Babricot o el canto del buen hombre
Como una llama triste en los pastizales, la tierra cruza la zanja de la noche,
barrida por los aguaceros.
Y el jaguar del viento, que se deja definir en la distancia,
labra un débil rastro en mi casa que se viste con arena.
(las aves, una vez más, han cerrado las ventanas
deteniendo la humedad por un invierno)
Pero qué inútil, me digo, si el cuerpo que se acuesta es el que olvida. Si el modo como un astro se deshoja en el rumor cruel de las ideas, roído por el miedo, vuelve a las hortensias a quemar su obra. Vuelve, a modo de esperanza, abanicando las legiones de plegarias muertas.
Pero cuánto hombre tiene como yo los miembros tristes.
Y cuánto corazón callado, en su Getsemaní, sueña la sangre.
En las praderas, mordidas en cadena por la luna,
ruedan las voces de esos rebaños de hojas que viajan boca abajo
hasta el final del sueño. De ese dolor compartido,
que viene a acostumbrarse en nuestro nombre.
Armisticio de Cassandra
bajo los almendros erguidos por el torcido abrazo de las lluvias, en este día de marzo en que mi palabra calla lo que dice, dios es una mujer batiendo su borracho muslo sobre los ojos de los hombres más pacientes. Un árbol de piedra que amanece rojo entre la nieve, como un miserable. ¿Pero quién encenderá una vela por nosotros, los vagabundos, monsieur Proust? ¿una sonrisa de cascabeles alrededor de ese río que hospeda toda ruina?
dos soles consuelan el endurecimiento de ese único polvo del camino.
rupturas que piensan que la muerte es más que eso.