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Superstición

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...de la causa 1063/0669. Archivo de casos no resueltos. Tribunal Eclesiástico. Provincia Lenca. Virreynato Maya. Nva. España. Vigésimo noveno día. Ultimo año. Segundo milenio del Señor.

Querida Andrea:

Soy Séptimus. Vivo con mi familia en una mansión construida por mis antepasados, quienes llegaron a América a principios de la Colonia, donde noche tras noche aúlla el viento y gimen los muertos. Es grande; estilo gótico. Las paredes están pintadas de blanco hueso y tiene muchos corredores, cuartos y pasillos. Yace enclavada junto al cementerio del pueblo. Forma parte de una hacienda de cientos de hectáreas donde antaño había oro, plata, carbón, gas en estado natural y otros minerales cuyo nombre desconozco. Soy el séptimo hijo del séptimo hijo del séptimo hijo de una familia que cree en todo, incluso en el amor. Nací a los siete minutos de la séptima hora del día siete del séptimo mes de un año cuyas últimas dos cifras son un múltiplo de siete. Pero no debo a ello mi nombre. Tiene que ver más bien con la tradición supersticiosa de mis antecesores. Creen que el séptimo hijo de la familia nace con poderes especiales. —Cura por medio del tacto, tiene doble vista y predice el futuro —argumentan convencidos.

No tengo poderes especiales, ni cosa que se le parezca. Sin embargo, llegué al mundo con los pies hacia delante, sin más cobijo que el manto, luego de que lloré en el vientre de mi madre, y la llamé por su nombre y apellido en el momento en que nací. Puedo también hablar con los muertos. A través de ellos me enteré de que mi padre iba a morir. Especificaron el día y la hora; lo que no dijeron es que ocurriría de manera tan estúpida. Murió por un mal trago en la epidemia metílica que acabó con cientos de inocentes en menos de dos semanas.

Contrario a lo que creíamos, con su deceso nuestros problemas apenas comenzaban. Aún lo llorábamos cuando nos dejó la abuela. Se marchó un domingo al atardecer sin decirnos que se iba. La encontramos tirada sobre la cama con los brazos en cruz y una mirada apacible en el rostro. De lejos parecía como si durmiera profundamente; como si tuviera un sueño hermoso del cual no quisiera despertar. Aunque la bautizaron cuando pequeña, y su cadáver no mostraba signo alguno de violencia, la ignorancia ancestral pudo más que la ciencia médica. —Murió porque, el día del entierro, al hijo lo sacaron de la casa con la cabeza hacia adelante —fue el veredicto de todos. No obstante, pese a que en ese momento comenzaron los exorcismos, los sucesos acaecidos días después contradijeron las expectativas. Falleció mi madre. Nunca supimos la causa. Más tarde alguien dijo que siete noches antes, cuando cantó una Aurora, ella no se santiguó.

Por demás inevitable, al par que creció el número de muertos aumentaron las habladurías. En busca de una explicación racional a la trágica racha que nos asolaba, la gente del pueblo inventó cada cosa. Las comadronas atestiguaron que la vieron bostezar sin taparse la boca; que asistió al entierro de mi padre y de mi abuela sin vestirse de negro y cubrirse la cara; que colocaba de manera descuidada sus zapatos sobre la mesa del comedor; que puso la Palabra de Dios en el mismo banco donde se sentaba a tejer cubiertas para almohadas; que cuando servía unos tamales durante el funeral de mi padre, el cuchillo la señaló a ella; y lo más serio aun, que el día de su muerte, mientras encendía el fuego, la lumbre proyectó su sombra sin cabeza sobre la pared de la cocina y no se exorcizó.

