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Sábanas blancas

El deseo se estaba convirtiendo para ellos en una obsesión; cada vez que sus miradas se cruzaban, comenzaban a generar chispazos que terminaba por consumirlos. Una vez iniciada la entrega no había marcha para atrás, la decisión de dejarse arrastrar era tomada por ambos casi simultáneamente. Él, sin temor alguno, dejaba caer sus párpados y la tomaba entre sus brazos sintiendo la fragilidad de su cuerpo y la fogosidad de sus movimientos. Ella, por su parte, jugaba con la luna, erigiendo castillos de arena a la orilla del mar. Todo era brillo y esplendor hasta que él salía del baño de caballeros y ella abandonaba el baño de damas.

 

La despedida

En su vida se había dedicado única y exclusivamente al trabajo arduo de ser azafata de un avión comercial, vivía sus mejores momentos entre cúmulos y nimbos, observada por un millar de personas que se desplazaban de un sitio a otro. Un día decidió despojarse de su uniforme y reiniciar un nuevo sendero que la mantuviese alejada de esos monstruos traficantes de cielos. Se sentía feliz y dichosa como si volara con aves emigrantes, el único problema era que no tenía paracaídas.

 

Consorte express

Los teteros se habían sobrecalentado, ya que por su propio descuido no se estaba interesando por los quehaceres del hogar (la mente ocupaba sitios y lugares lejanos). Los niños no cesaban de llorar esperando el alimento de manos de su progenitora y ésta, impaciente por la tardanza, realizaba sus oficios sumida en ese corre-corre al cual se estaba habituando. El llanto se prolongaba y esto terminó por exasperarla hasta que escuchó la bocina del auto que venía a recogerla. Eran las diez de la noche y el primer cliente no se hacía esperar.

 

Herejía

Había quedado impávido cuando observó aquella figura recostada sobre el viejo diván. La mujer, pálida, aparentemente dormida, no hacía movimiento alguno, sólo reflejaba una pequeña sonrisa gracias a los rayos del sol matutino que se escurrían por la ventana. Poseía una belleza sin par, transmitida por la sensualidad que emanaba de su desnudez. Ella dormía y él la contemplaba. Motivado por un torrente de impulsos capaces de generar un alud, se fue acercando en la dirección que le iban indicando sus deseos. Las manos, húmedas por el sudor, producto de la presión, intentaron tocarla. Ella seguía inmóvil y él, absorto, continuaba admirándola. Sólo el temor a la necrofilia formaba una barrera para que él diese continuidad a actos posteriores.

 

Ventriloquía

Cumplía a cabalidad, colocándome al frente de esta marcha estudiantil, como representante conocía mis alcances en torno a un futuro enfrentamiento con la policía. Cruzamos hacia la séptima avenida y nos dirigíamos a la sede de la Gobernación con el solo propósito de ser escuchados. Los miedos, comunes en estas situaciones, se habían apoderado de gran parte de mis amigos. “Los miedos forman parte de los recuerdos”, pronunciaba constantemente entre dientes para que los demás no escucharan, y así logré recuperar mi posición inicial y mi sangre fría. De esta manera me mantuve firme hasta la llegada de los policías y el consecuente aluvión de bombas lacrimógenas. Ocurrió lo que más se esperaba, sólo seis amigos y yo nos quedamos y los demás huyeron al ver el conglomerado de policías dispuestos a golpearnos. Ellos envolvían unos trapos en sus manos empuñadas para no dejar huella visible de maltrato físico. En medio de los gases no me percaté y recibí un soberbio puñetazo en mi abdomen, después fueron dos, tres, había perdido la cuenta. En esos momentos me sentí como el muñeco de un ventrílocuo. Mascullaba gemidos perdidos y vacíos al sentirme impotente ante esta acción funesta. Después caí al suelo y la última imagen que conservo es una bota pisando compulsivamente mi cabeza hasta hacerla explotar.