El calor seco anidaba en el sótano de la torre empresarial. Quien no daba la talla era marginado; lo decían bajito y perentorio los muros del lobby enchapados en mármol carrara y filigrana de oro; lo susurraban los soberbios recuadros con los nombres de las empresas, lo aseveraba el piso de mármol ajedrezado en baldosones blanco y negro. Al pisar el pavimento me sentí a punto de ser manipulado pese a que la tarjeta dorada de director de mi corporación me autoriza a pisar fuerte. Ya en el ascensor dediqué, en ráfaga, un pensamiento al único punto negro del magistral diseño. Las líneas externas del arrogante animal inteligente y sus pisos empresariales, eran expeditos y elegantes adaptadas como un traje ejecutivo a los requerimientos de “Esas personas”. Pero el diseño de gimnasio y sauna conformaba un plato de tallarines derramado en recovecos y pasillos encontrados; una anarquía arquitectónica.
Hoy mi disposición era positiva, todo sonreía, había cerrado un trato espectacular. Ya en el gimnasio inicié mis ejercicios de soltura y finalicé con los de fuerza controlada; bebí, contra mi habitualidad, el zumo de naranja en solitario, no quería distracciones ese día, hice otro cambio, adelanté el masaje; así dispondría casi para mí solo del lugar; planificaría la reunión del lunes sin inoportunos. Me di tres saunas intercalados por recesos cortos. En cada salida del calor a la galería, observé que se raleaba cada vez más el recinto. Abrí la portezuela de pino para tomar el tercero; restaban tres cofrades en la galería, dos vaciaban su último refresco y el tercero miraba el TV adosado a los pies de su camilla. Estaba vacío el interior de la salita caliente; me tendí de espaldas en sensualidad relajada... ese fin de semana lo haraganearía entero. Cerré los ojos y me gratifiqué con oscuridad total. Pasado un espacio de tiempo indeterminado, desperté desorientado, efecto del cansancio acumulado y el sueño profundo en que caí, supuse, me acerqué al furor, me obligo siempre a saber en qué pie estoy; me apretó un presentimiento inquietante. Tomé una buchada de aire y para convencerme de que todo estaba en orden abrí, tildándome de cobarde, la puerta de comunicación con el gimnasio, buscaba conectarme con la realidad; me recibió una bocanada de oscuridad malévola que reía en silencio ominoso; el primer asomo de angustia golpeó mi plexo y me arrebató el aire, se acongojaron mis pulmones y manoteé como un pato atrapado en petróleo. Mi sentido del humor negro me arrinconó. “Arréglatelas solito, ejecutivo de pacotilla”, oí tres o cuatro alaridos cortos y bajos, era mi risa que se despedía para no retornar, se extinguió rebotando de muro a muro y ya todo fue silencio y miedo; el piso se retiró de mis pies, perdí la noción de ubicuidad, avancé unos pasos gelatinosos con mi cuerpo murmurando miedo y aleteando con ambos brazos buscaba apoyo y piedad, algún punto de contacto, un faro para orientarme en esa negrura negra y que me devolviese mi norte. Sentencié: “Si naufragas en este entorno amistoso, despídete de la cordura cuando caigas en los pasillos laberínticos, te acorralarán sus mezquindades, vomitarás nauseabundo y pegajoso, serás invadido desde tu dentro, no evadirás el correr pringoso sobre tu piel, tu sensibilidad violada llorará, las arcadas vacías te harán gemir en miedo y dará culadas de perro flaco, que es lo que serás en ese momento encerrado entre muros que adivinarás y no tocarás y, de tocarlos, la idea de prisión te tumbará”. Caí desvanecido; en mi delirio era Perseo en el laberinto y lidiaba con el toro descomunal, preferí la pesadilla al silencio y a la nada; abrí los ojos, los cerré, al menos cerrados estaba la fantasía de que al abrirlos pudiere haber retornado la luz; en esa idea delirante los abro y cierro repetidas veces, cobardía infecunda, sólo acumulo más desesperación, ni puedo quitarme la vida y rescatarme de eso maligno, ¿con qué arma? ¿con qué valentía? Imploré a mi manido humor negro, esperé y desesperé, no apareció; impotente arañé en ronchas femeniles mi pecho; sólo desfallecí otro poco, arremetí a ciegas contra el muro para retomar el hilo del laberinto, chocó con mi quijada, olvidado del dolor sin siquiera acariciar la carne doliente posiciono mi mano contra el muro para avanzar cuarta a cuarta con temor de encontrar sólo vacío al siguiente tanteo, pero encuentro el muro, avancé esperanzado de cuarta en cuarta y de sólido en sólido hasta tocar madera, una puerta, ¡dicha de Dios!, la pateé, el pie ya insensible al dolor, y entré con una lucecita de esperanza pero, al cuarto paso dado sin obstáculo, choque contra el ladrillo áspero del fondo, reconocí en espanto que era un cuartucho sin salida; me debatí con la respiración en atraganto, el concreto arañó mi piel, tanteé la puerta, buscaba oscuridad más respirable, sólo había muro, el aire ya no entraba a mis pulmones, un piadoso desvanecimiento acudió en mi rescate, antes de caer en modorra visualicé con terror agónico que despertaría en oscuro y seguiría en lo intangible, y no habría piedad para mí, desorientado, sin