Editorial
Pamuk contra los polos

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Es natural que un galardón de la estatura del premio Nobel de Literatura genere polémicas. Cada año por estas fechas, medios de comunicación de todo el planeta discuten sobre los méritos del ganador y no pocos creen identificar en la política las razones que ha tenido la Academia Sueca para tomar su decisión, sea ésta cual sea. No puede ser Orhan Pamuk, con su historial contestatario, una excepción.

En febrero de 2005, Pamuk lanzó, durante una entrevista hecha por la publicación suiza Tages-Anzeiger, su famosa declaración: “Un millón de armenios y treinta mil kurdos fueron asesinados en estas tierras y nadie, excepto yo, se atreve a hablar del tema”. Se refería Pamuk a una masacre que empezó en 1915, en los últimos años del Imperio Otomano. En Turquía se asegura que tal genocidio jamás ocurrió: a mediados de este año, el historiador turco Arslan Terzioglu, quien ha dedicado treinta años de su vida a estudiar el período histórico al que hizo referencia Pamuk, declaró que en el último siglo “no se ha encontrado ningún documento que pruebe que los turcos cometieron genocidio”.

El 16 de diciembre de 2005, Pamuk debía enfrentarse a un juicio por sus espinosas declaraciones, pero el mismo fue aplazado hasta enero de este año y por último fue suspendido, escurriéndose así el escritor a una pena de seis meses a tres años por “insultar deliberadamente la identidad nacional”, delito tipificado en el nuevo código penal turco, cuyo artículo 301 prohíbe “insultar la identidad turca, el parlamento o cualquier otro órgano estatal”. Pamuk, quien aparte de la persecución judicial tuvo que enfrentarse a amenazas de muerte, persecución y hasta una petición para que sus libros fueran incinerados, no estaría solo en tal trance: existe más de medio centenar de escritores y editores turcos sobre cuyas cabezas pesan acusaciones similares.

El proceso ya había llamado la atención de la comunidad literaria internacional y, en diciembre de 2005, un comunicado firmado por un grupo de autores de amplio renombre exigía el cese de lo que calificaban como un juicio “incompatible con un estado de derecho”. Entre las firmas se hallaban las de Umberto Eco, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, John Updike y Mario Vargas Llosa, además de los ganadores del premio Nobel José Saramago, Gabriel García Márquez y Günter Grass. En la misma tónica, el otorgamiento, hace un año, del Premio de la Paz de los libreros alemanes al autor de Nieve, se constituía en un claro respaldo.

Pero Pamuk no es sólo un crítico ácido de la realidad cultural e histórica de su país. A la par de su sólida obra —que ha llevado a muchos a expresar la percepción de que el Nobel de este año recupera el prestigio de la Academia Sueca—, defiende la existencia de puntos de encuentro entre Oriente y Occidente, en contraposición con la idea de que éstos son dos polos culturales y, además, opuestos —una teoría que, advierte, ha sido corresponsable “de la muerte de muchas personas”. Y, así como reconoce que ambos mundos han incidido en la construcción de Turquía, señala que “el hecho de que no se hable mucho del mundo tradicional, de la cultura otomana, no quiere decir que no exista”.

Por todo ello, el secretario permanente de la Academia Sueca, Horace Engdahl, nuevamente este año ha debido salir en defensa de la concesión del Nobel al escritor turco. Una defensa que consideramos innecesaria desde el punto de vista estrictamente literario, pero que no ha podido evadir un organismo sobre el cual recaen cada año todas las miradas, en una historia de acusaciones, sospechas y recriminaciones directas que Engdahl ha sabido resumir en una frase lapidaria: “No recuerdo un solo Nobel que no haya levantado críticas y discusiones”.