Con su partida también creció el temor. Mi hermana mayor, quien nació un veintinueve de febrero y pensaba casarse en el Día de los Muertos, pospuso su boda, y, desolada porque había de esperar por otro año bisiesto, dejó la casa una mañana. Fue su perdición. En cuanto salió a la calle, los relojes de dos iglesias del pueblo anunciaron la hora, simultáneamente. Falleció junto a su novio tres semanas después. La explicación lógica que dieron a su muerte fue la falla en el rodaje del coche en que viajaban. A todos, incluido el sacerdote, convenció la diatriba. Respecto de mí, quién sabe.

En cuanto ella faltó pasé de la tristeza a la desolación. Los segundos se trocaron en minutos, los minutos en horas, las horas en días, los días en meses, los meses en años, y los años en centurias. La echaba en falta. Extrañaba su voz y su compañía, su felicidad y su risa. Era quien más me quería. Cuidó de mí cuando pequeño, me acompañó a la escuela cada mañana, estudió conmigo las lecciones de historia, matemáticas, arte, filosofía y religión, y rezó y veló junto a mi cabecera en las noches de fiebres. Horas después de su sepelio me invadió el desaliento. Ambulaba por la casa haciendo sin hacer, hablando sin hablar y caminando sin andar. Vagaba sin tino. Una noche, en la angustia de mi soledad, escuchando los insoportables gritos del silencio, pensé en quitarme la vida. Decidí acabar con todo, pero mi padre, mi madre y abuela gritaron que no lo hiciera. —Aunque vivir sea más doloroso que morir, el intento vale la pena —dijeron.

Aún no había superado ese trance, cuando desapareció mi hermano. Se le fue el alma del cuerpo. Lo abandonó en el mismo instante en que se marchó el súcubo que lo poseía desde el día en que olvidó cubrirse la boca mientras estornudaba. Amaneció muerto luego de una noche de atroces dolores. Revolcándose sobre el piso de mármol, clamaba por mi madre, mi padre, mi hermana, la abuela muerta, y todos nuestros antepasados. Comenzó a gemir como a eso de las siete; hacia las once sus gemidos eran aullidos que se confundían con los ladridos lastimeros de los perros y, en la madrugada, en el clímax de la agonía, un suave estertor. No pudimos hacer nada. Vino el boticario del pueblo, le dio una pastilla y le puso una inyección; vino también la curandera, nos sacó a todos del cuarto, y quemó incienso, ajo y ruda, pero igual. Fue inútil. No bien llegó el alba, lo enterramos. Era preferible sufrir en silencio su muerte, a soportar habladurías, preguntas y sospechas de todos los vecinos.

Su desaparición marcó el inicio de una tregua que duraría exactamente siete meses, siete días y siete noches. La muerte se alejó de casa y partió hacia los pueblos allende el volcán. No bien cambió de zona geográfica dejó hacerse sentir. Una tarde, a la hora de la cena, supimos que murió el tío Macario; el hombre aquel a quien el diablo se llevó en una noche de tormentas. Lo velaron durante tres días completos. A la segunda noche, un perro negro emergió de la nada, se echó bajo su cama, y se marchó en cuanto el tío abandonó la vida, no sin antes saltar sobre el cadáver y lamerle la cara. Nos enteramos también de que murió Silveria; la hermana de mi madre. La apalearon mortalmente, mientras robaba tuncos y gallinas, disfrazada de coyote, a punto de parir.

Muertos ellos, hubo meses de relativa calma. No se escuchaba nada, nadie comentaba nada. Parecía como si la omnipresencia de la parca fuera sólo una ilusión. En el jardín florecieron los jazmines y cantaron los grillos; en el granero empollaron las gallinas y anidaron las tórtolas. En esos días, la única señal de la tragedia que mutiló a mi familia era ver cómo la gente se santiguaba, no bien nos veía o pasaba frente a nuestra casa; incluso los perros cesaron de aullar, los caballos de piafar, y las gallinas de cloquear asustadas cada madrugada. —Se fue —decíamos—, nos dejó para siempre. Un día, no obstante, luego de que el sol oscureció sin que hubiese en el cielo nube alguna, regresó con virulencia. Se llevó a mis hermanos trillizos en una misma noche. Lo hizo en cuanto la mujer que hacía la casa puso sobre una silla las sábanas de la cama donde dormíamos. El efecto de la abominación fue instantáneo. Fallecieron en la misma forma como habían nacido: con intervalos de quince minutos. No lo vimos; pero supimos que fue así porque a la mañana siguiente, cuando la vieja Tacha exorcizaba la casa, sus espíritus se ahogaron en el depósito de agua que había junto a la cocina. ¡A ellos sí los velamos! Una noche por cada uno. Al primero lo enterramos al segundo día de su muerte, al segundo, el tercero, y así sucesivamente. Al finalizar la jornada, estábamos exhaustos. El pueblo entero lloraba. ¡Quién diría que al nacer, el ser humano está más solo que cuando muere!

