Letras
Nunca es tarde

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A Ignacio Suárez

Nacho comenzó a visitarla los domingos que no había fútbol en el Estadio Centenario. Hincha del club Nacional desde pequeño, ya en su Guichón natal escuchaba y sufría todos los partidos de los tricolores por radio. Llegó a la capital para cursar estudios universitarios en ciencias económicas, y de la sarta de recomendaciones con que le había bombardeado su madre, Nacho recordó especialmente aquel pedido de visitar seguido a la tía Lucía. En el álbum familiar, tía Lucía era la hermana mayor, la transgresora inocente que no se había casado. Figuraba como hija devota y ejemplar, buena prima, siempre bien dispuesta y adorada por sus sobrinos. En los últimos años, la salud de la tía había ido deteriorándose lenta pero inexorablemente. El mal de Alzheimer avanzaba y su mente se iba refugiando cada vez más en aquellos recuerdos de un pasado feliz. Tiempos de diversión despreocupada, interrumpidos por el repentino fallecimiento de su adorado Papito Luis, cuando todo su mundo maravilloso se derrumbó y tuvo que trasladarse a Montevideo para trabajar y ayudar a mantener la familia.

Nacho tomaba el ómnibus hasta la calle Buschental y de allí caminaba las escasas manzanas que le separaban de la Casa de Salud “La Tercera Juventud”, situada en el barrio residencial del Prado. Hogar donde se hallaba internada desde hacía ya muchos años su tía Lucía. La visita generalmente duraba una hora, y durante esos sesenta minutos, que al comienzo se hacían interminables, él le hablaba de sus estudios y de la familia que había quedado en Guichón. Pero ella no parecía prestarle demasiada atención. Su rostro pálido, capaz de conmover con un silencio o un gesto mínimo, eludía estridencias. Sus ojos verdes y cansados se perdían en el cielo y las nubes, o en el pequeño jardín de la casa. Más allá del patio de baldosas rojas donde ellos se sentaban a conversar, aprovechando los últimos días soleados del otoño. Allí Lucía podía disfrutar con la visión de una vieja y señorial palmera, donde jugaban y anidaban inquietos gorriones, ubicada estratégicamente en el centro del jardín. Más allá se divisaban unos helechos eternamente verdes, un naranjo enfermo y algunos geranios.

Los rayos del tibio sol se colaban con timidez por los cristales de las ventanas que daban a aquel jardín trasero y las respuestas de la tía pocas veces parecían encajar con los comentarios de Nacho. Y así transcurría la hora. Un diálogo ininteligible entre dos seres que deseaban comunicarse pero que nunca lo lograban. A veces el joven, aburrido por aquellos silencios tan prolongados, se entretenía silbándole a una pareja de cardenales enjaulados, que Lucía había traído de su casa, casi como único bien terrenal, cuando la internaron sus hermanas.

Una tarde de julio, sintiéndose casi vencido por la incomunicación y el aislamiento mental de su tía, Nacho optó por preguntarle:

¿Vos sabés quién soy yo? La tía Lucía le observó con una mirada dulce y melancólica, una sonrisa tierna se recortó en sus labios agrietados y con una voz apenas audible, respondió: ¡Pero claro, bobeta, vos sos Guillermo, el esposo de mi hermanita Valentina! Entonces Nacho comprendió que su tía no le veía a él sino a su finado padre y que ella vivía totalmente inmersa en una nebulosa del pasado. Todos sus comentarios y preguntas, algunas de ellas vagas y difíciles de descifrar, todo lo que ella había pronunciado a lo largo de aquellos meses de visitas, no iban dirigidas a él ni al presente familiar, sino más bien al pasado y a sus fantasmas más queridos. A partir de ese momento, Nacho cambió de estrategia y decidió seguirle la corriente, conversando y fingiendo ser su propio progenitor. La conversación entonces se hizo más fluida y así fue conociendo toda una gama de circunstancias, alegrías y tragedias familiares que le comenzaron a fascinar. Era como internarse en un oscuro túnel del tiempo pero con la mente fresca del presente.

Ya no le pesaban las visitas de los domingos. De hecho, comenzó a esperar con interés y ansiedad la llegada de ese día de asueto, para poder escarbar e indagar en los recodos más secretos del pasado de su numerosa estirpe. La tía Lucía ahora parecía estar más lúcida y conversaba con energía y ganas de todos los hechos que ella conservaba tan frescos en su memoria. El fastuoso casamiento de la prima Belela con Saturnino Quintana y el escándalo monumental que armó el primo Roberto durante la fiesta, como siempre borracho hasta los huesos. O los celos enfermizos de Marito Quagliotti hacia su novia, la bellísima pero muy putona prima Raquel, cuando ambos vivían en Paysandú. Nacho escuchó embelesado los relatos de aquellos picnics familiares a orillas del arroyo Guayabos, donde hoy están ubicadas las termas; cuando las primas se escondían con sus jóvenes “dragones”, para intercambiar los primeros besos y escarceos amorosos de la adolescencia. Y turbado supo entonces que en una de aquellas aventuras domingueras había sido gestado él, un secreto silenciado por toda la familia hasta el día de hoy, desliz sellado herméticamente con el rápido casamiento de sus padres, a pesar de la gran diferencia de edad que les separaba.

