Letras
Lo que no esperas

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Capítulo 1: I.S.

Yo no esperaba estar muerto. De verdad. Me han puesto una sábana encima para archivarme en una sala deprimente. Me llamo Íñigo Isastu y soy consultor de medios en una agencia de publicidad. O lo era.

 

Me levanto a las seis y comienzo a preparar el trabajo del día, a las siete despierto a los niños, a las ocho cero cinco salgo con ellos en el coche y los deposito en el colegio. Rápido voy a la estación, abandono el coche en el parking disuasorio, espero el tren de las ocho quince que me dejará en Chamartin a las ocho cincuenta, voy a la agencia, descargo el portátil sobre la mesa y paso el trabajo de la noche al fijo. Entonces empieza todo lo demás.

 

Odio a los conductores de tren. Cuando estaban en huelga planifiqué la jornada cogiendo el coche, pero ahora ya no hay huelga. Ahora ellos siguen cobrando lo mismo pero trabajan mal para presionar a sus jefes: detienen los trenes, hacen revisiones absurdas y en definitiva llegan cuarenta minutos tarde a la estación para llegar noventa y tres minutos tarde a mi destino, pero no hay huelga.

Les necesito, ese es el problema. Preciso llegar a las nueve a la oficina. Sólo diez minutos después de Alejandro Montanares, ese chico tan competitivo, tan racional y productivo, con esas ideas tan geniales. Formamos un buen equipo: él pronto y yo tarde, él recién duchado y yo sudando, él sin prisa y yo revisando la agenda. “Puedo hacerlo todo”, le dije al director. “Todo es organizarse”. Pero no, no puedo. Estoy sentado en un andén perdido en las afueras de Madrid con trescientas personas más esperando un tren que no llega. Todo porque un conductor ha decidido que le tienen que aumentar el sueldo a costa de poner en riesgo el mío. He pagado mi billete y tengo derecho. “Vaya a protestar a casa de su jefe”, le dije. “Yo soy quien le pago. Arranque este maldito tren de una vez”.

 

La única forma de hacer un trabajo es realizarlo lo mejor posible. Yo lo pienso así, tienes que dar todo, planificar todo y disciplinarte para cumplirlo. Lo del tren ha sido una estupidez, pero no es fácil convivir con la autocomplacencia de los demás. ¿Le darán mi despacho a Monatanares?

 

Capítulo 2: M.G.

Yo no esperaba estar acusado de asesinato. Me han encerrado en un calabozo con una pequeña jarra de plástico blanco llena de agua. Me llamo Mariano Gutiérrez, soy conductor de tren y asesino en ratos libres, por lo que parece, al menos eso piensan ellos. Es todo mentira.

Todos los días me siento a la cabeza de un enrome tren de cercanías para llevarlo del Escorial a Guadalajara, de Guadalajara al Escorial. Todos los días lo mismo. Realmente no sé si me lleva él o lo llevo yo, ¿importa eso? Entre un punto y otro de mi recorrido hay más de veintiséis estaciones hambrientas de pasajeros. Ciudades que necesitan echar gente y recibirla, así lo veo yo. Me dedico a fecundar ciudades, sistemáticamente, con violencia. Penetro en ellas con más de cien ruidosos metros de hierro a sesenta kilómetros por hora, escupo mi carga de pequeños y atareados seres humanos sobre su estación y vuelvo a marcharme dejando la ciudad aliviada hasta dentro de dos horas. No puedo girar a derecha o izquierda, sólo puedo aumentar o disminuir la marcha, frenar o continuar, sentarme o seguir sentado. Mi jefe dice que algún día los trenes se conducirán solos (prácticamente ya lo hacen), pero que por ahora no es viable por la gente: a los viajeros les gusta pensar que alguien conduce el tren. Vaya estupidez, si supieran cómo les odio. Últimamente odio a todo el mundo, es algo de lo que me di cuenta cuando conducía autobuses. Yo tenía el número 2 y un problema de vejiga. El médico del seguro me dijo que no bebiera tanta agua pero, ¡coño! ¡me deshidrataba! En la ultima parada me encontraba con una fila enorme de gente esperando: descargaba pasajeros, cerraba el autobús y me iba al bar más cercano a orinar. La gente que esperaba en la fila me miraba con odio pensando que iba a tomar café. ¿Qué podía hacer? ¿Explicar que iba a mear? Los camareros del bar me miraban mal por no consumir nada, los viajeros por hacerles esperar, los perros me ladran sin motivo porque soy muy corpulento y abulto el doble que sus dueños. Pues eso, ahí empecé a saber por qué odiaba a la gente. Antes les odiaba igual, pero no sabía la razón, el motivo es que son una peña chunga, muy chunga.

