al fin y al cabo —aseveraba el improvisado y tardío don Juan— ¡para tres o cuatro días que tenemos! Cerraba los ojos para regresar y adentrarse en la Valencia de 1950. ¡Era Leonor!, aquella dama fina, rica; la jovencita con cintura de avispa y espléndidos tobillos aterciopelados que motivaron el haber engendrado a los cuatro hijos causantes de las estrías y adiposidades contenidas por la enorme faja acostumbrada ahora a los resistentes bancos de iglesia. Todo el ardor otoñal menguó en algunos meses de placer unilateral que precipitaron al antiguo patrón al borde de la locura y la muerte. Sin haberlo imaginado, el hijo pródigo terminaría sus días internado en Las Hermanitas de La Malvarrosa. Doña Tobillos y sus hijos, deseosos de poseer la cuantiosa herencia de dinero negro producto del arduo trabajo de andaluzas y murcianas, no escatimaron recursos para confinar al Don Juan Tenorio. La Ivette sólo se quedó con el pasaje de clase turista a Valencia, y cien mil pesetas que le ayudaron a contentarse con la Carmencita.

La gaditana fue bella en su juventud. Poseía un donaire que hacía de ella una mujer muy maja y hasta apetecible entre los comensales más jóvenes e inexpertos que, gracias al efecto del alcohol y las prolongadas travesías, toleraban en un estado semiconsciente la flacidez de la carne agraciada por el paliqueo sin ton ni son. Que si te gusta la feria de Cocentaina o prefieres la de Xàtiva. Esa es más guay. ¡Pero cariño! Los bocadillos de cepia, calamar, el blanco y negro... La paella sólo de verdura, pollo y conejo; arroz a la marinera, arroz negro. ¿La fidegua? ¡Estos chipirones son una maravilla! Los días de quincena, sólo los más íntimos, compartían en los lavabos uno o dos gramos de cocaína que contribuían a engrandecer la unidad aparente de la tertulia.

Era plena madrugada cuando la Ivette alardeó —ya un poco embriagada y en un español perfecto—, despatarrada, sujetando con ambas manos su flor ante los disímiles rostros curtidos por la sal fría y el bourbon:

—Algún día seré el amo de un precioso chalet en Cádiz, frente al mar.

Carcajadas mudas, hirientes; borrachas de envidia, lujuria e impotencia revolotearon en la oquedad de los pensamientos y sonrisas de aquellos ángeles rebelados que en unos instantes transformaron las llamas en rescoldos lánguidos, los cuales fueron sofocados por el hálito del amanecer.

Ambas miradas, petrificadas por la ausencia del alma, parecían admirar embelesadas el oleaje azul y diáfano del Mediterráneo. Cerca de las Columnas de Hércules y del lugar por donde incursionaron los fenicios, las encontró una patera repleta de jóvenes marroquíes que, a pesar de la hipotermia y el desagradable incidente, continuaban coqueteando con las pasajeras subsaharianas. A primera vista y a causa del resplandor que prosiguió a la inesperada tempestad de truenos acompañados por relámpagos, Ivette y la Carmencita daban la impresión de ser dos hermosos atunes decorados con moños de alga. El tiempo de los charnegos había quedado muy atrás. Se perdía para siempre entre los chistes que se cuentan del Grau a La Malvarrosa.