La sonrisa de Buster Keaton
Imágenes en blanco y negro se asoman desde la pantalla del televisor. Buster Keaton corriendo y saltando obstáculos para llegar a su boda. La puerta del baño está cerrada, la ventana del cuarto sólo lo está a medias. Buster Keaton sigue corriendo dentro de la pantalla. En la habitación no hay más sonidos que el de la película muda y el minucioso roer de una cucaracha sobre un olvidado pedazo de galleta. Sobre la mesita de noche no hay fotografía pero sí un reloj despertador con una gallina picoteando cada segundo. Las gavetas de la cómoda están mal cerradas, algunos calcetines se asoman en sus puntas y talones. Buster Keaton pelea con un señor gordo y embigotado. Tocan el timbre, nadie responde. La música de la película se escapa por la puerta de la habitación. Las cucarachas hacen de las suyas en la desordenada cocina. Un almanaque del año pasado sigue colgado en la pared. El motor de la nevera produce mucho ruido, debe ser muy viejo.
Iván Doudchitzky, parece un nombre judío y es el nombre que aparece en el recibo de energía eléctrica que el cartero deslizó por debajo de la puerta. Los platos están muy sucios, algunos tienen yema de huevo adherida a sus paredes. Huelen mal. El teléfono vuelve a repicar, nadie responde, dice el vendedor de computadoras por vía telefónica a su compañera de oficio. Cuelga, no vuelve a discar. En la pantalla Buster Keaton y la clásica escena de la locomotora.
El agua de la ducha humedece los recuerdos del viejo judío. Recuerdos que recorren distancias. El pequeño Iván quejándose del dolor en sus pies cuando huían de Rusia. Vienen los soldados, vienen las botas, viene la muerte. Camina, Iván, no podemos detenernos, le decía su madre, llevando en brazos a Alevna, apenas una bebé. En la ducha, Iván viejo recuerda el azul de su madre. Sí, sus ojos eran tan celestes como horizontes de primavera. La llegada a América, su oficio de periodista intitulado. Alevna en la memoria, no le dio tiempo de crecer. Su padre desaparecido en la guerra. Europa alejada en su infancia.
El viento golpea la ventana semiabierta, produciendo un ruido tímido pero constante. El sonido de la ducha apenas es perceptible entre los viejos sonidos de la película. Un close up en la cara de Buster Keaton mientras corre y su corbata es echada hacia atrás. El viento mueve la foto rusa clavada en la pared. Una mujer aún joven, un hombre de ojos pequeños y grandes bigotes, dos niños de ojos claros. Iván y Nicolás.
Buster Keaton se acerca a la iglesia donde le espera una mujer enamorada. Apenas tiene tiempo de arreglar su corbata y el cabello despeinado. La ducha no cesa en el baño. La novia ansiosa abraza al novio de rostro descafeinado.
Su corazón está delicado, Iván, le dijo el médico. El viejo sonrió con una mueca triste y se puso la camisa. El sacerdote bendice a los novios. El corazón de Iván se detiene bajo la lluvia de la ducha. Buster Keaton sonríe para la fotografía de la boda con su mueca torcida. El adornado letrero anuncia: The End.
Rojo
Transeúnte número 01
Yo pasé al frente del edificio después que ella había caído. Pasé cuando los estragados curiosos eran apartados por las fuerzas del orden. Me enteré que era ella y no él por el zapato rojo que quedó tirado, solitario en la acera, cerca del lugar donde había caído el cuerpo. Seguramente el zapato salió disparado del pie cuando el cuerpo descendía en caída libre. Era un zapato tosco, de punta roma y tacón grueso, casi nuevo. Eso fue lo único que supe de ella, que usaba zapatos rojos.
Transeúnte número 02
Todos los días camino por la calle Santa María, la recorro al regresar del trabajo. Santa María suele ser una calle tranquila, alterada sólo por las aceras reventadas por los brotes violentos de las raíces de los árboles y algún perro que se asoma furioso desde las rejas de su casa. Pero ese lunes la calle estaba convulsionada, en realidad, un rincón de la calle. Apuré el paso para llegar hasta el enjambre de curiosos. Había una ambulancia y hombres uniformados. Un charco de sangre groseramente desparramado por la acera no me permitió acercarme más. Estomagado me alejé, la sangre me pone nervioso. Antes de alejarme completamente oí a alguien decir que en ese lugar habían matado a una persona. No sé.
Transeúnte número 03
Las mujeres son una vaina muy seria, cuando uno las quiere, ellas se ponen malcriadas y desean hacer los que les da la gana con uno. ¡Pero Beatriz a mí no me va a joder! Ahora le dio por quererse casar, tener hijos y demás detalles matrimoniales. ¿Y casarnos para qué?, si así como estamos vamos bien, cero suegra, ningún pañal desechable y mucho sexo. ¿Acaso no es esto la felicidad?
Ya son más de las seis de la tarde, debo apurarme si quiero llegar temprano, no vaya a pensar que ando con otra mujer. Hoy vamos al cine.
Al llegar al edificio donde vive Beatriz, veo un grupo de personas en los alrededores, entre ellas está Beatriz. Me acerco, ella se tira a mis brazos y me dice nerviosa: se lanzó, se lanzó, señalándome hacia los balcones. Un charco de sangre está sobre el piso, la policía nos pide que nos retiremos. Beatriz me abraza con más fuerza. Entramos al edificio, en el ascensor me cuenta que una mujer se lanzó del séptimo piso. Me dice que ya no tiene ganas de ir al cine, que mejor nos quedemos en casa. A mí el cuento de la mujer suicida me quitó las ganas de todo, hasta de hacer el amor con Beatriz, aun cuando ella está metiendo mi mano entre sus pechos.
