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Pamuk rinde tributo a su padre en discurso del Nobel

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El escritor turco Orhan Pamuk realizó este jueves 7 de diciembre, en la Real Academia Sueca, una encendida defensa del valor y del papel de la escritura, en el tradicional discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura. El discurso de Pamuk, con numerosas referencias a su padre, por el que ha confesado sentir auténtica devoción, ha estado muy alejado del duro alegato político que Harold Pinter firmó el año pasado.

El autor de Nieve ha construido una reflexión sobre aspectos como la condición de escritor, sus miedos, su tarea y el proceso creativo, a partir de un objeto: la maleta llena con sus propios manuscritos que su padre le dio dos años antes de morirse. Ese objeto ha dado nombre al discurso, La maleta de mi padre, o Babamin bavulu, en turco, idioma en el que ha leído el texto el autor.

En torno a sus propias dudas sobre si abrir o no la maleta y sus miedos ante lo que podía encontrarse, Pamuk ha ido desgranando ideas, y descifrando preguntas, así como analizando la relación con su progenitor —un escritor frustrado con una amplia cultura— y con su país, aunque sin entrar en cuestiones políticas.

Para Pamuk, la literatura se puede definir como “lo que una persona crea cuando se encierra en una habitación, se sienta junto a una mesa y se retira en una esquina para expresar sus sentimientos”. El escritor es alguien que dedica su vida a descubrir al otro ser que habita en su interior y trata de traducirlo en palabras para crear otro nuevo mundo y otro nuevo ser, “del mismo modo que alguien construye un puente piedra a piedra”. Pamuk lo ha definido como conocer las heridas que llevamos dentro y explorarlas pacientemente, “poseerlas y hacerlas una parte consciente de nuestros espíritus y escritura”.

El precursor de esta forma de entender la escritura es para él el escritor y pensador renacentista francés Michel de Montaigne, a cuya obra le introdujo su padre. Más que en la inspiración, “que nunca se sabe de dónde viene”, el secreto del autor descansa en su “obstinación, su paciencia”. No obstante, ha reconocido que es necesario algo de esperanza y de confianza, y que es la inspiración la que las proporciona.

Pamuk ha dicho escribir por “necesidad innata”, por no conocer otra forma de ganarse la vida, por enfado contra el mundo, por pasión, por hábito, por la gloria y para ser feliz, entre otras razones. Sus reflexiones sobre la literatura se han ido entrelazando con otras sobre la vida del padre, por quien Pamuk reconoce su devoción y deuda, y éstas han ido generando a su vez nuevas consideraciones.

Aunque la esencia es el escritor indagando en su interior, no estamos solos, sino “en compañía de las palabras de aquellos que vinieron antes, de las historias de otras gentes, de los libros de otras gentes”; en definitiva, la tradición. De ahí que Pamuk considere la literatura como la más valiosa creación de la humanidad “en su intento por entenderse a sí misma”.

Otra de las reglas “eternas” de la literatura es, en palabras suyas, “contar las historias propias como si fueran las de otros, y contar las historias de otros como si fueran propias”. Su concepción de la literatura está plagada de optimismo: cuando el escritor se encierra en su interior está poniendo, consciente o inconscientemente, una gran fe en la Humanidad, porque él cree que todos los seres humanos se parecen y, por tanto, deben llevar dentro de sí heridas similares y se comprenden.

Además, Pamuk ha confesado su conflictiva relación con su país, las dificultades para ser artista, el provincianismo, cómo de joven se sentía lejos del “centro” del mundo, de Occidente, y cómo ahora experimenta todo lo contrario. Estambul, su ciudad natal, es ahora el centro del mundo, porque los últimos 33 años ha narrado sus calles, gentes, días y noches, de modo que “este mundo que he hecho con mis manos, que sólo existe en mi cabeza, es más real que la ciudad en la que vivo”.

Pamuk cerró su discurso con un emotivo recuerdo: el apoyo de su padre cuando le dio a leer su primer libro, Cevded y sus hijos, cómo confió en él y le dijo que algún día ganaría el Nobel. Ahora que lo ha logrado, el autor turco ha expresado su deseo de que su padre, fallecido en 2002, hubiera podido estar entre los asistentes.

La entrega del premio se celebró el pasado domingo 10 de diciembre en el Konserthuset de Estocolmo, ceremonia en la que se reunieron 1.500 personas que tuvieron como principal foco de atención a Pamuk, quien se llevó los más sonoros aplausos.

Los siete distinguidos en las seis categorías recibieron de manos del rey Carlos XVI Gustavo de Suecia los diplomas y medallas que les acreditan como ganadores del preciado galardón, en el día del aniversario de la muerte del magnate Alfred Nobel, su creador.

En una ceremonia celebrada horas antes en el Ayuntamiento de Oslo (Noruega), el bangladeshí Muhammad Yunus, fundador en 1976 del banco de microcréditos Grameen Bank, recibió el Nobel de la Paz por su esfuerzo por un desarrollo social y económico desde abajo”. Al acto asistió la reina Sofía de España, quien en los años recientes ha tenido un papel activo en cumbres y foros impulsados por Yunus, Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1998.

Después de las ausencias los dos pasados años de los ganadores en Literatura, la austriaca Elfriede Jelinek y el británico Harold Pinter, la primera por decisión propia y el segundo por enfermedad, la presencia de Pamuk centró el protagonismo de la ceremonia.

En su discurso previo a la entrega del premio a Pamuk, el secretario de la Academia Sueca, Horace Engdahl, resaltó que el escritor turco ha sabido unir la forma de narrar propia de Occidente con la tradición oriental.

Engdahl, que dijo unas palabras en turco, destacó que el autor de Nieve ha hecho de Estambul “territorio literario indispensable”, un lugar que, como en el San Petersburgo de Dostoievski, el Dublín de Joyce y el París de Proust, lectores de todo el mundo “pueden vivir otra vida tan creíble como la suya propia”.

Seis de los siete premiados son originarios de Estados Unidos, mientras que Pamuk, aunque de nacionalidad turca, también está vinculado a una universidad de este país. Todos ellos se llevaron los 1,1 millones de euros con que se premia cada galardón, a repartir si hay más de un distinguido en la misma categoría.

El Konserthuset estuvo adornado como es tradición por 13 mil flores de la ciudad de San Remo, donde Nobel murió en 1896. El acompañamiento musical corrió a cargo de la Real Orquesta Filarmónica de Estocolmo, dirigida por Petter Sundkvist y con el chelista Andreas Brantelid como solista, que interpretó piezas de Mozart, Faure y Shostakovich.

Fuente: EFE