Letras
La guerra

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A los 17 años tomé un arma de fuego por primera vez en mi vida y le disparé a un hombre. No puedo decir que me arrepiento al recordar el odio ardiendo en sus ojos mientras su machete desgarraba el aire, buscándome. La bala apenas le hizo un agujero entre sus cejas, pero su cráneo explotó en mil pedazos, lanzado hueso, sangre y sesos que se regaron hasta dos metros detrás de él. En ese momento no sentí asco, ni miedo, ni pena; nada.

Me acerqué a su cuerpo y le quité el enorme anillo de oro del dedo; la única posesión valiosa que el ahora muerto cargaba sobre su persona. El anillo cayó dentro de mi bolsillo sin ningún miramiento. A lo lejos, alguien llamaba a la retirada, gritándome y moviendo los brazos de arriba abajo. Regresé a la carpa donde los cobardes líderes antirrevolucionarios se quedaban a “supervisar” los ataques.

Cambié el rifle por un billete de cien pesos. No mucho, pero lo necesitaba con urgencia o mis hermanitas pasarían un día más sin comer. La guerra no me dejó opción. Regresé a mi casa apretando el billete teñido de sangre entre mis dedos.

Me detuve al pasar frente a la puerta de la vecina. La veía dar vueltas en la cocina, mientras un bebé lloraba en algún lugar de la diminuta casa. Me acerqué a la puerta pero me faltó valor para golpearla. La vecina me saludó, sonriéndome desde el otro lado de la ventana. Le devolví el saludo, pero no la sonrisa.

Me agaché y, tras decir una corta oración, deposité el anillo de oro de su marido sobre el tapete antes de regresar a mi casa.