Letras
Poemas

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Amando el cielo

Sobre arena blanca pisaba su huella
en días de niño abierto al pudor,
vestía mi ensueño la secreta boca
aspirando cielo de fresco arrebol.
Mientras su mirada se hacía horizonte
tornándome árbol seguía el andar
de un vano deseo, guía de promesas
tramaba el misterio desde el más allá.
Los días volcaron sólo su presencia,
mi juego ignoraba el rol principal
buscando por mar su esencia dejada
en cada mañana que la viera entrar.
Vértigo inocente, palpitar intenso
que nunca entendiera la noche final
sujeta en su rostro con alas de luna,
montando la espuma no volvió jamás.

 

Cancelación por falta de pago

Cuando deserte la vida de mi cuerpo
y dirima el tiempo su contienda
dando razón al sepia en esa foto
esgrimiendo la fosa de qué somos,
el pájaro vendrá a los yuyales
donde recala el germen del olvido.

Seré silencio, prodigando ausencia
el mismo que sostiene acantilados,
sumergiendo mis pies en otras vidas
que erosionen la fusión que ha huido
en levante bipolar y en el ocaso,
mientras grita el viento sus confines.

La ciega parte emergerá de pena
desvanecida en sueños sin sentido,
nuevos pasos empolvarán el fuimos
con su verbo de resto devorado,
y una mano extraerá bajo madera
los restos caducados por no pago.

 

La casa

La casa se vuelve menuda
cuando tu paso la acaricia,
siguiendo el trayecto
de la inquieta sombra,
llenando paredes
con luz fraccionada.
Nuestro hogar es perfecto
poliedro de libertad,
sujeto al quehacer
y la palabra.
Una mirada tendida de verde
nos devuelve el patio
remansando la tarde.
Nuestro nidal teje
su manantial de sones,
dando sentido al oír
cuando el silencio
aborda un piano,
mientras Lerner
irredenta su minuto.
Nuestro sitio se llena de ideas
recreando la belleza
del postergado arreglo,
esa fórmula que habita
el diseño compartido.
Y aunque nunca llegue,
la pertenencia supera
la vigencia del mañana,
por saber que el hoy
es nuestro día
y esta vida
la plenitud de amarnos.

 

La playa

En el prado superior,
húmeda boca,
vuélvese ávida su nostalgia de besos,
sucumbiendo airosa la fuente del recuerdo,
vislumbre y oquedal de antiguas voces.

Vívido pedestal
de suave mano,
acariciando acuosa su adiós surgente,
anticipado ocaso en ruta del naciente
donde estrangula el paso tu regazo.

En un violín
perplejo de silencio
se ahueca la razón de esta vigencia
trasponiendo ausencias sin relieve,
palpitando su muerte de esperanza.

Sobre un monte de alpaca,
tu saliva,
cerca de fin, remanso y entereza,
es Poseidón que envuelve de agonía
a los sedientos poros de la arena.

Regurgitando
ondinas y nereidas
al compás misterioso de un deseo,
encuentran en la cresta más lejana
unos ojos observando mi desvelo.

Y el frío viento,
suspiro avasallante,
sumerge en bruma el labio vítreo,
marea que anticipa su destierro
cuando la playa de espaldas me devuelva.

 

Primavera

Mariposas...
papelitos de vida que esgrimen los paisajes
con sus colchones de lumínicas corolas,
donde reposa el sueño del celeste.

Vilanos que el viento mece
llevando el canto filamentoso de la tierra,
cuando el susurro ingresa a la voz del viento,
colmando en gris la nobleza de una nube.

Manantial de saltos promete el aguacero
que teñirá el verdor sediento en primavera.
Tus ojos dormirán en aleteo de paloma,
mientras los míos vestirán tu cuerpo de mirada.

 

Pachamama

Por saberme zahorí
viví debajo de las calles,
Soy nutriente de los valles,
Mandante de pies y mundo
De agobiados e iracundos,
De alegrías y de achares.

Soy suburbio de la puna
Eclipsada por la arena,
Del poeta soy la vena
Inspiradora de versos
Y el restañado reverso
Del tiempo que te condena.

Logré ver al Partenón
Deponiendo su cabeza,
Babilonia ¡Qué belleza!
Destinando la antesala
Y el corcel con su mirada
Resignando su entereza.

Llegaron desde mi abajo
Para colmarme de estrellas
Esta locura tan bella
De un centro abierto a destajo
Y es la siembra que abarajo
Para continuarme en ella.

Mis noches fueron marrones
Con olor a humus negro,
Soy raíces del enebro,
Del sauce, del rosedal
Y un silencio mundanal
Que me reúne en tu ruego.

Mis riquezas son la inmóvil
Trascendencia de mi cuerpo,
bañados, lagos, lagunas
Y amparo de las cañadas
Deslizando madrugadas
Como misteriosas runas.

Tengo en mi seno abismal
Al faro de Alejandría,
Sangre y oro de porfía
Arrojadas en gran foso
A Rodas y su Coloso
Y a la Atlántida perdida.

Sostengo los cementerios
Como un vigía de muertos
Rogando por el entuerto
De esos seres olvidados,
Soy censor de los callados
Que protegen desaciertos.

Soy el mástil que sostiene
Por la base a su bandera,
El que conoce la entrega
De la simiente fecunda,
Un nido de marabunta
Y el control de la caldera.

Soy la luna del corsario
Que sucumbió en su galeón,
El pie del triste fogón
Que hace el gaucho solitario,
Soy temblor y diccionario
De la cruda sinrazón.

De mí conoce el mapuche,
Las serpientes y las hienas
Y en noche de luna llena,
Si alguien quiere que me escuche
Pues sacaré de mi buche
Todo el dolor de mis penas.

Idioma soy de ese indio
Que me llamó Pachamama,
De los huesos soy la cama,
Lamento del que comprenda,
La cobija de la hembra
Y la aridez hecha llama.

Soy la tierra millonaria
De añares sobre mi capa,
El diseño de tu mapa,
Estigma de lo geológico,
Un maestro cruel y lógico
Que a la inconciencia le escapa.

Si te mueres seré polvo
A pesar de tu egoísmo
Mas, siempre valdrá lo mismo
Aunque perezcan los hombres
Por más que arranques mi nombre,
No podrás con su atavismo.