Cuando la corta memoria familiar que poseía Nacho se iba agotando, condicionando sus charlas y averiguaciones (en el mejor sentido de la palabra), el muchacho optó por una estrategia aun más atrevida. Revisando un cajón de la mesita de luz de su tía Lucía, un domingo lluvioso descubrió una caja de zapatos, que dentro contenía fotos amarillentas y numerosa correspondencia. Nacho ojeó aquellos documentos con avidez. Era evidente que su tía conservaba estos objetos con reverencia y predilección. Por temor a una reprimenda, decidió no contárselo a nadie, ni siquiera a su madre. Siempre tan inquisidora cuando hablaban por teléfono. Y eso que a ella, Nacho le contaba casi todo lo que sucedía en aquel, su primer año en Montevideo.

A partir de ese momento, el joven fingió el arribo de una carta nueva cada domingo. Luego se la leía lentamente y en voz alta a su tía querida, para mayor regocijo de ambos. Así ella volvió a revivir y disfrutar de una época lejana, evidentemente más feliz que su enfermiza actualidad. Evocaciones a las cuales la tía Lucía se aferraba, quizá para olvidar los años de soledad, tristeza y desamor vividos en Montevideo. Cuando por un loable sentido de responsabilidad realizó ese enorme sacrificio individual, casi un apostolado, permaneciendo abrazada a su soltería y su trabajo, a cambio de alimentar y educar a sus hermanos más pequeños. Aquellos que crecieron y retozaron inconscientes de su dolor, en el lejano y añorado Guichón. De estas cartas también surgió el sorprendente descubrimiento de que el tío Oswaldo era homosexual y que la tía Teresa, aun sabiéndolo, se había casado con él, a pesar de las críticas y advertencias familiares. Y de cómo se habían llevado aparentemente bien, ella compartiendo su marido con el vasco Juan Pedro Oyarbide, tambero y compañero inseparable de Oswaldo hasta su muerte.

De esa forma, Nacho fue descubriendo otras primas que eran madres solteras, tías y tíos malavenidos, primos que habían estado presos y algunos parientes distantes y desconocidos ya fallecidos. A través de esas cartas antiguas, Nacho fue desentrañando el sufrido y oculto mundo interior de su tía, descifrando sus alegrías fingidas y esclareciendo los llantos de aquella mujer que ahora le escuchaba tan atentamente, postrada para siempre en esa casa de salud del Prado montevideano. El joven entonces comprendió mucho mejor algunas de sus rarezas y excentricidades, algo que tanto habían criticado sus padres, especialmente su madre Valentina. Y fue sintiéndose cada vez más cercano a su tía. Mucho más unido y cómplice de aquella mujer de ancianidad prematura, delgada, rubia canosa, casi siempre despeinada, que lucía vestidos anticuados y a menudo demasiado grandes, y que ahora sujetaba sus manos con amor, entre las suyas, tan arrugadas y resecas. Que le acariciaba el rostro con cariño infinito, mientras le miraba a los ojos con adoración, reflejando un inmenso afecto y agradecimiento.

Como todos los días de visita, aquel domingo Nacho escogió una carta cualquiera, sin importarle ni el año ni la firma de quien la había enviado. Con voz pausada y serena comenzó a leer: Mi Querida Lucía, mi siempre amada princesita... Los ojos verdes de su tía se humedecieron de repente y antes que el muchacho continuara con su lectura, levantó una mano y le tapó la boca con un gesto de ternura. No sigas Guille, no me expliques nada. Ya lo sé y te perdono. ¿Cómo no te iba a perdonar? Fue algo que mis padres y tíos te impusieron. Yo lo comprendí entonces, aunque no te lo dije nunca. ¡Estaba demasiado enojada y dolida! Quedé marcada y en aquellos tiempos, una mujer mancillada no era casadera, tú lo sabes bien... ¡Pero lo que importa es que hayas vuelto para quedarte..! Júrame que has decidido quedarte para siempre... Gracias, mil gracias, mi dulce amor, y mil gracias a Dios... ¡Por fin! ¡Por fin! ¡Mis plegarias se han hecho realidad! ¡Alabado sea el Señor..!