Transeúnte número cuatro
Yo la vi caer. Fue todo tan rápido. Se asomó al balcón como quien sale a tomar aire o mirar la cuidad y, de repente, se lanzó. Mientras yo me debatía entre poner una o dos cucharadas de azúcar al café, ella decidía entre vivir o morir. Apostó por lo último. Tal vez había tomado con anticipación la decisión de morir, así que lo hizo rápidamente para no arrepentirse. Yo que ponía la otra cucharada de azúcar y ella que se lanzaba, dejándome un mal sabor en la boca que me quitó las ganas del café. Apenas la vi caer salí de la cafetería, antes que llegaran los morbosos adictos a los desastres. Salí, creo que sin pagar.
Ella tenía puesto un vestido rojo o fue una mancha roja lo que yo vi caer. Caminé rápido y nervioso. Me fui al metro y, mientras esperaba el vagón, la veía repetirse en caídas, lanzándose a los rieles. Consternado llegué a mi casa. No conté a nadie lo sucedido. Pero desde entonces sueño con un trapo rojo cayendo desde un séptimo piso. Ahora lo cuento para exorcizarla. A ella y a su vestido de sangre.
La vecina
La mujer que se lanzó era mi vecina de piso. Yo poco la trataba y apenas la veía. Creo que trabajaba en una agencia de viajes o algo por el estilo. Me enteré del grotesco suceso por el conserje del edificio. Cuando llegué al edificio después de las seis de la tarde me extrañó verlo lavando el piso de la entrada a esa hora. Él me contó lo sucedido mientras veíamos cómo la sangre se desvanecía entre el agua y el jabón. ¡Qué feo!, le dije, ¡qué feo! Y me metí a mi apartamento.
Después de comer me asomé al balcón y un escalofrío me recorrió el cuerpo ¿cómo puede alguien tener el valor para lanzarse al vacío? Cerré la ventana y encendí el televisor. Al día siguiente hablaría con la inmobiliaria, seguramente pondría en alquiler el apartamento de la difunta y mi prima necesita mudarse. No creo que le importe lo del suicidio. Si los ateos no creen en Dios, tampoco deberían creer en fantasmas. Digo yo, no sé.
Mujer que decide lanzarse desde el balcón
Nos mienten siempre. Nos mienten en la radio, en la televisión, en los titulares de prensa. Nos mienten desde las torres gemelas, nos miente el Papa, el Presidente, el novio que nos es infiel. La vida es una mentira, ella también nos miente.
Hoy es lunes. Un día repetido en el almanaque cuatro veces al mes. Los lunes comienzo de semana, otra vez el trabajo, la cola en el banco, el himno nacional en la escuela. Es inútil el esfuerzo de arrancar los papelitos del almanaque, siempre te vas a encontrar con los lunes. Con su cara de hastío, con su atuendo en cumplimiento del deber.
Anoche decidí borrar los lunes de mi vida. Borrar los lunes, pero también los martes, los miércoles con sus jueves, los viernes y sus hermanos sábados y domingos. Anoche tomé un rosario y conté sus cuentas, ninguna me dio alivio. Son cincuenta y nueve cuentas divididas en tres avemarías, cinco misterios y cinco glorias. Cuando niña veía a la abuela rezar y pasar por sus dedos cada una de las pequeñas cuentas. Un día ella me enseñó a rezar el rosario, prometiéndome que al hacerlo me sentiría protegida. Me mintió, ya las conté, ya las recé, y no me siento protegida. Me mintió.
Cuando mi abuela murió llevaba en sus manos el rosario, acompañando el vestido blanco sin encajes. Yo no quiero vestir de blanco para mi muerte, tampoco de azul oficina. Quiero vestirme de rojo como la pasión, la que le falta a mi vida. Porque la vida, además de una mentira, es un hastío, es un rostro repitiéndose en el espejo, arrugándose, consumiéndose, olvidándose.
Descolgué el teléfono, apagué el celular. No encendí la radio, ni la televisión, tampoco compré la prensa. Al conserje apenas le di los buenos días. No me puse ropa interior, me gusta sentirme sin ropa interior cuando estoy en casa. Me ducho, me visto, me peino el cabello, lo tengo muy largo, ya no hay tiempo para cortarlo, además no soporto las conversaciones en la peluquería.
Afuera están los autos, los transeúntes, los parques, las miradas, las iglesias, las escuelas, los huecos en las calles, las canciones de moda, los ruidos del día. Afuera está el mundo, la vida dicen. Las piernas, los corazones, las sonrisas. Mi mundo está adentro, escondido detrás de ese balcón, metido en un vestido rojo, refugiado detrás de las cuentas del rosario, de los inútiles barbitúricos, de las botellas de ginebra, del espejo roto de un puñetazo, de la mano rota por un puñetazo al espejo.
Ya casi son las seis de la tarde, buena hora para descansar. Siempre me ha gustado esa hora, su ambigüedad entre el día y la noche. Es una buena hora para irse. Sin sol, sin calor, sin equipaje. Sólo con un vestido y unos zapatos rojos.
Ya son las seis de la tarde.