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Relato 1

Era él, estaba totalmente convencido de que todo lo que respiraba, a su alrededor, era su propio sudor. Le olía a azufre, importado desde el mismísimo infierno, pero lo que más le preocupaba, lo que realmente lo confundía, era que necesitaba con urgencia seguir sintiendo el aroma repugnante de su carne.

Se sabía infestado de plagas, vértigos somnolientos y silencios repletos de instantes viciosos por los temores de la muerte.

Las horas de su existencia estaban rodeadas por seres invisibles, caníbales, sedientos de los más viles espacios de su sangre. Deseaba arrancar las sombras de sus sueños, ansiaba derrotar los fantasmas que habitaban sus ojos, sentía la terrible necesidad de saberse solo en el mundo que había invadido a través de las manos de un ciego, pero ni el vértigo, ni la ausencia del silencio, le permitían escapar de las palabras de la noche.

Pensaba, perdía su poco tiempo estudiando la forma de terminar los aburridos sueños del cuerpo que poseía, siempre se repetía que no seguiría viviendo de esos sueños, pero siempre regresaba, volvía una y otra vez al mismo hueco, repleto de fragancias débiles, rabias absurdas, grises melancólicos y esperas bruscamente ásperas, todas carcomidas por una soledad pestilente y atadas al filo de su conciencia de lo no permitido por su memoria.

Sufría lo indecible, sentía miles de látigos azotando las miserias de su lengua, siempre trataba de huir del acoso de gritos que rasgaban sus oídos. Recordaba las tempestades que rodeaban su infancia, dolores indescriptibles, todo heredado por el frío y las angustias de su breve dormir.

Tenía el poder de terminar felizmente su estropeadísima forma de vida, con solamente morderse un meñique, mientras abría un ojo y con un libro de algún poeta venezolano se acabaría todo, pero tenía unos problemas mucho más grandes, le resultaba muy difícil morderse un dedo porque no tenía dientes, otro de sus inconvenientes era el no poder abrir un ojo porque ambos eran de vidrio y lo peor de todo era no poder poseer algún libro porque era un simple y pobre ermitaño.

Al fin pudo recobrar una pequeña parte de su conciencia, se vio obligado a hacer un último intento para recordar cómo había llegado a esa fantasía inundada de sombras frías. Cuando escuchó su último suspiro, se dio cuenta de que estaba viviendo toda su realidad en otro ser, había muerto, se había despertado en un abismo lleno de sus propios recuerdos, insomnios y deseos de muerte.

 

Relato 2

La muerte se había llevado su conciencia. Le dejó vivir para que sirviera de “vivo” ejemplo ante los seres que lo rodeaban, para que supieran que el que apuesta contra ella, siempre termina escribiendo sobre la locura que deja en el lugar de la memoria.

Esperaba un día caluroso para poder enfrentarse una vez con la muerte, para recuperar su cordura, pero ella sabía que él no podría vencerla, él no tenía nada que ofrecer porque lo había perdido todo, lo único que le quedaba era un frasco, su cuerpo, con un poco de aire y ansias de volver a sentir los sueños.

Volaba entre frías imágenes, sombras infinitamente profundas y el silencio escalofriante que se escondía en el absurdo arte de sus nostalgias.

Escribía únicamente lo que sus fantasmas le permitían. Sus horas eran absorbidas por la impaciencia, la ansiada y repetida sed de venganza y los pocos reflejos de sol.

Había voces que decían que no hablara, que no retara a la muerte a llevarse sus ruinas, pero él insistía y repetía que le ganaría, nadie le creía. Los seres más osados no podían creer lo que escuchaban, el solo hecho de llamar a la muerte les causaba escalofríos, les ponía los pelos de punta, se imaginaban que ella escucharía al aventurero y por culpa de éste todos perderían sus almas, pero fue lo contrario. La muerte al fin decidió presentarse en el lugar de batalla, todos se escondían y trataban de no escuchar los lamentos y maldiciones que salían de su bata negra. La muerte traía un contrato para su retador, algo así como un “negocio redondo”; ella le proponía al arriesgado aventurero regresarle todo lo que por ley había conseguido llevarse, pero a cambio, él tendría que llevarle a ella el alma de una poeta no mayor de 23 años, tres cabellos de un escritor de cuentos que no llegase a los 52 años y los dedos de la mano izquierda de alguien que mencionara la palabra “extravío” en sus emotivos escritos, cosa que era muy arriesgada porque divulgaría el escondite de los únicos seres que toleraban su locura.

 

Relato 3

Creía que viviría en paz, pensó que finalmente las voces que habitaban en su conciencia se habían extinguido.

Erradamente, sentía que una soledad infinita y hueca que invadía sus ojos, sus manos y hasta su boca. Tenía la terrible sensación de que un espacio inerte se apoderaba velozmente de la poca locura que tenía para sobrevivir en la noche.

Sus quejidos se escuchaban hasta en el mundo de Morfeo, ya estaba a punto de lanzarse al vacío permanente y oscuro del olvido, pero algo borró su desespero, una extraña voz le susurró a su desmemoriada memoria que no podía matar los breves recuerdos que soportaban su humilde respiración, que debía esperar el retorno de la luna para curar sus lamentos  y aburridos vértigos guardados bajo su carne.

Entonces esperó. Esperó y esperó sin más. El tiempo le cruzaba por los ojos; sin ver, sin oír, sin andar, esperó que la luna asomara entre los árboles, los samanes desfiguraban el día. Las estrellas fueron apareciendo lentamente en el horizonte. La luz del sol se encogía y ocultaba detrás de los montes. Él, continuaba esperando. Sólo el brillo de la luna podía devolverle la esencia de su existencia efímera.

Aguardó con paciencia, primero; luego con calma, al rato la preocupación iba subiendo por su espalda; su respiración se agitaba, sus labios temblaban, la paciencia desaparecía frente al temor, el miedo y el desespero se apoderaron de su cuerpo. La luna no saldría esa noche, tampoco las siguientes. Ella se había fugado hacia otro espacio del universo.

Entonces, el hombre, ya al borde de la cordura, comprendió que su vida estaba destinada a no ser.

Alzó las manos sobre su rostro, presionó el botón de auto-liquidación y sin recibir respuesta, recordó que hacía ya muchos años su mundo había comenzado a ser una copia del caos apocalíptico. Él, como androide, estaba destinado a la eternidad.