Me han detenido varias veces por meterme en líos, es cierto, pero no es culpa mía. El problema es que cuando yo me peleo apenas recibo ningún golpe. Mucha gente me ha comentado que debería ser boxeador, el inconveniente es que los boxeadores son de la poca peña que me caen bien. Si los contrincantes fueran viajeros de autobús pelearía gratis con todos ellos, pero eso no se lo he soltado a la policía. Ellos dicen que tienen más de veinte tipos dispuestos a declarar que discutí con el muerto, que los gritos fueron subiendo de tono hasta llegar a proferir amenazas. No sé qué es proferir, pero sí, le dije que o salía de mi zona o le daba una ostia que lo mandaba a Villalba, luego el tío siguió y siguió con su traje oscuro y su burlona corbata de seda bailando bajo sus insultos: brillaba mucho, tanto como el sudor que me caía por la frente, como sus ojos. Le avisé que se fuera, que le iba a partir la cabeza, ¿qué podía hacer? Luego se fue y me quedé muy jodido por no haberlo hecho. Yo no le seguí, joder, ¡ese juez debería creerme! Si ese juez fuera boxeador me gustaría abrirle la cabeza también a él.

 

Capítulo 3: A.L.

Yo no esperaba encontrarle en medio del descampado. Mi padre me ha advertido miles de veces (de verdad, lo repite dos o tres veces todos los días), que no lo suelte, que es peligroso, que faltan no sé qué papeles. Mi perro se llama Roko y es un rottweiler negro con manchas. Yo me llamo Antonio y soy un alumno del colegio San Patricio. He sacado un siete en matemáticas, la primera vez en mi vida que ocurre algo así.

 

Me había llamado veinte minutos antes: iba a ir con sus amigas al centro comercial. Natalia tiene las piernas más largas de todas las chicas del cole, o la falda más corta, o tal vez las dos cosas. Cuando la veo con su uniforme me entran ganas de estudiar mucho, todo a su lado, cualquier cosa.

Tenía que sacar a Roko, pero si me iba hasta el encinar no iba a llegar a tiempo, por eso me quedé cerca de la estación, por eso le solté, para que hiciera pis de una vez y poder volver a casa. Entonces Roko se lanzó contra aquel arbusto detrás del cual había un hombre, uno que corría mucho con un maletín oscuro, uno que desapareció de mi vista sin decir nada, con un golpe seco, como de muchos papeles que golpean al caer sobre una mesa.

Encontré a Roko babeando justo en el borde, dos metros por encima del cuerpo. Se veían piedras muy grandes y blancas marcando la silueta de un traje oscuro. Había sangre y Roko miraba satisfecho.

 

Debía contárselo a mi padre, él sabría qué hacer: ¿matarme? Debía estudiar, debía obtener notas, debía aprobar el examen de inglés de la academia. No debía sacar a Roko cerca de la estación, no debía soltar la correa, no debía mentir, tampoco contar la verdad; no si incluía haber matado a alguien. No creo que pueda vivir con esto, mi foto aparecerá en los periódicos. Fue un accidente. Lo juro. Esto es una pesadilla.

 

Capítulo 4: S.L.

Yo no esperaba que se agriase el coñac. Se supone que prospera con el tiempo, que por un precio de cincuenta euros la botella es razonable esperar cierta calidad. Me llamo Sebastián Linares y soy juez. Me gusta tomar una copa de coñac saboreando el aroma de un buen puro habano al final del día sentado en el porche. Creo que lo merezco.

