Letras
Jeremías

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—Doctora, un hombre quiere hablar con usted.

—Ya no tengo pacientes en la mañana, avísele a mi esposo, Celia.

—Es que... dice que quiere hablar con usted... se llama Jeremías.

La temperatura de mi cuerpo descendió en cuestión de segundos. Como médica siempre me fastidió el impacto de las palabras en el cuerpo.

—¿Cómo es ese hombre, Celia?

—Es... agradable y...

—Limítese a una descripción objetiva del sujeto y deje de lado sus impresiones personales.

—Perdóneme, doctora, es que es verdad, se presentó muy simpático, casi divertido.

—El cabello, ¿de qué color?

—No tiene cabello, está rapado, pero tiene ojos verdes bien claritos, debe ser rubio.

—Hágalo pasar en diez minutos, mientras tanto traiga un café.

—Sí, doctora.

 

A los cuatro años me echaron del jardín de infantes porque le partí la cabeza a un niño que se llamaba Jeremías. Era rubio y de ojos verdes. A pesar de mis muchas terapias no he conseguido recordar el motivo por el cual me le arrojé encima y le estrellé la cabeza contra el suelo. ¿Cuántas probabilidades hay de que este Jeremías que está sentado en la sala de espera, no sea aquel niño estúpido?

—Permiso, doctora, aquí está el café. ¿Se siente bien?

—No, Celia, no me siento bien, ¿usted podrá hacer algo al respecto? No, pues entonces no pregunte y siga con lo suyo.

—Sí, doctora. En seguida hago pasar al chico.

—¿Cómo al chico? ¿Acaso es un chico joven?

—Es una manera de decir, debe tener su edad, pero usted también parece una chica joven... Bueno, mejor me voy...

Que situación ridícula si se tratara del mismo sujeto. ¿De qué podríamos hablar? Eso aconteció hace más de treinta años, ya pasó y pagué por lo que hice. Él no tuvo mayores consecuencias que una cicatriz, tampoco es tan terrible, los chicos tienen accidentes... ¡Dios! ¿Por qué estoy tan nerviosa?

—Pase.

—Hola, nena, ¿cómo estás?

—Le sugiero suspenda todo trato familiar, ya que no sé quién es usted, ni qué hace aquí.

—Quizás mi nuca te diga quien soy yo.

—¿Qué quiere?

—Acostarme con vos.

—Le gustan las mujeres que lo golpean.

—No dejes de considerar que vos me enseñaste.

—Qué conversación ridícula. Esto no debería estar pasando.

—¿Acaso nunca pensaste en esa mañana?

—Sí, claro que he pensado, aunque no he podido recordar todos los hechos.

—¿No te acordás lo que te dije?

—No. Sólo recuerdo el sonido de su cráneo contra los mosaicos.

—Sos encantadora y estás muerta de miedo. No te angusties, lo he superado. Sólo que me gustaba como te veías sentada encima de mí y quiero repetir la escena.

—Nuestra conversación ha concluido. Que tenga buen día.

—Te dije que tenías medias de pobre. Eso fue lo que te dije.

 

Jeremías había abierto la memoria infantil. Me vi en ese patio de glicinas rodeada de niños con galletas. Me vi de la mano de aquel niño rubio, sentí cómo lo necesitaba, mis ganas de abrazarlo, sentí que podía aprender cómo tener esa alegría.

 

—Nena, estoy aquí.

 

De pronto las galletas se me cayeron al piso y Jeremías fue a recogerlas. Me quedé a la espera de que el acto caballeresco concluya con la sonrisa del niño mas alegre de todos. Pero él tuvo una tentación perversa, como todas las tentaciones infantiles. Levantó la botamanga de mi pantalón, quería ver mis piernas, pero encontró unas medias descoloridas y rotas. Fue ahí cuando gritó: “Tiene medias de pobre”.

 

—Nena, no llores que me muero.

 

A mí me dolió menos la pobreza que su acto de traición. Estaba junto con todos los demás riéndose de mí, de mis padres obreros, de las únicas medias que me quedaban, del pantalón que no conseguía disimularlas, de mi futuro completo.

 

—Ya no puedo vivir con esto, nena.

 

Me le arrojé encima en nombre de todos los pobres que habitaron la Tierra y que no eligieron ser eso, le tomé el flequillo con mi mano izquierda, la misma que la maestra me ataba a la cintura para que aprendiera a escribir con la derecha. Le di tres golpes decididos contra el suelo y ya no reaccionó, creo que se desmayó. Se había orinado.

 

—Pocas personas me han visto llorar, Jeremías. Usted bien merece ser una de ellas. Aproveche el espectáculo. No sienta culpa. No soy pobre y ya no tengo medias rotas.

—Necesito tenerte, volver a escribir esos hechos pero de otro modo. Quiero levantar tu falda y ver tus piernas, desnudas, pobres de todo artilugio, despojadas de todo invento humano. Quiero verte en las arterias, en esa angustia de ese madito momento. Quiero estar allí otra vez.

—Haga terapia.

—Vos también querés eso. Yo lo sé. Esta es mi dirección, esta noche a las diez Jeremías te espera con galletas en la cama.