saber del arriba, abajo o lado, y sin nadie que me abrazara o diera muerte amistosa, floté ingrávido en mi terror. Me incorporé, ¿cómo sé que me incorporé si carezco de referencia?, grité desaforado. ¡Nada! al extinguirse mis alaridos el silencio retomó el mando; me diluí en temores chiquitos, más malignos que uno solo inmenso que me concedería la ansiada locura, lágrimas quemantes se juntaron en el suelo —lo intuí, no lo vi. Mi saliva caía libre, lloraba sin ruido y vencido. Oleadas de risa enfervorizada en miedo me sacudieron con la agonía de orgasmos sucesivos y ajenos; eso se llevó mi sensatez, rugí, imploré que la locura se apoderase de mi estragado raciocinio. La oscuridad envolvente fue la carcelera de mi pánico y yo su rehén..., en el útero hay menos restricción de movimiento, estás sobreprotegido y no hay vivencias de miedo antiguo, todo allí es juego, novedad y amor. Con puño histérico agité y revolví el aire como si pudiera disolver la oscuridad, mi cabeza inició giros sin control, me pensé epiléptico, un sollozo se abrió paso junto a un líquido que presentí verde y que buscaba salir en cascada repugnante, un vómito gelatinoso voló en trapecio; se achicaba el tiempo que me restaba de coherencia. Presentí que mis pasos fatalmente me confinarían en la covacha sin salida y me encontrarían muerto o perdida la razón en zona inelegante e impropia de mi nivel. Mi voz interior me conminó: “Actúa ya, idiota”; un vaho de animación me refrescó, no estaba solo; y lo que yo precisaba era un dominador que decidiese por mí. Con esfuerzo avancé un paso para reconocer el muro y “marcar terreno” pero trastabillé y me golpeé con el muro que buscaba, había patinado en mi viscoso líquido ahora de olor más invasivo por el tiempo transcurrido. Me palpé la rodilla, le escurría líquido, seguro era sangre, no hedía y era de densidad más sutil que mi vómito pringoso. Un gemido mujeril enmarcado en el silencio emergió en borbotones acongojados; dispersé con mi puño, borracho de miedo, la vorágine de sugerencias de mi imaginación ya al desborde, el sopor y la angustia no cedían, mi impotencia lloró, el tiempo se estancó, intenté dormir, me presioné para convencerme de que al despertar todo brillaría hermosamente. Reí amargo por mi infantilismo absurdo; la respiración se me hizo un bloque sólido, fue difícil procesar el aire tibio. Una imagen recurrente, fiel como mi sombra, me taladraba; “Quedan dos pisos de subterráneo hilados por pasillos estrechos que conducen a puertas cerradas o a cuartuchos vacíos. Una sola es la puerta con posibilidades para ti. El resto es silencio oscuro”.
Descubrí que apegándome al piso el aire era un tanto más puro, inútil, al rato sentí la oscuridad fea aposentada en mis lomos. ¿O sería el peso ominoso de mi miedo? Nadie ni nada cambiaría mi sino nefasto. Caí en negro sueño sin esperanza.
Inesperada irrumpió una algarabía ajena que invadió mi somnolencia y sedujo mi oído, la gocé ingrávido. ¡Quizás vivía aún! Abrí ojos ansiosos. Falso. Las oleadas de oscuridad permanecían ahí, aplastando un falso renacer, agazapadas las negras panteras del terror, no hubo cambio. Insistieron las llamadas prometedoras; provenían de una puerta cercana, pero yo sabía, eran las brujas mentirosas que sedujeron al ladino Ulises; “No escucharé, moriré solitario y aquí; es mi decisión última”.
En convulsión trepidante y reiterativa fui sacado otra vez del sopor. Mi imaginación en giro sin par me abrió escenarios de luces que restallaban en fuego multicolor, cerré los ojos ante tanta alegría, tuve miedo de reabrirlos y verme retornado a la pesadilla. Me dije: “déjalos abiertos, que te ciegue el resplandor bendito”. Me senté y grité hasta que todo fue agotamiento y lasitud. La mágica luz seguía allí. Me acuchilló una certeza: “Algún hado la envió en engaño para luego retornarme a muerte oscura”. Me arrastré, el piso tremolaba, odié la luz traidora que se iría apenas la creyese mía. Vino sólo para destacar la tortura que retornaría en cualquier momento para disolverme en pavor; “Muere, luz” y lloraba; me devolví con furor hacia adentro en busca de la oscuridad que no mentía; en ella encontraría muerte rápida y el fin de mi desdicha. En mi urgencia desatinada equivoqué la ruta y choqué con la puerta estrecha —dique entre mi actual realidad lóbrega y la mentirosa fantasía— la que, desvencijada, cedió abriéndose al paraíso de esplendor inimaginado. Desaforado salí a espacio libre, borracho con el aire que mi boca succionaba como guagua agarrada a su teta y mis ojos buceando en la luz. Gimiendo me aferré a un poste; oí a una niña de unos quince que le decía a su amiga, “Tanto vigilarnos a que no bebamos una cerveza inocente y dejan a estos sucios lucir a media mañana su asquerosidad”. Y le creí porque se detuvo, dio dos arcadas de asco y reinició su camino, alcancé a admirar la vibración de su indignado trasero antes de perderme en miserable lástima de mí mismo en un espasmo último y sin soltar a mi protector, el poste de luz apagado y sin función en esa luminosidad regalo del creador.