Una vez nos deshicimos de sus cuerpos, retornó el trajín que había en casa antes de que mi padre muriera. El culpable fue mi hermano. Por los corredores, cuartos y pasillos, ambulaban desnudas, púberes, parenderas y prostitutas. Todas en su busca. Llegaban a la mañana y se marchaban al anochecer; algunas se quedaban días o semanas enteras. Ahora, cuando me pregunto cómo hacía para conquistarlas, la única respuesta válida que encuentro es la poción que hallé tan bien guardada y que, según decía, provenía del ensalmo que hizo en un viernes santo, con una lagartija rayada, a la que encerró en una cueva y rezó una oración.

En el momento en que llegó su final, no entendí cómo hizo para saber que esos meses que vivió con tanta intensidad serían los últimos que pasaría entre nosotros. Parecía como si supiera que uno de los trillizos murió con los ojos abiertos y que, a través de ellos, lo escogió como la próxima víctima. Daba la impresión de que sabía de los aullidos de los perros que anunciaban su inminente muerte; que en cuanto nació, un gato negro saltó sobre su cuerpo aún sangrante y le robó el alma, mientras mi madre, mi padre y la partera luchaban asustados para ahuyentarlo; que el tuluz aulló una noche completa junto a la ventana de su cuarto; que no eché al fuego el huevo de gallo que encontré dos días antes en medio del granero; y que no maté a la mariposa negra que entró a casa una noche, cuando él disfrutaba, en el salón de los velorios, de una de las orgías que mejor recuerdo.

Él fue, de todos mis hermanos, quien menos sufrió. Nos dejó una mañana. Murió, al igual que la abuela, sin decirnos que se iba. Aún recuerdo lo que hacíamos. Partió durante el desayuno. —Ya murieron todos. Quedas solo. A tu antojo, a tu capricho —dijo. Aunque me asusté mucho, porque creí que me había descubierto, no volvió a decir nada; y fue hasta que lo vi caer suavemente de la silla donde estaba sentado, cuando comprendí que el camino estaba libre.

En cuanto lo supieron, los habitantes del pueblo se santiguaron y corrieron hacia la parroquia donde oficia el Padre Guadalupe. Le suplicaron que, a través de sus influencias, me expulsara de la Iglesia, pues estaba embrujado y era una abominación. Pero él no se dejó sorprender. Por el contrario, con la relativa calma con que oficiaba la misa y servía de intercesor entre el demonio y los ángeles, les respondió que no temieran. —De la muerte somos y para morir nacimos —les dijo.

Y creo que lo entendieron. Lo sé por la forma en que muestran sus condolencias por la muerte inexplicable de toda mi familia. Se acercan, me abrazan, acarician la espalda y miran con tristeza. Creen que estoy deshecho; que corro el riesgo de volverme loco. Están consternados. Me pregunto cómo reaccionarían si supieran que fue el ansia de proseguir con esta maldita superstición lo que indujo a mi madre a pedirme que planificara esta múltiple tragedia. Pero no lo hice sólo. El boticario preparó las pócimas; el sacerdote las repartió.

Tuyo

PD: Para evitar delaciones, esta noche iré a por ellos. Al amanecer, por ti.