Autobuses. El medio de transporte más económico y a su vez el menos utilizado por el ciudadano de a pie. La gente suele preferir la independencia de un vehículo propio, la comodidad, y, sobre todo, la ostentación de poseer un bien material que atraiga las miradas de propios y extraños. No les gusta el hecho de tener que compartir espacio con decenas de desconocidos, no les gusta compartir el mismo aire, y mucho menos que uno de estos “sin nombre” se atreva a entablar conversación con ellos: para algo se introdujeron los equipos de música en los automóviles, para acabar con el incómodo silencio, y para evadirnos de estúpidas conversaciones.
Acomódate. Play. Arranca.
A muchos no nos queda otra alternativa que usar el autobús para poder desarrollar nuestra rutina diaria. Ya sea porque no disponemos de vehículo, no sabemos conducir, o hayamos recibido una carta de la oficina de Tráfico en la que, con buenos modales y una exquisita educación, nos deniegan la posibilidad de conducir debido a “trastornos psicológicos y motrices”. En todo caso, cada día acabas dentro de una lata de sardinas andante junto con una serie de desconocidos, a cada cual más pintoresco (incluido un servidor).
La rutina diaria alcanza su auge cuando compruebas que has cogido el autobús a la misma hora que el día anterior, y que, cómo no, mañana lo cogerás de nuevo en el mismo lugar, a la misma hora, y probablemente con el mismo abrigo puesto que el día anterior. En ese momento te das cuenta de que estás atrapado, y a menos que hagas algo de inmediato, no podrás escapar. En cambio, subes los 4 peldaños que conducen al interior del autobús, le indicas al conductor tu destino (a estas alturas puede que hayas establecido una relación de amistad con él) y te acomodas en el mismo asiento en el que lo has venido haciendo siempre, a menos que hayas llegado tarde y te lo hayan usurpado.
Cuando alguien ocupa tu asiento, te sientes enfermo, sientes que han arrebatado una parte de tu ser, podrías pedirle amablemente que se sentase en otro lugar, ya que “ese es tu asiento”, pero claro, en un alarde de originalidad, el usurpador podría replicarte:
—¿De verdad es tu asiento? No veo tu nombre por ningún lado...
A lo que podrías replicar que mire bien debajo de su culo, donde, escrito a bolígrafo azul bien visible se puede leer: “Busco joven para chuparle toda la polla. Tengo casa. Llámame. 928...”. Podría decirle que sí, que yo soy ese homosexual reprimido que ha escrito semejante “anuncio”, también podría añadir que, ya que estaba, podría hacerle una mamada en mi casa, que podíamos quedar... y en ese preciso momento, el podría lanzarme un puñetazo directo a mi mandíbula, rompérmela, y acabar con esta maldita monotonía. Pero en lugar de eso, le lanzo una mirada cobarde llena de odio, y me acomodo justo detrás suya.
Como de costumbre.