 

Reconozco que me da miedo esa gente, los otros, prácticamente todos los demás. He visto tantas cosas. Sé con qué rapidez aparece la sangre en medio de esta existencia extraña; afortunadamente, mi vida discurre por otros caminos. Un tipo ha discutido con un conductor de cercanías con motivo de la huelga de celo, apenas disimulada, que están llevando a cabo durante toda la semana los conductores. Por la tarde vuelven a encontrarse y repiten la discusión al llegar a la estación de Las Rozas una hora y media más tarde de lo habitual. El tipo abandona el tren y se pierde en el descampado que hay junto a la estación. El conductor, según el testimonio de varios viajeros indignados, abandona su puesto y vuelve a aparecer varios minutos después (con la remota excusa de haber ido al baño por un apuro prostático). Tres horas más tarde es encontrado el cadáver. El forense cifra la hora de la muerte nada más salir del tren. Nadie ha visto nada en el descampado. La causa del fallecimiento está clara: caída desde una altura de dos metros y treinta centímetros sobre un cúmulo de piedras desechadas de la última obra de la estación. No hay señales de violencia ajenas al golpe de la caída.

 

Debería haber comprado dos botellas. Ahora tendré que conformarme con una ginebra para acompañar el sabor del puro. ¿A quién le gusta la ginebra? A mí, desde luego, no. Pero una ligera dosis de alcohol me auxilia a la hora de conciliar el sueño. Llevo una vida muy tranquila, de usía y excelencia, como dice mi mujer. Tengo mucha suerte y me genera un extraño cosquilleo reparar en la gente que no la tiene, la cantidad de personas desahuciadas que no se benefician de lo que algunos privilegiados pensamos que es la vida. Todos acaban apareciendo ante mí tarde o temprano, muertos o acusados, desahuciados o heridos, agitando los brazos dentro de su propia desdicha. No dejaré que ninguna circunstancia extraña pueda perturbar mi sentido de la vida. Mi nombre aparece en todas las quinielas como opción firme para formar parte del gran tribunal. Excelente. Compraré una caja entera de botellas de coñac para celebrarlo, no de cincuenta euros, de cien. Tal vez debería adquirir alguna propiedad en la costa. Me gusta mi vida.

 

Puede haber bastado un empujón. Por el aspecto del acusado yo diría que no necesita acercarse a nadie para matarlo. Ciento treinta kilos bien colocados con la mirada precisa pueden inducir a cualquiera a saltar o correr. Al menos el puro es excelente: buen tiro, soberbia combustión, sabor con recuerdos de vainilla y madera. Lástima no disponer de un buen coñac para acompañarlo. En un mundo más razonable uno podría esperar que la gente no se matase en las estaciones y el coñac de cincuenta euros no se convirtiese en vinagre. Eso pienso yo.

 

Cap 5: R.

Yo no esperaba un tipo con bata blanca armado con una inyección letal. Desde antes de nacer mis genes se entrenaron para guardar el territorio: luchar y vencer sin desfallecer ni dar muestras de dolor: ese soy yo, ese es Roko.

 

Llevo un collar con dos púas en la parte interior. Cuando trato de correr las puntas se clavan en mi cuello desgarrándome la piel, pero no me intimida, es un regalo de mis amos. El otro es dejarme perseguir algún conejo cuando paseamos temprano por el encinar.

La gente sale alborotada de la estación y me miran a través de la verja cuando pasan frente a la casa. Son como un ejército. Se ríen porque estoy enjaulado ladrando y no puedo llegar hasta ellos. Tienen miedo, por eso pasan tan rápido, y hacen bien.

Me gusta correr bajo la lluvia y pelearme con otros perros, ¿quiénes se creen que son para venir a mi territorio? Siento que me estoy durmiendo, poco a poco, con un embriagador olor a vainilla y madera en el aire, como cuando mi amo se sienta en el porche al final del día con una enorme copa y un puro humeante entre los dedos, mientras yo permanezco firme, orgulloso y tranquilo, tumbado a sus pies.