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Bitácora

 “Te amo, infancia, te amo”.
Vicente Gerbasi

Cuánto pesan los pasos
con que nos vamos alejando
hacia la última verdad que nos habita.
Cuánto, estas sombras diluyéndose,
arrastrando su adiós sobre las piedras.

Yo llevo calles, manos, besos
y antiguos dolores.
Y voy poblado por gritos y silencios
que fueron llenándome los años.

Y alguna sonrisa que dejé olvidada
me hizo dudar quizás alguna noche, pero aún
yo sigo huyendo hacia esa tarde
que levanta sobre cuerpos trashumantes
un vuelo interminable de aves migratorias.

 

A mi hijo

Tú llegabas,
y había ciervos escondiendo en tus ojos
como enigmas antiguos de la tierra.

Sí,
a pesar de ti y de mí,
a pesar de los dientes sin rostro,
y de las saetas en la piel, tú llegabas.

Desde todas las ausencias,
desde todas las paredes y las puertas
de ciudades, en cuyas casas el hombre,
solo,
se esconde con su hambre y sus sueños,
mientras afuera, la noche,
deja caer su aire espeso y húmedo
sobre los cuerpos de los abandonados.

Llegas,
a las heridas de este mediodía,
a estos brazos ya marcados,
a estas rodillas sangrantes.

Al silencio
que cruza todas mis soledades,
donde sólo habita este latido,
escapando siempre hacia otras manos.

 

Si aún vienes

Si acaso están tus pasos
viniendo aún hacia mis días,
siembro de hojarascas amarillas cada tarde
con labios que los besen para apurar tu angustia.

Por si una noche entre tus senos, sopla un ángel,
su aliento sideral y te convence,
te sueño interminables tempestades
batiendo su furor sobre las puertas.
Relámpagos y signos que iluminen
ojos telúricos detrás de las ventanas.

Te pienso aguamaniles de esmeralda
en los pozos profundos de mi boca,
y una canción de sal, y sol, y olivos,
con los que bautizar tu piel en cada pliegue.

Si acaso están tus pasos
viniendo aún hacia mis días,
búscame al pie de los dolientes pinos
que crecieron en los valles de la espera.

(Recojo tus gotas en mi piel:
lejano llueve tu silencio
sobre mi sed de siglos.)